Cristal amarillo

Cristal amarillo


Existe una metáfora que se usa en la administración pública española, cuando se le quiere decir a alguien que ha hecho una interpretación interesada de algo, ya sea de un hecho o de una disposición legal o reglamentaria. En esas ocasiones los españoles esbozan los dichos de la Ley Campoamor, que se basa en el texto del poema de Ramón de Campoamor que dice: «En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira».

Este texto puede resultar pesimista pero también expresa que, en ocasiones, impera el subjetivismo, la arbitrariedad y el relativismo. Y si bien, resulta deseable apartarse de este tipo de conductas, es innegable que muchas veces nos encontramos eligiendo el color del cristal con el que vamos a mirar una determinada situación, una reglamentación o la ley misma.

Esa tendencia a relativizar las normas, a someterlas a nuestras necesidades y a aplicarlas según las conveniencias del momento es la que nos impide generar un marco institucional estable de cara al futuro. Y es, entre otras cuestiones, la que nos hace cortoplacistas. Con bastante frecuencia, vemos cómo se derogan o se sancionan normas según la coyuntura económica, política o electoral. Y también vemos como los diferentes actores justifican el cambio de reglas de juego.

La ley 875/02 establece que el Poder Ejecutivo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires deberá convocar a elecciones de Jefe/a de Gobierno, Vicejefe/a de Gobierno y Diputados/as de la Ciudad en fechas distintas a las fijadas por el Poder Ejecutivo Nacional para elegir Presidente/a y Vicepresidente/a de la Nación. Sin embargo, y a días de que venza el plazo para convocar a elecciones, el Jefe de Gobierno porteño especula sobre la conveniencia o no de hacerlo. Especula sobre qué alternativa le resulta conveniente a él. Vale decir que, en este caso, el cristal es amarillo.

Ya tendremos tiempo de observar las declaraciones respecto a la importancia de cumplir con las normas establecidas. O seremos espectadores de las declaraciones que se hagan para justificar la modificación del cuerpo legal en cuestión. Queda claro, entonces, que no importa cumplir con la ley. Lo importante es cubrir las aspiraciones electorales. Es necesario que entendamos que estas adecuaciones de las normas a las necesidades personales generan consecuencias. No da lo mismo que las leyes deban cumplirse para algunos y que puedan modificarse para otros. No nos mejora como sociedad, no mejora nuestras instituciones, ni nuestra credibilidad como país.

Siempre es más fácil que las normas, las reglas o los fallos los cumpla el prójimo. Si los incumple, nos escandalizamos. Pero cuando se trata de ajustarnos a reglas de juego que no nos gustan del todo, ya no resulta tan imprescindible el apego a la ley. Una muestra más de la anomia en la que vivimos.

Cuando educamos a nuestros hijos tratamos de enseñarles el valor de cumplir con las normas de convivencia, de respetar los límites y de aceptar la frustración cuando algo no sale como lo deseamos. Es importante que aquellos que tienen responsabilidad institucional no se aparten del cumplimiento de las normas, ni se alejen de aquello que, seguro, les enseñaron de chicos. De no hacerlo, perdemos todos.

 

*Legisladora de la Ciudad. Bloque Suma + en Unen.

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