Instrucciones para armar quilombo en Twitter

Instrucciones para armar quilombo en Twitter


Estuve releyendo el libro de Beatriz Sarlo, La Audacia y el Cálculo. Su ya histórico desprecio por el estudio y la vocación de sarasear hacen que lo que diga sobre Twitter haya quedado, incluso para gente ignorante como ella en la temática, viejo a menos de dos años.
Sostiene, todo lineal como el camboyanismo de sendero luminoso donde aprendió a despreciar el estudio y el saber, que las cosas se miden por la cantidad de «seguidores». Y se pregunta, de manera inteligente, si esos seguidores no pueden estar «desactivados». Sí, obvio. Luego, con esa vocación de que mirarse su haraganería es contemplar el mundo, dice que «en realidad nadie puede saber cómo los blogs se leen» dado que las redes sociales que lo replican no pueden calcularse su alcance.

Aunque la respetable señora desconozca el asunto, no, no puede calcularse. Los contadores, contra la extendida creencia, no son nunca exactos. Y en las redes sociales, menos.

Hay una cuestión obvia, pongamos el caso de Twitter: sobre 30.000 compañeros seguidores, ¿cuántos están presentes ahora y siempre? No puede saberse. En mi caso, por ejemplo, me consta que hay dos que están fallecidos: Iván Heyn y Jazmín De Gracia. Aún me siguen. Vaya uno a saber cuándo y cómo se desactivarán, qué macabro suena siquiera pensarlo, esas cuentas. Ahora, a las 4:45, cuando me acabo de levantar, el contador dice 31.152. Pero, cuántos hay leyendo, no se puede saber. Tampoco se puede saber cuántos leen sin seguirte -se puede más o menos tomar consciencia, y en mi caso, se basa en el choreo que suelen ejercitar los nuevitos en el campo de la lucha ideológica del periodismo «militante» que se dedican a chorear ideas concurrridas (mentira, eso lo digo para joder. Bah, es verdad, es así, pero bue). y hay índices de influencia hecha por robots con cálculos algorítmicos fácilmente manipulables si se conocían previamente las coordenadas de los motores que calculan los algoritmos de google. El problema es que esos cálculos no cuentan la participación en «listas», donde uno no decide estar. Y hay otro aspecto estratégico, que son los favoritos y réplicas o RT, que cambian, para decirlo mal y pronto, de manera multitarjet. Por ejemplo, a las 4 y media de la madrugada, recién levantado y aburrido escribí «¿por ahora los beneficios de YPF serán sólo ideológicos?» que, de haber sido escrito en las horas pico de tráfico, que coinciden con la TV (pues operan contra la TV) inmediatamente tendría repercusión en el microclima opositor del Partido Clarín, que en 140 caracteres sí puede moverse con soltura, lanateando. Ya escribir algo más largo y más complejo, es difícil. Más si, recordando a Lanata, pobre, lo siguen atacando así desde google: antes se podía inventar y plagiar a la bartola, ahora, se te cagan de risa.

Como el microclima de militantes rentados del Partido Clarín cree que hacen falta «arrepentidos» que confiesen que era todo una mentira, les agarra un ataque de nervios ante esas cosas, que si uno alimenta con habilidad, por ejemplo, peleándose con los nuevos luchadores sociales por los derechos humanos -esos septuagenarios que pegaron un contrato y hoy, que hay más paz que en las montañas de Heidi, darían la vida por Cristina y toda esa mersada de los pibes para la liberación que van a esconderse abajo de la cama cuando hay medio problemita que no sea del campo semiótico- inmediatamente se arma revuelo entre no más de 20 personas, sí, señora, 20 personas, que en tres minutos parecen 20.000 y, si lo parecen, terminan siendo, efectivamente, en tres minutos, 20.000 y en 6 minutos puede llegar a agregarle ceros a la ecuación. Luego, eso baja. Pero nunca del todo, ni pasados varios meses. Por que hay quienes leen eso desde soportes que cuantifican y seleccionan las cosas de twitter con temporalidades distintas.
Si escribo alguna gilada medio puerca y sentimental que retuitee Conie Ansaldi, eso tiene igual o más repercusión, pero ninguna polémica. Si eso mismo es retuiteado por Jorge Rial, tiene igual o la misma repercusión pero se arma alguna polémica.

Sin embargo, no es, meramente, un asunto de cantidad de seguidores. Sino de fidelización de los lectores, de interacción, de influencia.

