Juan Perón, Padre Fundador

Juan Perón, Padre Fundador

Subsecretario de Gestión Económico Financiera y Administración de Recursos del Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires.


Han pasado casi 40 años de la muerte del General Juan Domingo Perón y 10 años desde el inicio de un período que puso en tela de juicio muchos de los aspectos sustanciales de la figura del líder, en términos muy similares a los del histórico enfrentamiento que tuviera lugar en la Plaza aquel 1 de mayo de 1974 con Montoneros. La coyuntura resulta propicia entonces para preguntarse por el legado ideológico de Perón. A esta altura de los acontecimientos una forma de aproximarse a la controversia es a través de las ideas de propio Perón, ideas desarrolladas en una intensa actividad intelectual a lo largo de su vida y que de ninguna manera eran relegadas al plano del olvido cuando el General activaba su formidable pragmatismo. En Perón, el sentido del momento presente convivía con un ideario trascendente, y no sería justo ahogar a éste en aquel. Qué pensaba Perón es la pregunta que sintéticamente nos hacemos en este escrito entonces, tomando por un momento distancia del mito, del hombre histórico, y del jefe. Nos preguntaremos por el legado intelectual que él mismo intentó dejar a la posteridad de manera sistemática y explícita.

Partamos de lo innegable. Perón fue el político argentino que concentró mayor liderazgo y por más tiempo, a la vez que desarrolló un esfuerzo intelectual prácticamente único por sistematizar de forma metódica una doctrina política propia. Las dos cualidades, la del dirigente y la del ideólogo, no tienen parangón en nuestra historia (más allá del juicio de valor que ambas facetas nos merezcan). La dimensión de Perón como pensador fue tan central en el líder político, que uno de sus historiadores más lúcidos llegó al extremo de afirmar que “…Perón no era ni un militar ni un político, sino más bien un estudiante y luego un profesor… (que) …cuando llegó al poder continuó enseñando, a su manera, a través de sus disertaciones al pueblo…”. A nuestro entender, esta peculiar alianza entre acción y doctrina política le merecen a Perón un sitial en el panteón de los padres fundadores de la Patria, porque más allá de las antipatías que Perón haya podido generar, como dice Frondizi, el Peronismo “es el despertar de la conciencia nacional de las masas, el mejoramiento de sus condiciones de vida y trabajo, su organización, su participación en el gobierno de la cosa pública”. Estos hitos fueron esenciales para construir la identidad argentina de hoy, porque el país también es pueblo, y el pueblo argentino emergió a su protagonismo político de la mano de Perón.

La personalidad intelectual de Perón se materializó en un cuerpo doctrinario, el “Justicialismo”, conjunto de ideas al cual él mismo dedicó numerosos escritos y esfuerzos de sistematización y prédica. En múltiples oportunidades de su larga trayectoria destaca Perón la importancia de la doctrina, porque “Un gobierno sin doctrina es un cuerpo si alma. Por eso el Peronismo tiene su propia doctrina política, económica y social: el Justicialismo”. Para él “organizar es adoctrinar”, y la organización en Perón lo es todo. Estas ideas surgieron de una mentalidad propia del líder, y esa mentalidad, como dice Jorge Castro, tenía tres categorías fundamentales de pensamiento.

En primer lugar, la justicia social como sentido de armonía social. En segundo lugar, un fuerte sentido de evolución histórica según la cual la sociedad se modificaba siguiendo una necesidad intrínseca a ella e inevitable; para Perón “la evolución del mundo nos está llevando a un cambio de estructuras generales (…) que lleva invariablemente a una mejor satisfacción de las necesidades del hombre de hoy”. En tercer lugar, Perón tiene una arraigada convicción en la conducción política como creación de un sistema de poder imprescindible para liderar esa sociedad en evolución. Estas categorías fundamentales de su pensamiento se expresaron en ese cuerpo doctrinario al que denominamos “justicialismo”.

