Las prioridades ya matan a la herencia

Las prioridades ya matan a la herencia


Escrito el 2 de agosto de 2016

 

Un ingeniero de una potencia mundial que recorrió la extensión del yacimiento de Vaca Muerta en nuestro suelo explicó a este cronista la magnitud de la dificultad que se le originaría al gobierno a partir de las políticas tanto en el ámbito de la problemática del gas como de la electricidad. El déficit de energía de este país y la inacción del Estado como su entrada intempestiva y errada, eran los dos elementos que nuestro visitante no podía comprender. «Si en nuestro país ocurriera una situación similar, el Presidente no dudaría un segundo en poner inmediatamente los fondos necesarios -en calidad de préstamo a las operadoras- para la correcta cobertura de la población y de la industria hasta que se la política resuelva este problema. En este caso, con todo respeto a la Corte Suprema de Justicia, las autoridades no pueden nunca esperar de manos cruzadas una decisión que encima, además puede salir negativa»; terminó la sentencia el experto extranjero. Prioridades mata herencia fue lo que quiso decir en criollo.

La moraleja viene a cuento ya que en el tema eléctrico dentro del energético, las dos operadoras Edenor y Edesur ya hicieron público su imposibilidad de seguir prestando el servicio (pésimo) que brindaban antes de esta crisis. Eso quiere decir que directamente apenas podrán o ni siquiera lograrán seguir pagando los sueldos, lo que implica ni hablar de mantenimiento de las instalaciones y mucho menos de las inversiones necesarias para que el país salga de una situación penosa a las que nos llevaron los diez años de desinversión a partir de tarifas ridículas, la corrupción clásica de la época y el tarifazo desproporcionado y falto de tacto de la actual administración. Se fabuló esta semana con estatización (NEW SEGBA) o la entrada al sistema de aquellos que no les disgusta tanto esta crisis, si las operadoras decidieran claudicar.

Pero los gobiernos no son electos para explicarnos la realidad solamente sino para solucionarla, transformarla positivamente, hacer y pedirnos esfuerzos progresivos, tomar decisiones que nunca son valientes ni sabias si son injustas, y mucho menos si además de torpes resultan inútiles.

Los hombres de negocios, empresarios exitosos, CEOS de compañías importantes no son garantía de nada puestos en función de gobierno. Son eficientes en lo suyo y nadie los discute. Algunos podrían ser hombres de consulta del sector que pertenecen, otros podrán adaptarse con más o menos rapidez y habilidad a medir los impactos totales de las decisiones y otros debieran haberse quedado aportando desde su lugar en el mundo y dejar ese espacio llamado Estado a los hombres probados en este mundo donde la realidad tiene muchas más caras que las que se ven desde una empresa. Los famosos hombres de Estado -honestos y probados, por ejemplo, el doctor Alberto Abad- que por supuesto escasean en Argentina son notable minoría en este gobierno lamentablemente.

La diferencia central entre la legión de funcionarios con genética empresaria y los hombres de Estado, no está en los objetivos. Demos por bueno que ambos desean arribar a los mismos objetivos, los mejores posibles para la coyuntura y el futuro nacional. La distancia en la eficacia radica en el correcto cálculo del impacto social, a partir de evaluar con el menor margen de error la recepción que sus medidas obtendrán de la política y otras tantas variables como la organizaciones sindicales, comunitarias, sociales, no gubernamentales, colegios profesionales, religiones, todas las instancias de la justicia y hasta los condicionamientos internacionales que puede tener un país y que no tiene una corporación -cualquiera sea- con un único objetivo: la rentabilidad.

No hay que abundar en cuestiones casi obvias. Es muy diferente lidiar ya no con una empresa grande sino una mega corporación de 10.000 empleados y quizás dos o tres sindicatos en ella, que con un país con más de 18 millones de trabajadores formales y no, y con todos los ingredientes arriba enunciados.

Los miles de empleos perdidos, la inflación generada por propios y extraños, las inversiones que aguardan mayores certezas en todos los planos y el retraso en el arranque de la obra pública es el mapa negativo que siguió al desastre tarifario.

Tampoco pretendemos afirmar en estas líneas que por provenir de este grupo nacido en Newman y continuado en las «grandes Ligas» de los negocios, Mauricio Macri es incapaz de llevar a la Argentina a buen puerto. Sólo darle visibilidad pública a un problema y fijar un alerta para que las decisiones de Estado se trabajen desde la política (más allá de cómo la entienda cada uno) y otros – los menos- desde el Call Center.

En un Estado que funciona, su gobierno debe conducir con firmeza y aciertos, la política es el camino hacia los objetivos y si el pueblo acompaña, eso se concreta. De manual, así de fácil es la fórmula del éxito.

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