¿Vuelve el ciclo de una violencia que no cesa?

¿Vuelve el ciclo de una violencia que no cesa?

La historia argentina es pródiga en episodios de violencia contra el pueblo.


En los últimos días, el intento de magnicidio perpetrado contra la vicepresidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, actualizó las prevenciones sobre la utilización de la violencia política, tantas veces ejercida contra el peronismo.

Cuando se produjeron los grandes cambios sociales a lo largo de la historia, que incluían la adquisición de nuevos derechos para los más pobres, se producían, paralelamente, brutales atropellos de los sectores más conservadores, que a menudo derivaban en confrontaciones sangrientas.

La Argentina es un muestrario de esta afirmación. En distintas etapas de su historia, la violencia fue el método para resolver las controversias. Sus víctimas, siempre fueron los rebeldes, los que cuestionaban al poder. Los caudillos Facundo Quiroga (16/02/1835) y Vicente “Chacho” Peñaloza (12/11/1863); los líderes obreros anarquistas Severino Di Giovanni (fusilado el 1°/02/1931) y los doce trabajadores asesinados por la policía en el acto del 1° de mayo de 1909 en Plaza Lorea, hoy Plaza Congreso; los 1.500 trabajadores de la Patagonia Rebelde, asesinados entre el diez de noviembre de 1921 y el 10 de enero de 1922; los 700 obreros asesinados en el curso de la Semana Trágica, entre el siete y el 14 de enero de 1919, son apenas algunos hitos de esta historia de las guerras internas argentinas.

Más cerca en el tiempo, en los ’70, la Alianza Anticomunista Argentina ejecutó a alrededor de 900 militantes de distintos sectores contestatarios, en especial del peronismo revolucionario y de izquierda.

El 16 de junio de 1955, pilotos de la Fuerza Aérea y de la aviación naval habían bombardeado la Plaza de Mayo, en una acción considerada por la posteridad como un crimen de guerra. Miles de civiles sin estado militar, personas que se encontraban indefensas ante el poder de fuego de los aviones de combate, fueron bombardeados y ametrallados por los aviadores, que huyeron a Uruguay, perseguidos por la cobardía de su acción.

Un año después, entre el nueve y el doce de junio de 1956, fueron fusilados 32 argentinos, civiles y militares, que intentaban reinstalar al derrocado general Juan Domingo Perón en el poder y no habían matado a nadie. En los años posteriores, la represión siguió asesinando a obreros, estudiantes, sindicalistas, sacerdotes y trabajadores de todas las ramas de la producción. Como siempre, las víctimas fueron en especial militantes del peronismo y de la izquierda.

En 1976 se produjo un 1955 tardío, que llevó a la muerte y a la desaparición a más de 30.000 argentinos, al robo de 500 de sus hijos y al surgimiento de heridas que aún no terminan de cicatrizar. Con estas acciones, la dictadura, que llegó con la misión de alterar definitivamente la estructura productiva argentina y terminar con el método de sustitución de importaciones, no sólo desapareció a tantos argentinos, sino también a sus fuentes de trabajo. Esta dictadura fue considerada como el cierre de la tarea inconclusa que había dejado la Revolución Fusiladora, que había fallado en su misión de aniquilar al peronismo. Esto, de todos modos, tampoco fue logrado por los generales de opereta Videla, Roberto Viola, Leopoldo Fortunato Galtieri y Reynaldo Benito Antonio Bignone.

Un mundo violento

Pero la violencia no se produjo solamente en Argentina, sino que también existió en otras partes del mundo. En los tiempos de la Revolución Francesa, la burguesía “humanizó” la muerte con la creación de la guillotina, que por matar en el primer intento, agilizaba el proceso de aniquilamiento y permitía despachar rápidamente ese molesto trámite de andar asesinando a los dirigentes del antiguo régimen monárquico.

La misma contundencia mostraron los eficientes cosacos del sur de Rusia, que manejaban sus sables con tanta destreza que les permitió acelerar la masacre de los bolcheviques, aunque no impidió, finalmente, el triunfo de la Revolución Soviética, que luego se encargó de perseguir y dispersar a esos “hombres libres” (eso quiere decir “kazak”) de las llanuras del sur de Rusia y Ucrania.