El justicialismo a la sazón, como doctrina política creada por Juan Domingo Perón, cumple con cuatro cometidos: en primer lugar, el justicialismo intenta ser una respuesta a la cuestión social; en segundo lugar el justicialismo ensaya una alternativa a la cuestión antropológica fundamental del hombre como ser político; en tercer lugar, es una forma concreta de “latinoamericanismo” en el afán por responder a la cuestión geopolítica de la Argentina; por último, el justicialismo es un modo de organización de la acción revolucionaria. Estas cuatro dimensiones constituían en tiempos del caudillo los desafíos centrales de todo el proceso político de la civilización de su época. Todos ellos cobran vigencia nuevamente con el fracaso del liberalismo al comenzar este segundo milenio. Los cuatro dilemas representan una invitación a la reflexión de la política de hoy, pues de su abordaje depende el futuro de nuestra Nación

El justicialismo y la cuestión social

Como respuesta a la cuestión social “el justicialismo es un socialismo nacional cristiano que encaja perfectamente dentro de los sistemas ya instaurados en Europa” en el período de post Guerra en que Perón escribe. El colectivismo y el individualismo encontraban dos respuestas extremas a las cuales el líder intenta equilibrar. En un sitio afirma que “Nosotros somos colectivistas, pero la base de este colectivismo es de signo individualista, y su raíz es una suprema fe en el tesoro que el hombre, por el hecho de existir, representa”. Es decir, la sociedad es el ámbito casi exclusivo de realización del individuo, pero que se expresa a título individual personalísimo.

Para Perón el hombre se realiza en su colaboración con el proceso de instauración de la justicia social; “en los términos de su retórica, luchar por derechos en el orden de la política implicaba inevitablemente cambio social”, y esta causa común representa el ámbito de realización de la persona. Para Perón “la Justicia Social (…) da a cada persona su derecho en función social”.

La visión de la sociedad en Perón es eminentemente productivista. Para él, gobernar “es ante todo crear trabajo, porque todo está por hacerse”; más aun, llegará a decir que no existe “para el Peronismo más que una sola clase de hombres: los que trabajan”, porque “el trabajo es un derecho que crea la dignidad del hombre y es un deber, porque es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume”.

Y esto se debe a que de acuerdo con sus propias palabras, “un país se capitaliza de una sola manera: trabajando”. Para Perón el país, mientras “no resuelva el problema económico, no podrá resolver el problema social, porque nadie puede dar lo que no tiene”; más directo aún, sostiene que “lo primero que hay que hacer entonces, es juntar la plata”. Esto se consigue mediante el trabajo; porque las “riquezas potenciales del país son inmensas, pero esas riquezas potenciales no satisfacen necesidades; quizás puedan satisfacer ilusiones. Pero ni los hombres ni las comunidades viven de esa clase de ilusiones. Es necesario que esa riqueza en potencia la coloquemos en acción”. Por ende, el esfuerzo político en el justicialismo está orientado al empleo y la producción.

Otro aspecto fundamental de su respuesta a la cuestión social viene dado por la relevancia que Perón otorga a la planificación en el proceso de desarrollo. Para el General “los que prescinden de un plan, se ajustan empíricamente a resolver problemas que la evolución plantea a medida que ellos se presentan; nosotros, en cambio, tratamos de regular antes, mediante una planificación”. Esto que algunos han tildado de economía planificada, no es otra cosa que la formulación política de la ciencia de la planificación, cuyo auge ocurre precisamente durante la primer presidencia del caudillo, y de la cual él mismo resultó ser un profundo estudioso. También se advierte la singular dualidad de la persona de Perón; él distingue que “una cosa es concebir y ordenar y otra muy distinta realizar”; y en este sentido el siempre optó por lo segundo, pero sin abandonar jamás el esfuerzo sostenido por planificar con sentido estratégico. Perón concibe al Estado como la conducción institucional de una comunidad organizada, porque “no puede gobernarse lo inorgánico”. Y esta comunidad, en el pensamiento de Perón, se organiza en torno a posiciones doctrinales compartidas por todos. Él dirá que una comunidad organizada consiste en “un gobierno, un Estado y un pueblo que orgánicamente deben cumplir una misión común”. La concepción común indispensable para la organización del país cristalizará en la que dio en llamarse “Doctrina Nacional”, que conformaría “el espíritu de la nación”, convencido como estaba Perón de que “un país sin doctrina nacional lleva hacia un pueblo sin alma”. Ese conjunto de ideas compartidas en torno a las cuales organizarse y proyectar la comunidad, espera aun su formulación y su ausencia es la causa más directa de la falta de Proyecto Nacional que nos caracteriza y limita nuestras posibilidades.

