Los dos países y las dos ciudades

Los dos países y las dos ciudades

Por Martín Rodríguez


Las semanas febriles de debate sobre Papel Prensa o sobre la conformación de la Comisión Investigadora por las escuchas en la Ciudad, o estos días más recientes, cuyo centro fue la toma de las escuelas porteñas (y su efecto dominó en la UBA, con las primeras tomas de facultades), todo ese clima que describe mucho al país kirchnerista, a su agenda potente de izquierda, tuvo un remanso más a gusto de la oposición.

De hecho, la noche del miércoles 8 de septiembre parece haber sido una noche perfecta para el oficialismo porteño: sentó a toda la Legislatura a discutir el proyecto sobre motochorros, el mismo día en que los diputados nacionales discutieron las salideras bancarias. El universo se compone de palabras así: salideras, motochorros, trapitos; un eco de léxico tumbero, por decirlo de una manera rápida, donde se expresan los terrores cotidianos de la gente.

Un día de miércoles, un día donde los representantes del pueblo se dedicaron a discutir “lo que le importa a la gente”, con discursos llenos de aplausos fáciles, frases redondas, latiguillos. Porque más allá de los resultados, tuvo centro una agenda que le pertenece al espectro opositor a nivel nacional, y al macrismo a nivel local.

Esa noche, Cristian Ritondo, promediando la sesión, quiso marcar con tiza blanca las concepciones que se dividen en el debate de la inseguridad: la de quienes priorizan los derechos humanos de los delincuentes (por sobre la gente “obligada a vivir enrejada”) de los que no. Ese comentario, que parodia a un oyente de radio, podría funcionar como el fondo de la cuestión, como esas cosas que no se dicen pero están presentes.

Y tiene razón Ritondo. Tiene razón en que hay que decir la verdad. ¿Cuál es el beneficio de quienes, en esos términos, defienden “los derechos humanos de los delincuentes”? Escasísimos. Uno diría: la tribuna de los derechos humanos, tan poderosa en lo simbólico, tiende a ser mucho menos popular que el reclamo contra la inseguridad.

Y quiso Dios (o alguien) que un reclamo y otro se superpongan o se contradigan. Hay una banalidad en el corolario de Ritondo: los derechos humanos incluyen a los delincuentes por un detalle: son seres humanos. Los derechos humanos no pueden ser exclusivos de nadie.

Pero yendo a algo más específico, si algo pudiera cristalizar la fractura del debate en torno a los motochorros es uno de los detalles que separan a oficialismo y oposición: el tamaño de una cuadrícula que encierra al microcentro porteño, donde no podrían circular dos personas juntas en una misma moto. Del lado oficial se trataba de una cuadrícula más extensa, para los días hábiles, de 9 a 18, y los sábados, de 9 a 14, en la zona comprendida entre las siguientes calles y avenidas: Belgrano, Paseo Colón, Alem, Libertador y Carlos Pellegrini.

El dictamen de mayoría, que apoyaba la oposición, se planteaba para un mapa más concentrado, que debería aplicarse sólo los días hábiles, de 9 a 16, entre las siguientes calles y avenidas: Córdoba, Carlos Pellegrini, Rivadavia y Alem. Para la oposición no debe exigirse el uso de chalecos de identificación, para el macrismo sí. Ése fue el nudo del debate al que se le agregaron y adosaron todo tipo de calificaciones y sobrecargas simbólicas.

En ese orden, uno de los puntos absurdos del debate fue enunciado por el diputado Aníbal Ibarra, para quien la delimitación territorial que protege a una de las zonas más protegidas de la Ciudad sólo podría garantizar una “descentralización” del delito, porque los que no puedan robar en el centro se trasladarían a los barrios. Un guadañazo profundo de sentido común.

Helio Rebot, macrista y peronista porteño, dibujó en el aire a la víctima secundaria de la propuesta cuando apeló a la figura de los trabajadores precarizados: los miles de motoqueros que, como en aquel furcio de Macri, son confundidos con los motochorros.

¿Lo recuerdan? Es aquello que se fundía en el inconciente de Macri como una sola cosa (cuando agradeció ser llevado por un motoquero hasta un tribunal y usó la palabra “motochorro”) y cuya lógica se aplica a la implementación de una medida que, evidentemente, parece desconocer a uno de los sujetos más perjudicados, como son los motoqueros.

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