2017: el año que el indie la rompió

2017: el año que el indie la rompió

Una decena de lanzamientos discográficos de primer nivel marca la madurez de la escena emergente argentina y vuelve a plantear el meneadísimo asunto de la transición del under al mainstream para una banda de rock.


En 1991: The Year Punk Broke, el documentalista estadounidense Dave Markey retrata de forma magistral (y con recursos más bien escasos) una gira de un mes por Europa de las bandas más importantes de lo que se llamaba por entonces el circuito “alternativo” yanqui.Aunque la mayor parte del film gira en torno al cuarteto neoyorquino Sonic Youth, una banda que con una década de carrera transitaba su mejor momento, también hay apariciones de otros grupos que formaron parte de una escena definida más por cierta afinidad estética que por un estilo en común, como Dinosaur Jr y Mudhoney.

Pero la banda que se lleva la atención es un trío de jóvenes de menos de 25 años procedentes del lejanísimo noroeste de los Estados Unidos, que protagonizan la propuesta más extrema entre los números retratados por las cámaras de Markey. El cantante y guitarrista, un rubio con aspecto de espantapájaros heroinómano que combinaba acoples y gritos viscerales con cabezazos al amplificador y violencia surtida contra su guitarra eléctrica indefectiblemente desafinada.Allí, transitando camarines y escenarios europeos, Kurt Cobain aún no se imaginaba que ese mismo año, pocos meses más tarde, se volvería la última estrella de rock del planeta.

Nevermind salió el 24 de septiembre de ese año, apenas tres semanas después de que Nirvana volviera de su gira europea. En noviembre, la banda entró al top 40 de Billboard. El 11 de enero llegó a la cima de ese ranking, desplazando a Dangerous de Michael Jackson. ‘Smells like teen spirit’ sonó en todas las radios del planeta. Ayudados por la belleza imposible de Cobain tomaron por asalto los televisores de la mano de MTV. Grabaron un Unplugged que le rompió el culo a todos los Unplugged del pasado y del futuro, sacando, por supuesto, a Neil Young (y quizás, también, los Ratones Paranoicos). Pero mientras recorrían el verano europeo girando con sus ídolos, apenas tres semanas antes, ellos no se imaginaban nada de todo eso.

Sería lindo que algún Dave Markey argentino o mexicano registre las fechas que están haciendo estos días, por tierras aztecas, El mató a un policía motorizado y Los Espíritus, las dos bandas más importantes de la escena emergente argentina de los últimos años. Ambos grupos vienen de presentar sus discos nuevos en Buenos Aires con concurrencia récord y lleno total. Pasaron a ser el tipo de banda que no te sorprende escuchar en la radio cuando subís a un taxi o de cortina en algún programa de televisión. Ambas, comparten, además, y sobre todo, una ética común de laburo independiente, comunitario, amistoso, leal.

La Síntesis O’Konor (LAPTRA) y Aguardiente (Independiente) son los dos árboles más visibles de un bosque de lanzamientos que proyectarán en el tiempo a este año como uno de los más fértiles de la historia del rock argentino. En sólo seis meses vieron la luz los extraordinarios Favio (Oui Oui), del trío de postrock arrabalero Fútbol; Me gustaba más cuando me querías (Cecilia), de Adrian Paoletti, decano del under del sur bonaerense; La otra dimensión (Independiente) del combo de rock salvaje platense El Perrodiablo y el particular y sorprendente Sombrero II (Queruza), de la banda homónima, un grupo que mezcla folklore, western y psicodelia de forma tan novedosa como efectiva.

De acá a fin de año se espera otra tanda de estrenos que prometen mantener ese nivel. En pocos días estrena No es privado (Geiser), el primer LP después de cinco años de Viva Elástico, la banda de Longchamps que encuentra ese punto justo entre el rock y el pop donde nace el hit. Para más adelante en el año esperamos discos nuevos de Las Ligas Menores, regresadas de su excursión a Coachella; Los Rusos Hijos de Puta, uno de los números más intensos de la ciudad y Morbo y Mambo, el bandón de origen marplatense que toca algo que parece música para bailar en un boliche del siglo XXVII. El futuro es impreciso y es difícil saber cuál será el derrotero de esta escena, pero se estima venturoso. El presente, por lo menos, es extraordinario.

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