Los embajadores norteamericanos más conflictivos

Los embajadores norteamericanos más conflictivos

Las poco felices declaraciones de Peter Lamelas ante el Senado de Estados Unidos actualizaron la polémica.


Desde el nacimiento de la Confederación Argentina, las relaciones entre nuestro país y los Estados Unidos de Norteamérica transitaron por distintas etapas, entre la aceptación ciega de las exigencias del State Department por parte de algunos gobiernos nacionales -que llegaron a las “relaciones carnales”- hasta, en ocasiones, distintos enfrentamientos que culminaron en sanciones comerciales del país del norte contra gobiernos díscolos.

Los embajadores norteamericanos fueron los nexos entre un país que buscaba un camino hacia el desarrollo y otro que buscó siempre obstruirlo. Ésa fue la función principal que siempre cumplieron los diplomáticos del país norteño.

Braden o Perón

En este contexto, se destaca la actuación que le cupo en 1945 a Spruille Braden, el empresario del cobre que dirigía la Braden Copper Company, que, a pesar de haber ocupado el cargo por sólo cuatro meses, se convirtió en el paradigma del intervencionismo y la injerencia estadounidense en países del Tercer Mundo.

Su antecesor en el cargo, Norman Armour, había sido convocado a Washington en junio de 1944 “para consultas”. La razón fue que el presidente provisional Edelmiro Julián Farrell se había negado a declarar la guerra a los enemigos de los Estados Unidos de Norteamérica (pero no de Argentina), lo que recién se produjo el 27 de marzo de 1945. Trece meses después de su partida, Braden fue la interpretación norteamericana de la “normalización” de las relaciones diplomáticas entre los dos países.

Braden ya había estado en la Argentina cumpliendo funciones y tenía amigos en Buenos Aires. Algunos estaban presos por su activismo político, en oposición a la Revolución del ’43. No era un diplomático de carrera, aunque ya había sido embajador en Colombia y en Cuba. En realidad, la especialidad del nuevo representante estadounidense en Buenos Aires era el lobby empresarial. Ocupó cargos en la petrolera Standard Oil y en la W. Averell Harriman Securities Corporation. Años después de abandonar Argentina, de donde se fue en septiembre de 1945, fue uno de los artífices del golpe de estado contra Jacobo Arbenz, en Guatemala, por cuenta de la United Fruit Co. Ocurrió en 1954, un año antes del derrocamiento de Perón, en el que también intervino.

Sus actividades en la Guerra del Chaco, que enfrentó a Bolivia y Paraguay entre 1932 y 1935, fueron cuanto menos, de dudosa legitimidad, comprando voluntades, haciendo lobby para la Standard Oil y luego interviniendo en las negociaciones de paz para obligar a los contendientes a asegurar los beneficios para esa empresa, cuyos terrenos de explotación en Bolivia pertenecían al padre de Braden, que era socio de Nelson Rockefeller en varios negocios.

Desde que llegó a Buenos Aires, el rollizo embajador se dedicó a exacerbar en la medida de lo posible los conflictos internos de nuestro país, alentando a la oposición a unirse contra Perón. Así logró lo que parecía imposible: la Unión Cívica Radical, el Partido Conservador, el Partido Socialista y el Partido Comunista confluyeron en un frente político que dieron en llamar, misteriosamente, Unión Democrática.

Braden concurrió a sus movilizaciones, habló en sus actos, financió sus actividades y, cuando ya estaba de vuelta en Washington, ocupando el cargo de secretario adjunto para Asuntos de las Repúblicas Americanas, publicó -en sociedad con un español de dudosa catadura que oficiaba como su secretario, llamado Gustavo Durán-, un libro no menos controversial: El Libro Azul. En él acusó a Perón de fascista, adjudicándole acciones a favor del Eje (la alianza entre Alemania, Italia y Japón) que habían sido desarrolladas por Ramón Castillo, el presidente que había sido derrocado en 1943 por el golpe encabezado en primera instancia por el general Arturo Rawson, que contó a Perón entre sus filas.

Perón contestó de manera brillante, publicando el Libro Azul y Blanco, en el que numerosos intelectuales y personalidades contestaron los infundios que habían vertido Braden y Durán, un comunista español que era amigo del secretario general de su filial argentina, el italiano Vittorio Codovila.

Según escribiera el historiador Raanan Rein muchos años después, en una nueva edición del Libro Azul, adosado a la respuesta de Perón, el Libro Azul y Blanco, “el enfrentamiento entre Braden y Perón fue uno de los episodios más dramáticos de las relaciones entre los Estados Unidos y la Argentina en el siglo XX y tuvo un impacto duradero en los lazos bilaterales durante décadas. En este sentido, el llamado Libro Azul fue uno de los documentos más importantes en la creación del mito de que la Argentina es una nación pro-nazi y antisemita”. Luego, Rein consideró que “si Braden había sido enviado a Buenos Aires para ayudar a mejorar las tormentosas relaciones entre los dos estados, claramente fracasó. Si su objetivo era detener la campaña presidencial de Juan Domingo Perón, su fracaso fue humillante”.

