Los dilemas de la oposición

Los dilemas de la oposición


Se habían entrenado durante años para enfrentar a un rival cantado.

Algunos especialistas hasta los daban como favoritos. Pero de pronto, ese oponente que habían contorneado decenas de veces frente al espejo, se esfumó. Y el reemplazante, en un ring completamente nuevo, los noqueó. Nunca terminaron de entender bien contra quién peleaban.

El juego de imágenes viene a cuento del escenario político a partir de octubre de 2010, cuando la muerte de Néstor Kirchner, por entonces único precandidato oficialista para suceder a su esposa, descolocó a una oposición que se ilusionaba con volver al poder.

Ninguna encuesta daba al expresidente con chances en una hipotética segunda vuelta. Era el límite de los votantes al antikirchnerismo de entonces, luego del conflicto con el campo en 2008 y del golpazo en las urnas un año después.

El final del cuento es conocido. Repunte económico mediante, nadie se atrevió primero ni supo después cómo enfrentar a la viuda. Hubo estrellas que se hicieron fugaces cuando se complicó el pronóstico (Julio Cobos, Mauricio Macri, Ernesto Sanz) y a los que se plantaron Cristina se los llevó puestos (Hermes Binner, Eduardo Duhalde, Ricardo Alfonsín, Elisa Carrió, Alberto Rodríguez Saá, Jorge Altamira).

Hoy, la oposición más pura (el Pro, la UCR, ciertos sectores de centroizquierda) camina, quizá, hacia otra trampa similar. Con el cuerpo entero enfocado en diseñar anticristinismo, puede enfrentarse en breve a un dilema para el que no está claro cuán entrenada está. ¿Y si no es Cristina? ¿Y si se cae la posibilidad de la re-reelección? ¿Cómo evitar que la presidencial de 2015 no sea otra interna abierta del PJ como en 2003?

Aun cuando el cristinismo insista en público con que solo ella puede reemplazar a ella para garantizar el modelo, ya piensa en un plan B, C y hasta D. El A, el obvio, es conseguir la reforma constitucional que permita la re-reelección. Para eso, el oficialismo debería coronar en octubre una elección legislativa por encima del 40 por ciento, con victorias o al menos segundos puestos clave en las ocho provincias donde se renuevan senadores. De esa ecuación depende la chance de alcanzar los platónicos dos tercios en el Congreso que permitan avanzar sobre la Constitución.

Pero a menos de dos meses de las primarias ningún sondeo real garantiza esa epopeya. Y ahí los caminos del oficialismo empiezan a bifurcarse. El cristinismo puro y duro cree que solo un dirigente como Carlos Zannini, el influyente secretario legal y técnico, puede garantizar la continuidad original. Con un límite de peso: el poder de Zannini dentro del Gobierno es directamente proporcional a su desconocimiento fuera de la Rosada. Tras diez años en la cocina K, varios periodistas aún preguntan si su nombre va con una o dos “n”. El público de a pie ni le conoce la cara. ¿Bastaría con que la Presidenta lo señalara como su sucesor para heredarle también los votos? No hay antecedentes recientes que avalen un seguidismo de esa envergadura.

Otros sectores ultra-K insisten con Amado Boudou, una variante que la mayoría de los analistas da por imposible desde que su figura se pegó a las páginas judiciales. Algunos ocasionales compañeros de ruta, como la diputada Diana Conti, tuvieron la deferencia de nombrarlo como posible heredero. Acaso hasta Cristina lo haya imaginado así cuando lo nombró para su fórmula. Pero el baño de realidad, esta vez, se lo dio su círculo íntimo. Hace meses, cuando estalló el caso Ciccone, un asesor fue gráfico sobre el futuro del vice: “Está muerto”. Días atrás, el mismo asesor lo confirmó, con un retoque final: “Está muerto. Olvidate”. En silencio, otro colaborador muy cercano blanqueó un cambio de domicilio en el oeste del conurbano. Lo que podría tomarse como un detalle de la vida cotidiana, no lo es: el hombre está pensando en ser candidato en ese nuevo distrito “para cuando se acabe lo de Amado”. Ve poco hilo en el carretel.

Mientras, en el oficialismo se deja correr un tercer nombre “leal”. El del gobernador de Entre Ríos, Sergio Urribarri, el más potable de los gobernadores para el filtro kirchnerista. De perfil relativamente bajo, hace pocos días dio otra prueba de amor cuando salió a sacudirlo a su colega Daniel Scioli. Para dar el gran salto, necesitará bastante más.

¿Y si no es un kirchnerista biológico, podrá ser un kirchnerista adoptivo o alejado del hogar? Los otros dos nombres con futuro presidencial que más aparecen en las encuestas son el mencionado Scioli y el intendente de Tigre, el ascendente Sergio Massa. Curioso lo de Scioli. Salvo en 2005, el kirchnerismo lo usó siempre como herramienta electoral cada vez que vislumbró una contienda reñida. Fue la cara conocida para un ignoto Kirchner en 2003, lo hicieron saltar de distrito –de Capital a Provincia– para apuntalar a Cristina en 2007, lo volvió a abrazar un complicado Kirchner en su locura testimonial de 2009, lo mantuvo Cristina en la Provincia en 2011, desechó cualquier chance de desdoblar los comicios bonaerenses y su nombre volvió a sonar ahora para frenar al fantasma de Massa.

Él ya lo ha dicho: si no es Cristina, irá por la Presidencia. Difícil encrucijada para el gobernador. Dependen económicamente de la dirigente que lo descarta políticamente. Con dos años de gestión por delante, ¿podrá en algún momento quebrar esa lógica? Hasta ahora no quiso o no pudo. Sin reelección en la provincia, 2015 le plantea un nuevo desafío.

El otro ¿ex? kirchnerista que asoma es Massa. Indescifrable en esto de simplificar dónde está parado es, habrá que reconocerlo, la aparición más importante en el tablero. Juntó intendentes –algunos oficialistas, que hasta lo defienden en público–, tiene una buena imagen, y varios peronistas y sindicalistas levantaron la mano para ofrecerle sus servicios. Su 2015 depende de su 2013. Ambos, Scioli y Massa, comparten una virtud. Podrían juntar a una parte del peronismo/kirchnerismo que hoy jura lealtad a Cristina pero ya ha mostrado capacidad de reconversión si la oferta es tentadora. Y sin sonrojarse.

Este panorama deja hoy a las principales alternativas opositoras en una rampa cuesta arriba. Macri no logró en estos años un armado que trascienda su indiscutible éxito porteño. El PJ opositor parecía un pilote pero se rompió antes de construirse. Y Binner, incluso cuando en octubre pueda mostrar una victoria con nombre propio en Santa Fe, padece el mal de la centroizquierda (con síntomas radicales): los actores nunca terminan de confirmar su participación en el elenco y el recambio le quita interés a la obra.

La interna dentro de la interna

Algunos empresarios agregan un problema de discurso: “Estamos de acuerdo con la institucionalidad, pero ningún opositor nos viene a decir qué van a hacer ellos para que sigamos ganando plata».

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