La tragedia argentina

En Argentina, cuando aparecieron los primeros conflictos gremiales, el temor había llevado a conformarse a fines de 1918 la Liga Patriótica. El diez de enero de 1919 los contraalmirantes Manuel Domecq García y Eduardo O’Connor les entregaron armas automáticas a los jóvenes de la Liga, que operaba bajo el apotegma: “Patria y Orden”.

El 18 de abril de 1919, fue elegido como presidente de ese grupo paramilitar ultraderechista, Manuel Carlés, mientras que Pedro Cristophersen lo escoltaba desde la vicepresidencia.

El debut de la Liga ante la opinión pública se produjo en los primeros días de enero de 1919, durante el conflicto en los Talleres Vasena, cuando una huelga de sus obreros fue duramente reprimida por la policía y por los “patriotas”, resultando en una balacera que culminó con cuatro obreros muertos.

La Liga organizaba eventos sociales, adoctrinaba a los obreros en las ideas patrióticas, operaba como grupo de apoyo de la policía y funcionaba aportando mano de obra precarizada a las industrias en las que sus obreros estaban en huelga. En aquellas épocas a éstos se los denominaba, como en Europa oriental, “krumiros” o en términos más criollos: rompehuelgas o carneros.

Sus ideas políticas abrevaban en ideologías de ultraderecha, xenófobas, antiobreras y antisemitas. Cuando era diputado, en 1910, Carlés había aseverado, en un discurso en conmemoración del Centenario de la Revolución de Mayo, que “si hay extranjeros que, abusando de la condescendencia social, ultrajan el hogar de la Patria, hay caballeros patriotas capaces de presentar su vida en holocausto contra la barbarie, para salvar a la civilización”.

Como resultado de la intervención de la Liga en los hechos de la Semana Trágica, los “patriotas” colaboraron con los 700 muertos y varios miles de desaparecidos que se produjeron en la semana transcurrida entre el siete y el 14 de enero de 1919. También hubo entonces miles de torturados y heridos. El gobierno de Hipólito Yrigoyen jamás publicó la lista de los muertos, ni de los heridos, ni de los desaparecidos, entre los cuales hubo también niños. Muchos autores consideraron a estos sucesos como el germen del Terrorismo de Estado, que asolaría al país exactamente 57 años después.

Un suceso en especial anticipó los hechos futuros. El periodista Pinie Wald, su novia, Rosa Weinstein y los militantes anarquistas Juan Zelestuk y Sergio Suslow fueron detenidos, acusados de conformar un “soviet ruso-judío”, en el cual Wald cumplía el rol de “dictador maximalista”. Los principales diarios del país blanquearon la inverosímil noticia, dándole una amplia cobertura favorable al gobierno.

Los presos fueron bárbaramente torturados y los periódicos también les dieron cobertura a los bestiales atormentadores de presos políticos. Publicaron que Wald estaba muerto y que Zelestuk –supuesto jefe de policía del soviet- estaba grave a causa de las “heridas recibidas” por “resistir al arresto”. Lo mismo, ambos sobrevivieron milagrosamente a sus torturadores, que no pudieron utilizar -porque aún no habían llegado al país-, las magnificentes picanas eléctricas del comisario Polo Lugones, pero no se privaron de atizarles violentas palizas, que dejaron a ambos integrantes del supuesto soviet al borde de la muerte.

Años después, Wald publicaría un libro, que tituló «Pesadilla», en el que relató sus avatares, anticipando el género de la novela de “no ficción” que años después conducirían casi hasta la perfección Rodolfo Walsh, con Operación Masacre y Truman Capote, con A Sangre Fría.

Tres años después, estos mismos adalides de la Liga Patriótica tuvieron una decisiva intervención en los sucesos que se conocieron posteriormente como “la Patagonia Trágica” o “la Patagonia Rebelde”. Los parapoliciales apoyaron la invasión a la provincia de Santa Cruz por parte de las tropas de Regimiento Húsares de Pueyrredón, que comandaba el coronel Benigno Varela, matando y torturando a los obreros rurales, que habían declarado una huelga en reclamo al reconocimiento de sus derechos a la vivienda y a salarios dignos, entre otras mínimas condiciones de bienestar, imprescindibles para llevar a cabo sus labores en la helada estepa patagónica.