Hoy, Lamelas busca superar a su antecesor

Como si fuera otro deshonroso capítulo de la política imperial de los EE.UU. el martes último se vivió un nuevo capítulo cuando Peter Lamelas, el embajador propuesto por el presidente Donald Trump para radicarse en Buenos Aires, asistió a la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de los Estados Unidos y realizó desafortunadas declaraciones, que desataron una tormenta en nuestro país.

Lamelas, un médico cubano que no tiene antecedentes en el mundo de la diplomacia, que tiene como único antecedente haber aportado medio millón de dólares a la campaña de su presidente y cuyo pliego aún no fue aprobado en la cámara alta, declaró ante los senadores que está dispuesto a pelear contra “la influencia maligna de potencias adversarias en la región, ya sean actores maliciosos o regímenes autoritarios como Cuba, Venezuela, Nicaragua, China, Irán y otros que buscan socavar los valores democráticos”.

Adicionalmente, el aspirante a embajador expresó que va a “viajar a todas las provincias para tener una verdadera asociación con esos gobernadores y asegurarnos de eliminar la corrupción”, que no es otra cosa que un eufemismo para tratar de impedir la influencia de China en Argentina. Es necesario recordar en este punto que el país asiático sostiene relaciones directas con cinco provincias argentinas. En Santa Cruz, por de pronto, estaría a punto de iniciar la construcción de dos represas.

Pero el cubano no se privó de opinar sobre la política interna argentina, al afirmar que “mi papel es asegurarme de que Cristina Fernández de Kirchner reciba la justicia que bien merece”, al tiempo que afirmaba que “tenemos que seguir apoyando a la presidencia de Milei durante las elecciones de mitad de mandato y hasta el próximo período para poder construir una mejor relación entre nuestros dos países”.

Con respecto a la expresidenta -ahora se puede comprobar qué mano está detrás de su encarcelamiento- dijo que “ella está en arresto domiciliario debido a algún favoritismo político que está pasando allí. Obviamente, ella no estuvo involucrada en el atentado de la AMIA, pero definitivamente, de alguna manera, estuvo involucrada en el encubrimiento y Dios sabe si estuvo involucrada en la muerte del fiscal”. Es asombroso que sepa más de la causa que los jueces, que no lograron determinar la veracidad de esta materia.

Pero, la impericia del futuro embajador -si le aprueban el pliego- llegó a su culminación cuando afirmó que “sigue habiendo un movimiento kirchnerista. Está probablemente más a la izquierda que el movimiento peronista. Y eso es algo que tenemos que seguir vigilando”, como si fuera parte de sus funciones la vigilancia ideológica.

Los norteamericanos que se quedaron para siempre

Como dato de color, cuando los EEUU aún no se habían convertido en la potencia que son hoy, el Senado reconoció la Independencia argentina el 28 de marzo de 1822. El gobierno lo hizo oficialmente el 27 de enero de 1823 y designó como ministro plenipotenciario ante la Confederación Argentina a Caesar Augustus Rodney, que llegó a Buenos Aires el 27 de diciembre de ese año. Estuvo en nuestro país hasta el diez de junio de 1824, cuando falleció. Sus restos quedaron en el Cementerio Británico, pero fueron luego trasladados a la catedral anglicana de San Juan, en Buenos Aires.

Hoy, una calle del barrio de Chacarita lo reconoce. También una canción del grupo La Portuaria alude al “Bar de la calle Rodney”, ubicado “hacia la parte de atrás del cementerio”, según escribió Diego Frenkel.

El segundo representante norteamericano designado fue John Murray Forbes, que también falleció en Buenos Aires. Primero fue cónsul de su país, entre 1820 y 1823, para ser designado como ministro plenipotenciario entre 1825 y el 14 de junio de 1831, cuando se produjo su deceso. Sus restos, que también quedaron en Buenos Aires, se encuentran desde 1892 en el Cementerio Británico.

La principal misión de Forbes fue lograr que la Confederación dejara de apoyar a los piratas que hacían estragos en el Mar Caribe, que hasta hacía pocos años había enriquecido a algunos estados de la costa este de los Estados Unidos, como Carolina del Norte. Forbes lo logró en octubre de 1821 y se consideró que éste fue su mayor logro. Sus notas y su correspondencia fueron compiladas y publicadas en un libro, que es considerado como una fuente importante para analizar a la Argentina de aquellos tiempos.

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