Los líderes políticos en situaciones críticas

Los líderes políticos en situaciones críticas


En materia de liderazgos, en la Argentina del siglo XXI nadie se animaría a pedir que un jefe de estado deje para la historia frases tan dignas como “este día vivirá para la infamia”, pronunciada el 7 de diciembre de 1941 por Franklin Roosevelt al declarar la guerra a Japón, o “no tengo nada que ofrecer salvo sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” de Winstor Churchill, a los ocho meses de iniciada la Segunda Guerra mundial y recibir en el contexto de la batalla de Francia nada más que derrotas.

Incontables los muertos de entonces, enormes los conflictos bélicos y políticos de la época, amenazas de extrema violencia que marcaron la historia de la humanidad. La manera de resolver la complejidad de ambas situaciones por parte de esos dos hombres llevó tiempo y estrategias diversas, confrontaciones y consensos, una buena dosis de imaginación para anticiparse a conflictos inusitados, y alto porcentaje de inteligencia política.

La introducción, dramática si se quiere, es para reubicar el nivel de tragedia que estamos viviendo en el mundo con la pandemia del COVID 19, y verificar las calidades de los liderazgos políticos para resolver dos problemas esenciales que componen un solo cuadro de situación: los efectos de la enfermedad desconocida que aún no tiene su vacuna, y cómo abordarán las caídas de la economía, el desempleo abrumador y los intercambios comerciales cuando el virus se debilite y deje fluir las acciones para armar el nuevo futuro.

Nadie pide que el presidente Alberto Fernández ejerza el poder político al estilo de Churchill o Roosevelt, o deje una frase señera para la posteridad. Sí se espera que el primer mandatario argentino exhiba habilidades en el manejo estratégico del país, disponga de lineamientos de un plan económico para cuando se salga de la cuarentena, enfoque su oratoria en llevar algunas certezas al pueblo y evite entusiasmarse con las pequeñeces de la coyuntura o pelearse con las mujeres periodistas. En salud aprueba, en economía no se presenta al examen. Sin necesidad de cruzar el Atlántico, Fernández podría apelar al manual de Conducción Política del general Juan Domingo Perón como referencia.

Entre los dos problemas que atiende con prioridad hay 45 millones de argentinos no solo aterrados por el avance del COVID 19 sino por la pérdida de sus empleos, la desaparición forzada de sus magros ingresos con pequeños trabajos que, de tan insignificantes no forman parte del registro de trabajadores en blanco. La ayuda estatal no alcanza, ni alcanzará en los próximos meses porque las arcas están exhaustas, no hay plata, ni la habrá en el corto plazo por más que emita sin descansar. Eso es lo que ve la mayoría de los argentinos que teme la peor de las consecuencias: una pobreza cercana al 50% en el territorio argentino.

Hay un tercer tema que desvela al presidente: “una” empresa en concurso, Vicentín Saic, a la que pretende expropiar y anexar al Estado como botín de guerra por una idea que ni siquiera es de él. Adoptó ese conflicto como propio y arriesgó una injerencia en otro Poder, el Judicial, asumiendo de nuevo su obsesión jerárquica: Lorenzini es un juez y “yo soy el presidente”. La competencia es inapropiada en un verdadero estadista, y típica de la lucha dentro del barro.

En este mismo momento 15 mil empresas de CABA cerraron sus puertas y otras tantas miles anticipan que no podrán aguantar 60 días más con las persianas bajas. Ninguna sabe qué o cómo hará para ponerse de pie y nivelar los ingresos que manejaba hasta el 20 de marzo pasado porque se desconoce si regresará el consumo masivo. De sus empleados los dueños de los comercios Pymes tampoco saben qué harán, porque la ayuda oficial es esquelética. No los despedirán, porque no quieren pero también porque no pueden. Está prohibido. ¿Qué harán entonces? Pasaron del estado de angustia al de la desesperación.

El presidente dice saber cómo recuperar la economía después que pase la cuarentena. ¿Sabe, de verdad, cómo levantar los muertos económicos y cuándo?  ¿Sorprenderá con reformas que piden a gritos nuevas estructuras como la tributaria, laboral, educativa, sanitaria, productiva, comercio interior, control de precios, exportación y tipo de intercambio internacional?

Aceptado es que la salud y el trabajo son dos temas de atención prioritaria. Los dirigentes políticos, los empresarios y los sindicalistas de todas las extracciones aplicaron la misma actitud en los dos frentes: 1) no robustecieron el sistema de salud en las épocas mansas para enfrentar un contagio masivo; la suerte aquí ya está echada. 2) no encararon una reforma laboral -la que no supone flexibilizar los salarios sino transformar el sistema- para enfrentar los cambios que se veían venir desde la década del 80.

La forma de trabajar se modificó en medio de la pandemia. Las industrias ya venían en procesos de automatización y reemplazo de personal por máquinas. El trabajo en las áreas de servicios mudó al teletrabajo, esa nueva actividad que de repente se instaló en los hogares. Mientras esto ocurría los sindicalistas dormían una siesta larga que comenzó cuando dejaron que se instituya la informalidad laboral porque no hacían aportes a los sindicatos ni a las obras sociales. Les soltaron la mano para cuidar sus kioscos sindicales, y no fueron solo los peronistas sino también los conducidos por la izquierda. En lo que queda de 2020, ya lo dijeron, ni siquiera firmarán convenios colectivos de trabajo porque eligen que les bajen el sueldo antes que perder la fuente de trabajo. Con Mauricio Macri en el poder no lo hubieran hecho.

La pérdida de empleos en Argentina será  insoslayable como en el resto del mundo. Pero para atenuar los efectos no se puede seguir indefinidamente con la actual política de subsidios a través de la emisión monetaria. Es demencial. El problema reclama una mirada estratégica distinta a la aplicada en los últimos 60 años pues requiere de un plan para la creación de nuevas fuentes y puestos de trabajo que respondan a la reformulación de la producción argentina si se quiere alcanzar la revolución tecnológica y responder a las necesidades del mercado internacional del siglo XXI, con el propósito de generar ingresos para el país. Para que funcione el plan hace falta una gran reducción de la carga impositiva.

Sin embargo, a esta altura de los acontecimientos sobresale una necesidad imperiosa: la suscripción de un nuevo pacto social que restablezca la confianza entre el Estado y los privados en cuanto a las seguridades jurídicas y las reglas de funcionamiento del mercado argentino.

Básicamente, la Argentina tiene que abordar sus desequilibrios, en todos los aspectos, con cirugía mayor. Políticamente, el actual pareciera ser el momento ideal.

Respecto de las reformas económicas viene a cuento una frase olvidada de Perón, que recomiendo rescatar: «Observen ustedes que, realizada la reforma social, nosotros llevamos, diremos así, los salarios, y, en consecuencia, las retribuciones, a un desequilibrio con la producción, porque para pagar hay que tener dinero y para tener dinero hay que trabajar y producir. De manera que lo lógico era ver cómo producíamos, cuánto podíamos pagar y, entonces, pagar en relación con eso. Nosotros lo hicimos al revés, sin pensar si podíamos y si había. Y dijimos: «Que se pague; después veremos cómo arreglamos». Es decir, «quemamos las naves», porque ya no podíamos volvernos atrás».

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