Finalmente, cuando llegó el seis de septiembre de 1930 y su clase social asaltó directamente el poder al mando del general José Félix Uriburu, los militantes que conformaban la Liga Patriótica, en especial los más jóvenes, migraron en masa hacia otras formaciones aún más radicalizadas, como la Legión Cívica y la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios, que contaban con el auspicio gubernamental. Estos hechos marcaron la decadencia de la Liga, que siguió hibernando hasta 1969, al que llegó al mando de Jorge Kern, aunque sus miembros ya no eran los mismos. El general Jorge Rafael Videla y sus fuerzas armadas “legales” hacía por entonces su trabajo mucho mejor que el que ellos habían encarado 77 años antes.

Tiempo después, en Argentina

Pero poco antes, entre 1973 y 1976 operó en Argentina una organización que nació en las entrañas del Estado y que asesinó a alrededor de 900 militantes peronistas y de diversas ramas de la izquierda. Se autodenominaron la Alianza Anticomunista Argentina (la Triple A) y operaron en principio desde el Ministerio de Bienestar Social, cuyo titular, José López Rega, goza aún de triste memoria.

El estilo desembozadamente rudo y callejero en el funcionamiento de las comunicaciones de la organización motivó su propio desprestigio. Llamaban a los diarios y exigían que se publicaran sus comunicados, porque si no iban “a sufrir las consecuencias”, que solían traducirse en la colocación de explosivos, atentados personales y hasta en asesinatos y posteriores voladuras de los cadáveres.

La tristemente célebre Triple A prefiguró la dictadura, tanto como la Liga Patriótica se había anticipado al fin de una democracia recién adquirida, en 1916, con la sanción de la Ley Sáenz Peña, que instauró el voto universal, secreto y obligatorio y le quitó a la clase ganadera el control político del sistema gubernamental.

Esa aparición de la “chusma radical”, en la historia generó el contraataque oligárquico de 1930, así como la aparición del peronismo le dio forma a la Revolución Fusiladora en 1955. En ambos casos, los grupos parapoliciales de la Liga Patriótica y de la Triple A fueron reemplazados por el terrorismo de Estado, que reprimió y asesinó a mansalva a generaciones de argentinos.

En 1930, Uriburu logró la vuelta al “Granero del Mundo”, mientras que la dictadura surgida el 24 de marzo de 1976 provocó, a sangre y fuego, el fin del proyecto de reemplazar el sistema de sustitución de importaciones por la construcción de una industria pesada.

Hoy volvió la violencia política

Pero, lo que parecía haber sido superado, no lo había sido. Los ciclos de la violencia política vuelven a producirse periódicamente en la Argentina.

El doble gatillazo en la propia cara de la vicepresidenta renueva los temores de la aparición de una nueva etapa. Está claro que ni la Banda de los Copitos, ni los impresentables sicarios de las redes sociales que conforman Revolución Federal se encuentran a la altura de aquellos peligrosos fusileros de la Liga Patriótica, ni de los expertos asesinos de la Triple A.

Pero, de todos modos, uno de ellos casi logra su objetivo de asesinar a una mujer que cuenta con el apoyo de millones de argentinos. De haber tenido éxito, el ciclo de la violencia se hubiera multiplicado hasta límites impredecibles. Si la amenaza de una condena, a todas luces injusta, había provocado la movilización de miles de personas hasta Juncal y Uruguay, es difícil prever lo que hubiera provocado el asesinato de Cristina. Se puede decir que el caos estuvo a la vuelta de esa misma esquina.

Es impredecible el futuro, pero la reaparición de la violencia contra los sectores populares, que en realidad nunca dejó de estar presente, permite conjeturar que la sangre vuelve a rondar con su carga ominosa a la sociedad argentina.

Es responsabilidad de la política saltar esa valla, que acorrala a la democracia.

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