El poder del peronismo

El poder del peronismo

Por Fernando Riva Zucchelli


No está claro si la falta de una oposición con temple hacia el Gobierno nacional es una virtud política del propio Gobierno, que no deja que crezcan espacios políticos críticos hacia su gestión, o si es que definitivamente no existen en el país hoy otras fuerzas políticas que sean capaces de plantearse como alternativa al poder K. Serán ambas cosas, seguramente. El kirchnerismo tiene una manera muy particular de ejercer el poder. En algunas cosas es muy peronista y en otras cada vez menos. Quienes lo defienden lo hacen a libro cerrado. También quienes lo critican.

El kirchnerismo nació de esta manera, gobierna de este modo y algún día se irá en esa misma ruta. Desde la viga más peronista, recorre una ruta parecida a la del menemismo de los años 90. Nació en una pequeña provincia luego de gobernar varios períodos y ya en la Nación ejerció el liderazgo con vigor, se hizo invencible en buena parte de su extenso mandato, declinando –como siempre pasa– cuando los ciclos se cumplen no sin antes hacer un tirito a ver si pasa la re-reelección.

El peronismo es en realidad eso, una manera de ejercer el poder. O, si se quiere, para ser más justos con la historia y sus personajes, el peronismo son tantas maneras de ejercer el poder como sean posibles en un país como la Argentina. Casi se podría decir que desde su nacimiento en la década del 40, la mayoría del pueblo argentino generalmente visualiza en las distintas modalidades que tiene el llamado “Movimiento”
una virtud que no posee el resto de los partidos del tablero nacional: no vuelca. Tiene convulsiones, es desprolijo en las formas y hasta caótico a veces, pero no vuelca.

Es ridículo que todavía haya personas que piensen al peronismo como un partido político tradicional y le critiquen cuestiones como la democracia interna, la coherencia histórica o la relación de amor-odio con las corporaciones. Es obvio que no entienden nada. Más allá de la herramienta electoral que representa el Partido Justicialista, con su histórica Lista 2 Azul y Blanca, generadora en el tiempo de todos los frentes que fueron necesarios para ganar una elección, el peronismo tiene doctrina, tiene sentimiento, tiene historia de grandes transformaciones sociales, y una de ellas, precisamente, es el sistema político que creó en el país y perdura hasta estos días. Ya no debería quedar duda de que el peronismo constituye desde su creación en el mapa argentino el lugar más adecuado para acceder al poder. Un colectivo interminable de dirigentes que se reproduce, con poder en la cima y en la base, heterogéneo y vertical, donde manda siempre el que gobierna.

El secreto de la vigencia que tiene el peronismo es que interactúa en el mapa internacional de acuerdo a las tendencias de turno y pone claras las reglas para adentro y para afuera. Gobernar seguido le permite generar cuadros políticos y de administración de la cosa pública que superan en número a todo el resto de las fuerzas políticas juntas. También suma (depende de qué se quiera) por derecha y por izquierda a partidos
enteros o seduce y logra escisiones que se pasan a ese gigante invertebrado. Entre los aciertos que tuvo la gestión de los Kirchner se contó el de haber sumado a propios y extraños a su gobierno. Contuvo todo el tiempo lo más que pudo, construyó poder desde la confrontación, sobre todo Néstor, un gran pragmático en las difíciles. Solo quedaban por fuera o enfrente sectores del peronismo con nombres que tenían fecha de vencimiento. En esto también se parecieron con Menem: buena parte de los funcionarios participaron de ambos gobiernos en alguna etapa. La crueldad desde arriba no es ninguna novedad, es parte de la religión.

Para un peronista solo hay una cosa peor que la traición: el llano. Llegan entonces los problemas y la esperanza se divide entre lo que se va y lo que viene. Empieza la soledad del poder y sus debilidades objetivas. El grupo del poder se hace cada vez más chico y la distancia con los peronistas genéricos es cada vez mayor. A este gobierno le queda como alternativa posible un giro real hacia la izquierda que siempre proclamó. La famosa búsqueda de la “pata peronista” del resto de las fuerzas políticas, como el Pro y el FAP, tiene que ver con la gobernabilidad pretendida, la eficiencia en el objetivo central y la señal de que es posible hacia la gente. Nada más lejano a un helicóptero que un peronista. A la peor de todos, la viuda del General, se la llevaron, no huyó.

Las próximas elecciones serán claves. Ya se viven en el poder. Es cierto que alguna gente vota con la cabeza, pero también otra vota con las cuotas, los viajes a Miami, los planes sociales, vota seguridad y certezas. La gente solo quiere más plata y vivir mejor. No vota posibles helicópteros.

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