Milei camina por la senda de anteriores fracasos liberales

Milei camina por la senda de anteriores fracasos liberales

A los generales Uriburu, Justo, Aramburu, Onganía y Videla les fue mal, al igual que a los civiles Frondizi e Illia.


El mismo día en que un proyecto político comienza a concretarse, inexorablemente inicia su declinación. Puede ser esta lenta o rápida, pero siempre hay una fecha de vencimiento grabada en algún lugar. La historia política argentina está plagada de proyectos que intentaban perpetuarse en el tiempo, pero que sencillamente no pudieron evitar el avance de la herrumbre.

Los hubo militares -como los generales usurpadores José Félix Uriburu, Agustín P. Justo, Pedro Eugenio Aramburu, Juan Carlos Onganía y Jorge Rafael Videla- y civiles advenidos gracias a las proscripciones de las mayorías, como Arturo Umberto Illia y Arturo Frondizi, ambos radicales. Son diferentes los casos de Uriburu y Justo de los de Onganía y Videla. Los dos primeros proscribieron al radicalismo y los dos últimos, a todos los partidos políticos. Frondizi e Illia ganaron en elecciones amañadas, en las que el peronismo estuvo prohibido. Onganía y Videla se apoyaron en la anulación de la oposición mediante métodos castrenses.

Aramburu, por su parte, sólo se centró en tratar de hacer desaparecer al peronismo, una materia en la que profundizó hasta límites inconcebibles Jorge Rafael Videla. Es de destacar que ambos fracasaron en sus intentos antiperonistas, aunque tuvieron éxitos resonantes en aumentar la deuda externa, destruir el mercado interno y dinamitar la capacidad instalada de la industria argentina.

¿Democracias tuteladas?

En democracia, en cambio, las cosas se ponen turbias. Se supone que desde 1983, el Pueblo decide su destino mediante el sagrado instrumento del sufragio. El problema surgió siempre en los días subsiguientes a la asunción de los nuevos gobiernos nacidos de las urnas, porque no hubo sanciones -excepto las del voto negativo- para los que traicionaron los mandatos contenidos en su elección.

Raúl Alfonsín y sus correligionarios confesaron alguna vez su impotencia para cumplir con sus promesas electorales. En los últimos días de abril de 1989, el ministro de Economía de Alfonsín, Juan Carlos Pugliese, se lamentaba por la crisis económica que vivía la Argentina, producto de las decisiones que había adoptado su propio gobierno en los seis años anteriores. Luego de anunciar que subían las tarifas y las retenciones, lanzó la frase que lo llevó a la cúspide de la impotencia: “apelé al corazón y me contestaron con el bolsillo”. Los mercados son como Pinocho, se sabe: el estetoscopio no detecta en ellos los latidos de sus inexistentes corazones.

El sucesor de Alfonsín fue el peronista Carlos Saúl Menem. En su campaña electoral prometió un “salariazo” y una “revolución productiva”. No sólo no cumplió con ninguna de sus promesas, sino que impulsó políticas económicas teñidas del más rancio liberalismo, que llevaron al país a la hiperinflación y a la “estanflación”, es decir, a la inflación con estancamiento económico, que es una fórmula explosiva desde el punto de vista social.

En ese marco, al inicio de 1992, su ministro de Economía, Domingo Felipe Cavallo, impactó con una frase que lleva la marca de una época marcada por la frivolidad y la estupidez: “el peso, que a partir del 1° de enero de 1992 valdrá igual que el dólar, es una moneda destinada a perdurar con ese valor por muchos años”.

Perduran aún en la memoria los últimos días de aquel gobierno, que traicionó las mejores tradiciones peronistas: descontrol económico, especulación, endeudamiento desenfrenado, privatización de las empresas construidas con el ahorro del Pueblo, salvajes aumentos de precios y ningún salariazo ni atisbos de una revolución productiva.

Pero la historia anterior a la democracia no ofrece mejores paradigmas.

La dictadura eterna que no fue

El general-dictador Juan Carlos Onganía, que derrocó a Arturo Illia el 28 de junio de 1966, anunció un proceso de 20 años de duración, en el que iba a existir primero un “tiempo económico”, al que seguiría un “tiempo social” y todo culminaría con un apoteótico “tiempo político”, que debía ser la lógica consecuencia del “reordenamiento” que se disponía a encarar la Revolución Argentina, tal como se autodenominaban los civiles y militares golpistas.

El deterioro que dejó tras de sí esta dictadura, que nos dio a los argentinos tres presidentes de facto -Onganía, Roberto Marcelo Levingston y Alejandro Agustín Lanusse-, elegidos por tres votos (los de los comandantes de las tres fuerzas armadas), fue tal que el gobierno peronista que lo sucedió debió reconstruir el aparato productivo industrial casi desde cero.

Esta dictadura, para durar los siete años que duró, apeló a las trapisondas más rastreras. Sus principales virtudes no excluyeron la represión contra los trabajadores, ni los asesinatos de militantes opositores, seguidas por diversas intervenciones a sindicatos, universidades y empresas del Estado, que fueron saqueadas y desprestigiadas (para luego, años más tarde, ser privatizadas).

Un dato destacable: Onganía tuvo su propio mesías en su ministro de Economía: Adalbert Krieger Vasena, que ejerció ese cargo entre 1967 y 1969.