El hombre y la comunidad

El justicialismo contiene una serie de conceptos fundamentales respecto del hombre en su relación con la comunidad, constituyendo una auténtica antropología política, una de las pocas que han sido formuladas en la Argentina. Esta necesidad de filosofar sobre el problema político obedece a su convicción de que “el problema Argentino más fundamental no es ni sociológico, ni económico, ni industrial, ni social, sino político. (…) El problema Argentino es eminentemente político porque, sin el concurso del Pueblo, ningún gobierno puede desenvolverse en la Argentina”. Al pueblo se lo conmina únicamente en torno a una idea, y la idea de Perón se encuentra resumida en la doctrina justicialista, fijada en el libro la comunidad organizada .

Perón cree en la fuerza de las ideas y augura a las ideas un futuro fundamental en la política de la era cuyos comienzos él mismo testifica. Una mañana de 1943 en la Universidad de Harvard, Winston Churchill expresó que “Los imperios del futuro son los imperios del espíritu (o la mente, the empires of the mind)”. Perón, haciéndose eco de estos conceptos, también opina que “el mundo nuevo ya no va a temer sino a los valores del espíritu que son los únicos permanentes”. Estos valores a los que tanto Churchill como Perón hacen referencia son la axiología que permite a los hombres formar comunidades. Para Perón, formar comunidades organizadas es el eje de la felicidad y en ese sentido apunta el Justicialismo: “Como doctrina política, el Justicialismo realiza el equilibrio del derecho del individuo con la comunidad”. Este deseo trascendente se materializa en la grandeza de la Nación, como el mismo Perón afirmó, al decir que la “política no es para nosotros un fin, sino sólo el medio para el bien de la Patria, que es la felicidad de sus hijos y la grandeza nacional”.

La cuestión latinoamericana

Por otro lado el Justicialismo acomete el problema geopolítico central de nuestro país y define el rol de Argentina en América Latina y en el mundo. En primer lugar, se expresa desde una autentica postura universalista. Perón creyó, especialmente luego de su exilio en Europa, que las tres banderas del Justicialismo –la justicia social, la independencia económica y la soberanía política- eran una solución para el mundo de la posguerra que se hallaba indudablemente dividido por la Guerra Fría e incapaz de resolver la cuestión social. La solución justicialista era la primera arma con la cual Argentina podía proyectarse internacionalmente: el justicialismo, sostenía Perón en 1951, había demostrado “ser una solución, superando al capitalismo y al comunismo”. Luego desde esta perspectiva es que se atrevía a hablar al mundo entero.

Para Perón, “el problema del futuro será, primero, la comida (…) y después la materia prima, que es el elemento de transformación de nuestra industria y de la industria del mundo entero. Esos dos problemas hacen que (…) consideremos el problema económico como sumamente importante para el futuro de nuestras relaciones internacionales” . Por este motivo, “el futuro estará, indudablemente, a corto o largo plazo, en manos de aquellos países que tengan mayores reservas, vale decir, que posean las reservas alimenticias y las de materia prima más importantes”, como es el caso específicamente para América Latina. Es bajo esta premisa que Perón diseña un rol para la región en el mundo del futuro. América Latina tiene los bienes que el mundo necesita, y de ahí su futuro protagonismo.

Ahora bien, para Perón esta unión Latinoamericana posee aspectos importantes para la economía y para la defensa. Debería inspirarse en lo que ocurría en Europa, continente que buscaba su propia unidad. Por sobre todas las cosas, era un fenómeno geopolítico a desarrollarse en el corazón de los pueblos. Para Perón la unión de los países de América “se hace primero en los corazones, en la convicción y la decisión de los pueblos primero y después de los gobernantes”. Este posicionamiento de la región constituye una auténtica “doctrina internacional de la unidad de América”.

Además, Perón reorienta la cuestión norteamericana, en el sentido de que no oculta su admiración por el vencedor de la Segunda Guerra Mundial, a quien le reconoce además un papel central dentro del sistema americano. Sin embargo, este papel de liderazgo por derecho propio podrá ejercerse a condición de que se parta del respeto por las realidades nacionales de todos los países de América. En este sentido, también el latinoamericanismo de Perón es extremadamente realista.

