Los debates de la democracia

Los debates de la democracia

"La disolución de la UCEP es un triunfo de la democracia. Es –diríamos- un triunfo político del macrismo contra sí mismo, es el macrismo mordiéndose la cola. Es un pequeño paso de la humanidad: y un gran paso del Estado de Derecho. Los antecedentes de la UCEP no hay que rastrearlos tan lejos: basta con revisar archivo, incluso de este semanario, para tener un panorama de lo que fue el RECEP en tiempos de Ibarra".


Leamos la mente: Macri cree que no lo dejan. Macri masculla esa conclusión, y uno lo imagina en su ocaso repitiendo solo en su jardín: “no me dejaron, me ataron de pies y manos”. Macri razona como un outsider del orden democrático. Como dice la licenciada Shila Vilker, “hizo campaña sobre lo que sabía que no podía hacer”, y sin embargo, creyó posible forzar ciertos límites. El macrismo parece creer, en el fondo, que los Derechos Humanos significan trabas para el libre funcionamiento del Estado, mediaciones ahí donde debe haber agilidad, gestión y limpieza. Se trata de un proyecto político que cabalgó desde el principio alrededor de la reinstalación del orden, de un orden perdido, y que lentamente va haciendo de ese orden su karma. Ibarra era el gobierno de los programas, de las políticas de reducción de daño, de los maquillajes efectistas que rentaban a medio mundo, etc., cuando una verdadera política progresista es una que construye orden, nuevo orden, nueva policía, una “que gobierna políticamente la seguridad”, mas o menos lo que dice contra viento y marea ese cuadrazo llamado Marcelo Saín. El macrismo (ayer, hoy y siempre) ha distinguido como prioridad la reinstalación del respeto a las normas y las reglas, después de la fiesta del “dejar hacer”. Su gobierno dialoga todo el tiempo, hasta en su iconografía, con la herencia de los años progresistas. Pero el macrismo fue contundente a la hora de fijar sentencia: su proyecto es restauración del Estado y de la ley. Sin embargo es curioso el modo político en que interpreta la ley, porque pareciera que se reserva para sí el derecho a violarla. Esa parece ser su visión de la ley: algo que domina exclusivamente el Estado, con la capacidad de violarla para hacerla respetar. Es un círculo vicioso que nos recuerda toda una tradición en la Argentina de la que aún se pagan las consecuencias. Insisto: el macrismo, identificado con la vuelta de la ley, construye en su relato una imagen garantista y tibia de lo que fue el progresismo que hasta da nostalgia, pero para “esa vuelta” no hace otra cosa que apartarse de la letra de la ley: forzando interpretaciones (como en los desalojos a cientos de familias que viven ocupando los bienes de bienes de dominio privado del Estado, como en la disolución del IVC y el vaciamiento definitivo de cualquier política de vivienda social, como en la creación de la UCEP). El Pro había encontrado su sintonía fina con la sociedad en la última campaña antes de llegar al poder, había perforado su techo, ampliado su discurso, incluso, “por izquierda”, y mostraba la mirada y la sensibilidad de Gabriela como reaseguro de los valores cristianos ocupaban un lugar en la mesa de decisiones. Pero bastó con que Macri empiece a hablar a bastantes metros de distancia del señor Durán Barba para que empiece a decir lo que piensa, como cuando reivindicó a Cacciatore. Cacciatore nunca pagó en vida las miserias a las que condenó a miles de familias de argentinos culpables de su propia pobreza, que expulsó de la ciudad, utilizando las patotas de la famosa CMV. Cacciatore es una palabra difícil para el vocabulario democrático del nuevo evangelio Pro, no está llena de “aire y luz”, mas bien es una palabra que arrastra tinieblas. Pero de ese modo se va desentrañando la maleza que vive en ese amarillo patito del Pro: una versión de lo nuevo como algo carente de cualquier tradición y el balbuceo brutal de la verdad. Funcionarios con caras de gerentes de Recursos Humanos mezclados con muchachos pesaditos. A pesar de todo es hora de reconocer algo: Macri es un político que ha hecho paradójicamente de la debilidad una virtud, porque sabe volver sobre sus pasos. No ha llevado sus peores decisiones hasta el final. La disolución de la UCEP es un triunfo de la democracia. Es –diríamos- un triunfo político del macrismo contra sí mismo, es el macrismo mordiéndose la cola. Es un pequeño paso de la humanidad: y un gran paso del Estado de Derecho. Los antecedentes de la UCEP no hay que rastrearlos tan lejos: basta con revisar archivo, incluso de este semanario, para tener un panorama de lo que fue el RECEP en tiempos de Ibarra. Esa continuidad secreta entre gobiernos debe ser alumbrada, porque son proyectos que han dicho tanto de sus contrastes, que bien podríamos pedirles que hablen de las continuidades. Pero la disolución de la UCEP es una buena noticia. Y será, con el tiempo, una nota al pie de la pequeña historia municipal, a sólo efectos de saber quién es quién en la política argentina. Si usted cree que alguien que duerme en la calle debe ser levantado a patadas… o no. Eso. A veces la política discute “nimiedades” así: si una persona debe o no ser arrastrada de los pelos. O si debe ser manoseada una mujer mientras es subida a una camioneta. A ese debate civilizatorio nos empujó este energúmeno engendro de la UCEP, cuyo responsable máximo pedía diálogo sensato durante el conflicto agrario, y se ofrecía a servir el café si se dignaban a sentarse las partes. ¡Cuántos se ofrecerían a servir café con tal de que no despierten más a alguien que duerme bajo un puente de los pelos!

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