Gobierno de brutos

Gobierno de brutos


“Y el bruto es siempre peor que el malo, porque el malo suele tener remedio, el bruto no. He visto malos que se han vuelto buenos, jamás un bruto que se haya vuelto inteligente”. Contundente, Juan Perón repetía esta frase en cuanta ocasión se le presentaba. Y agregaba: «No hay peor cosa que un bruto con inquietudes».

Si viviera diría que el actual es un gobierno de brutos, y alertaría acerca de la posibilidad de que sobreviniera una oclocracia, una reacción de la muchedumbre frente a disposiciones arbitrarias generadas por los excesos de un gobierno de brutos.

Hay naciones donde se ha instalado la autocracia con gobiernos brutales y sangrientos, que no son de brutos, sino peores que eso pues allí la muchedumbre se encuentra sometida.

La política del siglo XXI, en su proceso de derrumbe y transformación, produjo desde el inicio del tercer milenio decisiones de gobierno más allegadas a unos desequilibrios psicológicos que a los desmanes propios del abuso del poder. Nos acostumbramos a ellos, pero la muchedumbre hace lo suyo y se construye en oclocracia para decir lo suyo. Sin embargo, nadie está preparado para la falta de sentido común y el exceso de desaciertos en la toma de decisiones frente a conflictos  severos, tampoco para las constantes pifiadas oficiales, ni para soportar la insolencia de cachetearnos la cara con mentiras como si fuésemos niños de preescolar con la aprobación de leyes de extrema agresividad sobre vastos sectores de la sociedad. Someterse a los brutos ignorantes y malvados es un límite que la humanidad democratizada considera el colmo de los colmos.

Argentina es un ejemplo típico de ese diagnóstico, pero no es el único; le compite ferozmente una nación donde un mandatario no admite su derrota electoral y dispara imbecilidades cargadas de testarudez, irracionalidad e inconsciencia: los Estados Unidos, un “imperialismo” que el populismo argentino detesta.

El gobierno de los brutos en el hemisferio norte -afortunadamente con pocos días más de vida- lidera el ranking de muertos con 350 mil fallecidos durante la pandemia hasta hoy. En las últimas 24 horas registró 300 mil contagios en la nueva línea inaugurada por el rebrote del coronavirus. El líder de esa “hazaña” se llama Donald Trump, quien ya no puede hacer nada para frenar o reducir los contagios y las muertes especialmente en el estado de Los Ángeles donde en solo una semana hubo más de 10 mil fallecidos. Pero a Trump eso no le importa, a él sólo le interesa que su vicepresidente Mike Spencer se adjudique una autoridad inexistente en las leyes norteamericanas, para decidir qué votos contar y cuáles no para que los republicanos no pierdan la mayoría en el Senado. Pareciera que la pulseada estará a favor de los demócratas.

“No se van a llevar esta Casa Blanca”, grita el impotente Trump olvidándose de los candidatos republicanos en el mitin en Georgia. Spencer siente la presión del bruto de Trump en la nuca y tiene los nervios de punta pues deberá presidir la ceremonia protocolar en el Congreso para contar los votos del Colegio Electoral, y declarar al próximo presidente de Estados Unidos, como manda la Constitución. ¡Qué momento!

El caso de Argentina se emparenta con esa brutalidad de Trump de querer destruir al enemigo. Pero nuestro país todavía se sitúa -por la tendencia del actual gobierno- dentro del Tercer Mundo desaparecido allá lejos y hace tiempo. No obstante, tiene las mismas intenciones y el mismo fervor errático que el yanqui.

En la larga ruta de la vacuna asiático-rusa, el cabotaje argento se dio el lujo de sacrificar 400 vacunas en la ciudad bonaerense de Olavarría, merced a la obsesión de no concederle al jefe comunal la posibilidad de resguardarlas en condiciones adecuadas dentro del vacunatorio local que funciona con absoluta eficiencia desde hace 70 años.

La Cámpora, ese ramal innominado regenteado por el hijo de la vicepresidenta de la nación, causó el desatino al tomar la decisión de llevarlas al Centro de Oncología en vez del vacunatorio donde todo el año se vacuna a la población. Los brutos obsecuentes evitaron la participación del intendente Ezequiel Galli, de un signo político distinto al del gobernador y el presidente de la nación. Es decir, para los brutos camporistas importa más la política que la salud de los bonaerenses, cuyos servidores esenciales se quedaron sin la protección que tanto esperaban. ¡Son brutos!

“Las vacunas son nuestras, son nuestras”, dicen que se escuchó gritar en medio de la ciudad bonaerense y ahora, como siempre hacen los brutos, buscan al culpable, al que provocó el “sabotaje”, al que “apagó la perilla”, en un acto terrorista tal vez impulsado por Isis o Al Kaeda. “No es para tanto”, dicen las fuentes cercanas a la pseudo agrupación que carece de militantes porque ahora son todos funcionarios. Claro, no, la culpa es de Rodríguez Larreta, como siempre. ¿O no?

En el gobierno de brutos argentinos, cuya soberanía se extiende por más de 33° de latitud entre sus extremos norte y sur, y por casi 20° de longitud de este a oeste, hay menos límites institucionales que en los Estados Unidos. Por esa razón el gobierno prohibió la exportación de maíz hasta el mes de marzo con el argumento de no quitar el alimento de la boca a los habitantes del bendito suelo austral. Pero resulta que los productores de maíz, ofendidos por el avance populista contra la producción genuina que genera trabajo, convocaron a un paro de tres días, primero de una larga serie. Sin embargo, la decisión gubernamental tanto como el paro agropecuario, serán inocuos porque todo el maíz que se produjo ya fue distribuido dentro de la cadena manufacturera. No está en los silos, los productores no tienen los granos.

¿Cuál fue el objetivo del gobierno de los brutos? ¿Por qué someterse al escarnio más cruel? Por brutos. ¿Qué ha pasado para que el Ministro de Obras Públicas Gabriel Katopodis haga el anuncio de que el gobierno “no se va a mover ni un centímetro” de la decisión sobre el campo? ¿Dónde está Luis Basterra, el actual ministro de Agricultura? El gobierno de los brutos ha perdido un hombre.

Katopodis tiene hambre de poder. Puede atender dos ministerios a la vez. Y hasta lanzar -como lo hizo en octubre pasado- una licitación para comprar “caviar y vinos reserva” para sus almuerzos con funcionarios. El hombre es de buen comer: pidió también Tartare de centolla y palta, crocantín de salmón ahumado y cordero en brioche. El compañero, se ve, no viene precisamente de las villas de emergencia ni de los lugares más pobres de su país. Prefiere la comida francesa antes que una tarjeta alimentaria.

Como decía Perón: “no hay peor cosa que un bruto con inquietudes”

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