Ya en los últimos años de su vida Perón ve el mundo como una totalidad, reconociendo la preeminencia que la Humanidad ha cobrado por sobre la naturaleza. Él cree que “ha llegado la hora en que todos los pueblos y gobiernos del mundo cobren conciencia de la marcha suicida que la humanidad ha emprendido a través de la contaminación del medio ambiente y la biosfera, la dilapidación de los recursos naturales, el crecimiento sin freno de la población y la sobre-estimación de la tecnología y la necesidad de invertir de inmediato la dirección de esta marcha, a través de una acción mancomunada internacional”. Realmente advierte que, gracias a la finalización de los procesos de descolonización, uno de los enormes desafíos que la humanidad enfrenta es el de la preservación de los bienes públicos globales, como se los denomina hoy, y ve en esto una clara misión para nuestro país.

Tiempos de Revolución

Como dice Durossel, luego del advenimiento de la Revolución Industrial, la revolución no se iniciaría a partir de “la miseria absoluta, embrutecedora y sin esperanza, sino el inicio del progreso”. Vale decir, la posibilidad de alcanzar mayores niveles de bienestar a partir de los esfuerzos humanos organizados se ha convertido en el motor inevitable del fuego revolucionario del mundo. Frente a la aparente necesidad de las estructuras de dominación, surge la revolución. El justicialismo es una alternativa para la cuestión revolucionaria. “Somos un movimiento nuevo para una Argentina nueva” dice Perón; y “la fuerza del Peronismo radica en gran parte en que constituye un gran movimiento nacional y no un partido político”. Ya lanzado en su campaña presidencial, dijo en la Plaza de la República que “los obreros deber ser artífices de su propio destino”, en la proclama que condensa la totalidad de su programa revolucionario, el cual es eminentemente popular. Perón dirá que el peronismo “es esencialmente popular”, y todo aquello antipopular no es peronista. Dirá Perón en un reportaje, que “aquello que muchos llaman revolución, yo lo llamo cambio de sistema”; y este cambio de sistema o revolución se hará mediante una “reforma”. Perón dice claramente que pretende que “no haya destrucción”, sino “reacomodación”.

De entre todas las facetas que caracterizaron a este modo de hacer la revolución, uno de ellos es el pacifismo: “uno de los milagros del justicialismo (…) reside en haber realizado los cambios estructurales incruentamente”. La prueba de dicho pacifismo se encuentra en los conceptos fundamentales vertidos a lo largo de su campaña presidencial donde dice que “no ganaremos peleando; ganaremos votando”, y efectivamente así lo hizo. Como expresa Jorge Castro en la obra mencionada, “Perón es un revolucionario que descree de la violencia”, hecho que ha quedado expresado en una de sus veinte verdades, al decir que: “el Peronismo anhela la unidad nacional y no la lucha. Desea héroes pero no mártires”.

El otro elemento sustancial del accionar revolucionario peronista es su pragmatismo. Perón lo dice claramente: “nuestra tercera posición no es una posición centrista. Es una postura que está en el centro, la izquierda o la derecha según los hechos. Obedecemos a los hechos”. Y la contrapartida de ese pragmatismo político es una voluntad hacedora; como él mismo la definirá, “entiendo que mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar».

Perón definió su modo de acción transformadora en aquella célebre frase que lo caracterizó: “todo en su medida y armoniosamente”. La revolución, en Perón, debía realizarse paulatinamente, en armonía, mediante el cambio paulatino de las estructuras, y considerando la evolución de los tiempos que impone sus leyes propias a los cambios sociales a lo largo de la historia. El modo revolucionario de Perón es la transformación armónica de las estructuras, sin destrucción, y a los efectos de manejar la evolución. Este modo revolucionario, Perón mismo lo propone en dos etapas sucesivas; primero, la politización del pueblo, y luego, el desarrollo de una cultura política.

Conclusión

El justicialismo propone como legado doctrinal, en apretada síntesis, “una Argentina socialmente justa, económicamente libre, y políticamente soberana”. Perón sostiene que sin doctrina el mundo ha venido fracasando, tal como rezaba su mensaje para los Argentinos del año 2000: “Contra un mundo que ha fracasado, dejamos una doctrina justa y un programa de acción para ser cumplido por nuestra juventud: ésa será su responsabilidad ante la historia. Quiera Dios que ese juicio les sea favorable y que al leer este mensaje de un humilde argentino, que amó mucho a su Patria y trató de servirla honradamente, podáis, hermanos del 2000, lanzar vuestra mirada sobre la Gran Argentina que soñamos, por la cual vivimos, luchamos y sufrimos”. Perón actuó mucho pero también pensó mucho; y creemos que además, amó profundamente al ser humano. Al menos eso es lo que se desprende de su riquísimo legado doctrinario.

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