Los twits de la presidenta, como no interactúa con nadie y los usa para pegarle a los medios tradicionales, no causan, al interior de las redes sociales, ningún impacto. Con 1.600.000 seguidores, no logra instalar temas en las redes sociales, sí en las agendas de los medios tradicionales (que es lo que, en cualquier análisis de lo que escriba, se deduciría que busca: lo logra, con eficacia)
En el otro extremo, sacándole bocha de ceros, con 65.713 seguidores Hermes Binnerd  (había puesto mal 16.000, un lector en un comentario me señaló el error. Gracias) sí logra impacto, negativo, más vale, se le cagan de risa porque dice «feliz navidad» un 15 de enero o porque sostiene que hay desabastecimiento porque no está el último modelo de Toyota o porque le contesta a un fake que con picaresca lo deja como un boludo.

Algo parecido a lo que obtiene Cristina con el Always o con Ricardo Darín. Pero que son líneas de escritura y sentido secundarias en relación a la búsqueda, eficaz, de impactar en las agendas clásicas.

Hay un call center -hay varios, el del punterito coimero Cristian Ritondo, es el más burdo de la historia planetaria: y lo desactivó por una nota periodística (jeje)- de defensa de Luis D´Elía, el Hezboludeo o Quinteto Miles, que te corre con La Matanza si te le cagás de risa del tercer atentado que hará Al Qaeda, el Mossad y la CIA asesinando a la presidenta, porque son gente de mundo, que no supera el microclima y eso es un gran error, porque de lo que se trata es de que tu microclima de enlace con otros microclimas. Y esas cosas nunca suceden por la positiva. O sea, armarte un call center para que te defiendan es la pelotudez más grande del planeta.

La clave reside en la participación, cosa que es involuntaria pero puede más o menos establecerse estratégicamente, en listas que abarquen distintos microclimas, siempre considerando que, como al principio de los blogs, el ámbito «minitas hablando de lo malos que son los chicos» es completamente mayoritario. Por una cuestión de edad. El promedio de uso de esas redes sociales no supera la adolescencia. Es como mirar Duro De Domar, pero sin esa gente vieja que opina luego de los informes, jeje. Y que le sigue luego, donde hay sí algo de polémica, pero no mucho, el fútbol, que es el opio de los pueblos, con toda su violencia y racismo y progresismo para todos.

En los ambientes de colonia Mujercitas (contra Hombrecitos) la idiotez enamoradiza que bordee el cinismo adolescente puede ser replicada hasta el infinito, y las redes y solidaridades que los entrelazan son autocentradas. No hay polémicas. Y por lo tanto, aún siendo mayoritarios, no trascienden. Son carne de cañón de los medios tradicionales con pocas ganas de invertir dinero en contenidos cosa que los hacen participativos y toda la sarasa: reemplazan el llamado telefónico a la radio por «escribime un tuit». Mueren ahí.

La clave es operar sobre lo que es genuino de la red social. Un Mascarini (un chico con problemas de desarrollo que mecha unos poemas malísimos y cursis con informaciones sobre los trenes del conurbano) o un Fernando Iglesias, un Quintín, o los principales fakes, bah, los que concentran un público sofisticado y culto, como el Coronel Gonorrea o la Doctora Pignata o Lubertino, que es real pero tan mamarracho que no lo parece. Es decir, lo que no tiene exterioridad (así como el Pibe Trosko no existe fuera de Twitter, Lubertino o Fernando Iglesias tampoco: tienen carreras políticas, pero gozan de una desprestigia -funcional en twitter- irrelevancia). Lo que tiene exterioridad es para cuentas muertas y gente que no escriba mucho, si escribe, si se pone en el terreno de lo real, ahí, necesariamente, surfea en aguas peligrosas. Un Fort, por decir alguien que es pura exterioridad, si escribiese más seguido perdería seguidores. Porque no tiene nada para decir. Bueno, nadie tiene nada para decir, pero el asunto es que no se note.

Andy Kusnetzoff por ejemplo, puede crear su círculo propio, inmenso, cruzando diversos mundos. O Tognetti puede instalar una nota en el mundo donde circula (que es el mismo que yo, pero el suyo más grande) con eficacia, porque le da un sentido específico a la red social y porque linkea, que es para eso, un ámbito donde sólo caben 140 caracteres, para hacer circular links de cosas más extensas, donde cada formato pierde su áurea y jerarquía de exterioridad previa.

El mismo resultado que puede conseguir Florencia Etchevez al responder, sin discernir demasiado si quien habla es alguien con 30 seguidores o con 2.000 y mezclándose en diversos microclimas.

Casi todo lo demás, es una pizarra donde Sultano le contesta a Fulano y Mengano, que la mira desde afuera, opina. Y luego sale «publicado» en tal lugar y muere sin provocar ni revocar sentido pero, quien tiene una pizarra mágica, sólo buscaba eso. Y hay un montón de gente que gusta vouyerear el porno amateur.

Me vuelvo a dormir, chau.

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