El bunker de la desazón

El bunker de la desazón

Desde temprano cundió el desánimo en el bunker del sciolismo, La inminencia de la derrota volvió esquivos a los dirigentes y dejó a Scioli a la intemperie cuando enfrentó al periodismo.


Ni bien cerró la elección, cundió la desazón en el centro de cómputos de Daniel Scioli, traducida en una casi nula presencia de dirigentes de primera línea en la Sala de Prensa. Ya los primeros números le otorgaban al candidato de Cambiemos; Mauricio Macri una ventaja de diez puntos por sobre su oponente del Frente para la Victoria.

Finalmente, a las 18:30, Alberto Pérez enfrentó a las cámaras con una sonrisa, pero con una actitud ambigua. Rodeado de casi todo el gabinete bonaerense -se muere con los propios- comenzó manifestando “la satisfacción por una jornada democrática en el perimer balotaje presidencial”, mientras a su alrededor, las caras de quienes lo acompañaban fluctuaban entre las sonrisas forzadas y los ceños fruncidos. Entre la alegría impostada y la desazón sin reparos.

Hasta que Scioli bajó a confrontar a los flashes los periodistas debieron soportar tres horas de sequía oral, mientras que en el bunker de Costa Salguero desfilaban los dirigentes -casi todos del Pro, lo que prenuncia un conflicto por el reparto de las áreas de poder en el futuro cercano- para dirigirse al público, a los militantes y, un poco menos, para charlar con los periodistas.

Finalmente, Scioli se dirigió al país con el mismo semblante sombrío con el que enfrentó algunos tramos fundamentales de la campaña y, muy especialmente, del debate que protagonizó hace exactamente una semana con el contrincante que hoy lo superó en las urnas.

Como colofón, vale señalar que, además de Mauricio Macri, pareciera que una vez más la maldición que en 1882 Julio Argentino Roca lanzó contra Dardo Rocha en la ciudad de La Plata se hubiera abatido esta vez contra Daniel Scioli. Desde Roca, jamás un gobernador bonaerense logró llegar al sillón de Rivadavia, quizás por el influjo de aquella pitonisa de Tolosa, que ejerciera sus encantamientos sin límites.

El peronismo, una vez más, pareciera haber encontrado su límite dentro de sus propias fronteras. Hasta ahora, antes que un líder peronista logre suceder a otro líder peronista, el movimiento más masivo de América Latina elige pulverizarse para intentar luego su reconstrucción. Ocurrió con el proceso de traspaso entre Carlos Saúl Menem y Eduardo Duhalde -otro gobernador bonaerense que no llegó a la Casa Rosada por elecciones, sino por acefalía del Poder Ejecutivo-. Ocurrió en las postrimerías de los mandatos de Perón, siempre con la ausencia de líderes que fueran capaces de continuar con su obra.

Esto mismo es lo que termina de suceder. Cristina Fernández de Kirchner no se portó con Daniel Scioli como una guía de la transición. Se portó con una hostilidad evidente, como una fiera que defendiera su propio territorio. No lo impulsó a ser su sucesor. No lo aceptó de buena gana como uno de sus herederos. Lo trató más bien como un rival que como un par. En esa guerra, Scioli fue derrotado tanto por sus propias limitaciones, como por la ofensiva de su rival del partido amarilo y por la enemistad con que fue tratado por sus propios adláteres.

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