La actitud no positiva de NK

La actitud no positiva de NK

Cristina había intuido con mayor lucidez que su marido mientras sufrían el conflicto del campo que las apuestas se pueden duplicar cuando uno es el jefe absoluto y en esas condiciones todos los "doble o nada" terminan engrosando el fabuloso poder que, por ejemplo, él le entregó a ella al final de su mandato. Pero en esta ocasión la correlación de fuerzas ya no era igual sino diametralmente opuesta.


La mayoría de la Capital Federal palpitó la votación que terminó con el conflicto del Gobierno con el campo con enorme nerviosismo hasta llegar a una inocultable tranquilidad, similar a los períodos de paz que suceden a las guerras. Están los que se pusieron felices y festejaron al estilo Mundial 86, los que sintieron desde su imparcialidad una amplia bocanada de oxígeno para el sistema institucional y por supuesto, también los que se sintieron traicionados en la derrota, con matices más o menos belicosos, cuyo expresión máxima continúa siendo el ex presidente Néstor Kirchner.

Aquella "noche fatal", el ex primer mandatario puteaba a todo aquel que le votara en contra hasta que llegó la decisión "no positiva" del vicepresidente de la Nación, Julio Cobos. Allí, Kirchner estalló de cólera. La cabeza del traidor era la única idea que pasaba, valga la redundancia, por la cabeza del ex presidente. Sin estar contenta, pero asimilando con mayor ductilidad el golpe que les habían asestado, fue Cristina la que arremetió contra su marido y le espetó: "O te corrés de la escena de ahora en más o renuncio ya mismo". Fue una amenaza. Un sorprendido Néstor pensó en todo lo que podía perder. Desde ese momento empezó a gobernar Cristina. Los cuenteros de lo que allí había pasado, labraron una versión para la prensa un poco más light en la que la parejita al conocer el resultado, al unísono habrían dicho "nos volvemos a Santa Cruz" (como si allí no tuvieran problemas). Pero nunca pasó eso por la cabeza de Cristina, ella también quiere completar y triunfar en su período y ya con su marido en la Patagonia, instruyó a su jefe de Gabinete, Alberto Fernández y al ministro de Economía, el otro Fernández que no es Aníbal, que fueran a poner la trucha con la derogación de la 125.

Cristina había intuido con mayor lucidez que su marido mientras sufrían el conflicto que las apuestas se pueden duplicar cuando uno es el jefe absoluto y en esas condiciones todos los "doble o nada" terminan engrosando el fabuloso poder que, por ejemplo, él le entregó a ella al final de su mandato. Pero en esta ocasión la correlación de fuerzas ya no era igual sino diametralmente opuesta. Las encuestas de imagen le daban al matrimonio -en conjunto- menos de lo que le daban a él solo en diciembre. Hubo muchos puntos de inflexión en el conflicto que le hubieran brindado salidas honorables y de menor costo para el Gobierno, concentraciones multitudinarias, cacerolazos, pero bajo el torpe pensamiento de "ellos o nosotros" quisieron seguir marcando una agenda para la historia. Pero al decir de un kirchnerista porteño de la primera hora "Néstor se chocó un campo". En realidad fue mucho más pero la expresión es por demás gráfica.

La Ciudad y el campo nunca estuvieron tan cerca a lo largo de la historia como en este conflicto. Primero porque la urbe ya venía desde la elección pasada girando hacia la derecha. Una dupla de defensores centrales de primer nivel tuvo el campo en esta Ciudad, nada menos que los dos últimos ganadores del distrito, en las locales, Mauricio Macri, y en las nacionales, Elisa Carrió. Ellos redujeron en cada caso al veinticinco por ciento a los partidarios de la Casa Rosada en la Capital. Competidores entre sí, concentran al espectro conservador entero, aparte del liberal, y aunque Lilita estuvo más activa que Macri, éste en los tramos finales del camino emparejó un poco las acciones. Ambos líderes tienen en mente armados futuros con aspiraciones presidenciales, algo que Carrió ya conoce al dedillo. Son previsibles sus sectores aliados, los de siempre (el único cambio sería una pata peronista más visible) mientras que Macri recurrirá a un mix de nuevos dirigentes como Francisco De Narváez con sectores del peronismo con los cuales compartió la oposición en este conflicto, donde no se debería descartar la capacidad de armado de Eduardo Duhalde, con quien el "colorado" diputado nacional ya habría llegado a un preacuerdo.

El peronismo ya empezó a vivir el 2009 como sólo lo pueden vivir ellos, refregándose la sangre de la comisura de los labios. El gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, logró por fin ganar su primera batalla en pos del pensamiento autónomo desde que asumió, al instalar con acierto y sin contratiempos la figura de la autocrítica dentro del oficialismo acerca de su accionar, algo en lo que todos estaban de acuerdo (hasta Luis D’Elía) pero nadie le ponía el cascabel al Pingüino. Resulta que el ex vicepresidente necesita recuperar de manera urgente el tiempo perdido en esta controversia, en la que jamás estuvo de acuerdo pero que "bancó por lealtad y patriotismo" según sus propias palabras. Cada pueblo o ciudad del interior que visitaba era un problema, incluso algunos lugares en los que se había impuesto con cierta holgura. Los gobernadores peronistas, tanto los K como los rebeldes, miran con interés cada movimiento del ex motonauta, sabedor de sus cualidades para constituirse en prenda de unidad. Mientras tanto, los líderes del conurbano le han pasado ya un mensaje a la Casa Rosada: "No cuenten con nosotros para ninguna movilización más por un largo tiempo", temerosos de que en sus distritos la gente les dé la espalda por tanto esfuerzo y desatino. "No va ir ni una combi a Plaza de Mayo", graficó uno de los más poderosos.

Para el Frente para la Victoria de la Capital quedan sólo incógnitas, fue la city porteña el escenario de la batalla final perdida, el de los cacerolazos y de la concentración ganadora en Palermo, en donde había más opositores que productores. La hipoteca que dejó Néstor en su escalada alocada aquí se pagará caro. Al pobre Alberto Fernández -que no compartió ni la mitad de las medidas que el Gobierno aplicó- ya no le iba bien electoralmente antes, deberá estar buscando un buen disfraz hacia el 2009 o en su defecto dejar la manija en otras manos, para lo que no sobran postulantes. Recordará cada carpa, cada declaración de los voceros K D’Elía y Hebe de Bonafini, el peor discurso de la historia peronista: el de Néstor Kirchner el martes anterior a la sesión que definió el conflicto, y luego se preguntará por qué esa pesadilla. Y la respuesta puede ser que vos también hiciste lo tuyo, Alberto. La historia te juzgará tanto como a Cobos.

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