Lo primero que hizo el aristocrático ministro fue devaluar la moneda en un 40%. Además, suspendió los aumentos salariales por dos años; redujo los aranceles a las importaciones; suspendió los convenios colectivos de trabajo; eliminó medidas proteccionistas y abrió la participación de empresas privadas en el negocio petrolero. ¿El resultado? El Producto Bruto Interno cayó un 1,2% durante su mandato, los precios aumentaron salvajemente y la industria y el agro sufrieron una gran caída, al serles aplicadas fuertes retenciones a sus exportaciones.

Liberalismo a sangre y fuego

El proceso democrático surgido en 1983 sólo fue posible de implementar por el fracaso del modelo económico ultraliberal prohijado en medio de la represión sangrienta que desarrolló el tándem Jorge Rafael Videla-José Alfredo Martínez de Hoz.

En el primer año de la dictadura surgida tras el 24 de marzo de 1976, el impacto de los salarios en el Producto Bruto Interno cayó un 24%. Al mismo tiempo, un estudio de la Oficina de Investigación Económica y Análisis Financiero de la Universidad de Oxford (OFINEC) reveló que la empresa cementera Loma Negra disminuyó el costo laboral en un 53%, tomando el valor de sus beneficios positivos, gracias a la política económica del inefable Martínez de Hoz, que era el verdadero jefe del Proceso de Reorganización Nacional.

En las calles, mientras tanto, miles de opositores conocían las picanas policiales, las mazmorras secretas del régimen y eran sepultados en las profundidades del Océano Atlántico, el Río de la Plata y en tumbas sin nombre. Todo, en nombre del capital y de los negocios, cuanto más fáciles, más turbios.

Mientras tanto, en Ciudad Gótica…

En los tiempos que corren, Javier Gerardo Milei, para sostener la tradición de los gobiernos liberales descriptos más arriba, se encuentra patinando con gran estilo en el manejo de la crisis económica que él mismo desató con las decisiones que tomó, en especial a partir de la inconstitucional Ley de Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los Argentinos.

Durante el primer año de su gobierno, sus votantes blindaron a Milei. En febrero de 2025, el escándalo $Libra le abolló la armadura. En los últimos días, las tribulaciones del medroso director de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), Diego Spagnuolo, le pulverizaron la coraza. De ahora en más, Milei cosechará apoyos y rechazos de acuerdo con la evaluación que hagan sus votantes de sus acciones. Ya no habrá más una esperanzada comprensión por las carencias que sufren, que es el blindaje más poderoso e irracional.

La escena reproducida millones de veces en las redes, acaecida en Lomas de Zamora, en la que el presidente y sus adláteres escapaban raudamente en azarosas circunstancias montados en variados vehículos, como camionetas, autos blindados y hasta motocicletas, reproduce lo que piensan de su gestión los bonaerenses.

Veinte años atrás, cuando el peronismo encaraba su primera elección legislativa tras el triunfo de Néstor Kirchner en 2003, Jorge Asís le preguntaba con cierta socarronería a algún ignoto ministro, por cómo estaban “las estepas rusas”, en alusión al inhóspito -para algunos- conurbano bonaerense. La respuesta fue el resultado en las elecciones del 25 de octubre de 2005, que favoreció ampliamente a Cristina Fernández de Kirchner por sobre Hilda “Chiche” Duhalde. El Frente para la Victoria casi triplicó los votos obtenidos por los Duhalde. Hoy, las estepas rusas siguen siendo tóxicas para el liberalismo, que siempre agredió a sus habitantes con políticas antiindustriales.

En ese mismo territorio intentó penetrar el miércoles último Javier Milei, acompañado en la caja de una poderosa camioneta por su hermana Karina, la principal acusada por Spagnuolo de manejar a su antojo la compra de medicamentos para la ANDIS, con sobreprecios de hasta el ocho por ciento.

La impericia política se cobra invariablemente un alto precio. Era de esperar que en un territorio en el que moran los humildes se produjeran incidentes. La ostentación precede siempre al fracaso, si de política se habla. Coimear millones de dólares sobre el presupuesto que se emplea para auxiliar a los míseros, a quienes además se les quitan los subsidios que les permiten sobrevivir malamente y luego pretender mostrarse como la “anticasta”, es una estupidez. No se puede pecar sin perder la virtud.

Un “brocoliazo” a cambio de tamaña impunidad es un hecho casi intrascendente. Por eso, en lugar de quejarse, los protagonistas del hecho deberían sentirse afortunados, tomando en cuenta que a veces, el escarmiento escala hasta la violencia. Ésto fue sólo repudio.

Un párrafo final. El candidato a diputado José Luis Espert fue abandonado en medio del caos, rodeado como estaba por pusilánimes, que no hesitaron en trepar en veloces vehículos que debían sacarlos raudamente de la hecatombe. Espert debió subirse a una motocicleta para imitarlos, casi en el último segundo antes de que lo alcanzara el malón. Todo paisano sabe que no debe dejarse “pie a tierra” a otro paisano cuando la indiada está soliviantada. Fue un hecho repudiable, originado en el julepe que asaltó a sus cofrades ante la presencia del Pueblo en acción de justicia. Igualmente, Espert salió ileso de la experiencia, para satisfacción de todos. Una última consideración. La jineteada del legislador fue muy poco elegante, casi propia de un citadino que jamás montó anteriormente.

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