Desobediencia Civil por coronavirus: otro Nunca Más

Desobediencia Civil por coronavirus: otro Nunca Más

Opinión.


La desobediencia civil es, lamentablemente en la Argentina, una de sus marcas registradas. Está casi en el ADN genético de esta joven Nación. Si bien es un fenómeno individual, se expresa siempre en cantidades complicadas.

Éste es un país donde el «hombre masa» posee varias estructuras consolidadas en la pirámide social, muchas  bien organizadas, como las instituciones militares o de seguridad, los sindicatos en la sociedad civil, los distintos nucleamientos corporativos de los grandes grupos económicos y hasta la Iglesia Católica y las evangélicas, bastante decisivas ambas, últimamente.

A pesar de ello, éstas no logran articular que el ser argentino sea «obediente» a la hora de acatar las reglas o normas que deben regir nuestro comportamiento social, ni siquiera en las circunstancias más difíciles.

Desde no respetar el semáforo rojo, los limites de alcohol al manejar y las velocidades máximas, los abusos en todos los sentidos, sobre todos los de género y los violentos, no respetar -ni unos ni otros- la senda peatonal, todas las infracciones juntas en los consorcios, la vista gorda de los controles, la reventa de todo, hasta las trampas bancarias y financieras más sofisticadas forman parte de ese ADN del que hablábamos.

Curiosamente esto se contradice con el alto grado de solidaridad social que siempre caracterizó a los aquí nacidos o criados, que genera continuamente ejemplos en lo cotidiano e incluso en las cuestiones más peligrosas, con actitudes de osadía increíbles.

En la Argentina conviven diariamente en la calle el que es capaz de darte todo si entiende que la causa lo amerita y está en condiciones de ayudarte, con aquél que te saca todo y se aprovecha de vos, sobre todo si estás en ese momento con las defensas bajas o transitando un momento de debilidad pronunciada.

Tiempos de vivos hubo siempre y si no lo recordamos podemos recurrir al tango o cualquier otro espejo de esas situaciones que aquí se viven desde que la celeste y blanca ondeó en lo más alto del mástil.

Pero los vivos -eran como los ladrones de bancos o de guante blanco-, en cada lugar se los conocía, tenían ciertos códigos que le ponían hasta un tinte folclórico a su accionar, que si bien era condenable, ni eran significativos en número ni definían el accionar social con sus actitudes.

Ya nos pasó varias veces, la última importante fue todo lo que se robaron de las donaciones de la gente en ocasión de la guerra de Malvinas, en donde perfectamente se pudo observar esas dos características del pueblo argentino,  arriba definidas: solidaridad y corrupción.

Casi un 40 por ciento de pobres y la desigualdad creciendo como nunca en el país, es otra de las consecuencias de este accionar cíclico que la Argentina no puede torcer y ahora que llegó el coronavirus matando casa por casa, intenta casi por última vez ver si es capaz de acatar un comportamiento justo, inteligente y uniforme para todo el cuerpo social en simultáneo. Y lo está logrando a medias, mejor que siempre, pero no del todo.

Obviamente no es lo mismo la cuarentena en Barrio Parque en CABA que en Rafael Calzada en el conurbano, no pretendemos que el cumplimiento sea similar en el que tiene todo con el que aquel al que le falta todo (educación y salud, principalmente), pero debiera ser obvio que las infracciones de los ricos no pueden generar mayores gastos a la comunidad en recursos humanos, logística y dinero, que debieran estar afectados al sector más vulnerable porque el medio así lo sentencia. Sin justificarlos, ni siquiera es una mala elección, es ignorancia por pobreza estructural.

Por eso los ricos evasores y hoy desalineados con el ordenamiento social propuesto, y que muchos coinciden con los que fugan los miles de millones de dólares del país en casi todas las épocas -para ser justos y no colgarnos de la grieta- , deben dar alguna vez el ejemplo. Son muy dañinos pero pocos, por suerte.

Por eso algunos de la clase media – menos dañinos pero muchos más – que surfean en Brasil, o que salen de vacaciones al día siguiente del decreto que lo prohíbe, llevando el virus a los municipios que no están preparados ni tienen recursos, son los desobedientes sociales más hijos de puta. Y capaz que muchos de ellos votaron a Fernández, algo que irrita aún más al Presidente, que lo sabe y se siente traicionado por ellos.

Igual ellos, a los cuatro días ya vuelven a CABA y al COVID-19 lo dejan sembrado a metros del mar, donde escasean las camas y los respiradores. Ni lo registran algunos surfers -hoy miércoles en Ostende- y a otros les importa un carajo. Para ellos también hace falta un NUNCA MAS.

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