Stengel: “Un hombre no hubiera desafiado a Macri como Michetti”

Stengel: “Un hombre no hubiera desafiado a Macri como Michetti”

Por Laura Di Marco

Habla sobre el papel de las mujeres en política y afirma que cuestionar al verticalismo es parte de la tradición femenina. El caso de la precandidata del Pro y su postura frente al jefe de Gobierno.


“Si no estás sentada a la mesa (donde se toman las decisiones), sos parte del menú”, bromea la escritora Marilén Stengel, y con esa frase quiere subrayar la importancia de la presencia femenina allí donde se produce el poder real. Donde se toman las decisiones que modificarán vidas.

Facilitadora grupal –es directora-socia de la consultora Stengel Batista–, acaba de publicar De la cocina a la oficina. Qué ganan y qué pierden las mujeres que trabajan (Capital Intelectual), un ensayo sobre la presencia del talento femenino en el mundo corporativo.

“Un hombre no se hubiera atrevido a desafiar a un jefe político como lo está haciendo Gabriela Michetti”, interpretó sobre la interna de Pro. “En cambio, ella está planteando un juego democrático intenso.” Es que, para Stengel, las mujeres vienen de una tradición cultural de horizontalidad que las pone en mejores condiciones para cuestionar el acatamiento irrestricto. O el verticalismo a ultranza.

“Vivimos dentro de un agua social que no cuestionamos”, dice.

–¿Cuál es el “pecado” de Michetti? ¿Por qué todo el Pro está en contra de ella?

–Desobedecer, lo que ha encendido la luz roja. Y desobedecer siempre es inquietante. Lo interesante sería que, en lugar de verlo así, como una desobediencia, pudiera verse como una posibilidad de cuestionar el acatamiento automático, tan propio de las culturas políticas verticalistas.

–Es curioso porque las mismas personas que la critican son las que se quejan del dedo autoritario de Cristina.

–Sí, es cierto. Y yo no podría decir por qué esas mismas personas cuestionan luego a alguien que está planteando mejorar o revisar cómo se toman las decisiones para transformar esa cultura política en un espacio más democrático. Michetti dice que no la inspira acompañar a Macri y que podría dar lo mejor de sí en otro lugar. Si un hombre dijera eso sería inspirador.

–Pero ella es vista como una insurrecta. O como una egoísta.

–Sí. Pero tampoco se le ha dado la oportunidad de mostrar cómo funciona ella en una tarea ejecutiva. Porque Macri ya le pidió un renunciamiento cuando era vicejefa porteña y luego la han criticado porque no cumplió ese mandato y se fue al Congreso. Y ella tomó nota de eso. Pasado en limpio: ella ya puso el cuerpo para acompañar a Macri. Y cuando hablo de su cuerpo, también me refiero a su fragilidad. Porque yo supongo que Gabriela debe tener dolores físicos y aún así puso el cuerpo para acompañar un proyecto político e ir a un lugar adonde no quería y que claramente no le convenía. No tuvo la oportunidad, sin embargo, como sí tuvo Larreta, de demostrar expertisse en las tareas de gestión porque la han sacado de allí. Ahora le piden un nuevo renunciamiento, y aunque Macri tiene todo el derecho de hacerlo, ella también tiene el derecho de plantear que este nuevo pedido la violenta.

–¿Las mujeres somos menos corruptas?

–No necesariamente. Depende qué tipo de mujer llegue. Tampoco estoy convencida de que el hecho de ser mujer plantee un cambio por sí mismo. De los 193 países reconocidos por Naciones Unidas, 12 están gobernados por mujeres. Las hay también en lugares importantes de la economía. Tenemos a Janet Yellen, presidenta de la Reserva Federal de los Estados Unidos, o a Christine Lagarde, directora del FMI. ¿Y plantean un diferencial? Depende el caso. Algunas ponen en juego su diferencial femenino y otras copian a los varones. Entonces, ahí prefiero que lidere un varón, porque entre una mala copia y el original, siempre está mejor el original.

–En su libro plantea una nueva faceta de la guerra de los sexos en la oficina. ¿Qué hay de nuevo en este rubro?

–La necesidad de salir de los cepos mentales y de los paradigmas descriptivos y prescriptivos sobre cómo son, supuestamente, hombres y mujeres. Son cepos que nos han retrasado mucho. Y que nos limitan. Por ejemplo: si yo digo que una mujer es sensible, impresionable y delicada, difícilmente me la imagine como una neurocirujana capaz de trepanar un cráneo y operar el cerebro. O me la imagine como piloto de avión. Para los hombres sucede lo mismo pero al revés. Si solamente son vistos como proactivos, decididos y avasallantes, el que tarde en tomar una decisión puede ser tildado de “femenino”. Pero no de un modo positivo sino dicho como algo poco valioso.

–¿En qué no nos seguimos comprendiendo, en el mundo público, y cómo podemos mejorar?

–En la forma de hablar y de mirar el mundo. Es allí donde aún hay muchas diferencias y malentendidos. Un hombre es ciertamente mucho más frontal a la hora de plantear problemas. Una frontalidad que, a menudo, violenta a las mujeres. Una mujer planteará un problema haciendo una pregunta, de un modo más elíptico. Por ejemplo: “Fulana, ¿te parece que te ayude a hacer o a decir tal cosa?”. En cambio, el varón es más directo. Es por eso que, en el ámbito del trabajo, las mujeres somos vistas como “vuelteras”.

–¿Y lo somos?

–No hay una cosa mejor que la otra. Lo que las mujeres tenemos es una mirada de contexto, más holística. Por ejemplo, en una reunión corporativa, un jefe varón querrá saber el porcentaje de la caída en las ventas y una mujer querrá hablar de las condiciones del equipo de venta: es decir, del contexto. Un hombre pensará: “¿Y eso a mí qué me importa? Quiero saber si se vendió más o menos”. Y una mujer responderá: “Pero, ¿cómo no te das cuenta de que una cosa va de la mano de la otra? ¡Es obvio!”.

–¿Y como facilitadora, qué plantea usted?

–Tender un puente entre ambos mundos. Las mujeres no deberían renunciar a la mirada de contexto pero tendrían que responder a la demanda masculina sobre lo concreto. Una buena respuesta podría ser: “El equipo cayó un 12 por ciento en su rendimiento, por eso las ventas descendieron un 30 por ciento este mes”. No renunciar a la mirada holística pero brindar el dato que necesitan los varones. Es otra manera de trascender la guerra de los sexos.

 

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