El nuevo fetichismo de la originalidad

El nuevo fetichismo de la originalidad

Hace unos días, en la versión digital del New York Times, pudo leerse esta pregunta: “Es original, ¿pero es bueno?”. En la actualidad está bien visto ser original, ¡mucho mejor que antes! Pero, aclaremos, que el tiempo pasado nunca fue mejor


Pero en algún momento aparecen preguntas, dudas y matices. Como reprochaba Marshall McLuhan a su época, parece que se maneja a velocidades altas, sin saber o sin querer usar el espejo retrovisor: ignorantes de que ir hacia el futuro implica saber algo acerca del pasado. Según George Santayana (aunque suele atribuirse a Winston Churchill), quienes ignoran su pasado están condenados a repetirlo.
Es paradójico: olvidando el origen, se pretende originalidad. No Roots, No Tree, No Family, No Me. Es paradójico intentar resolver problemas nuevos cuando nadie los plantea, tanto como responder preguntas que nadie hizo. Son sermones de moralistas.

A veces las cosas atropellan antes de dejarse atropellar por el hocico del perro policía. Esos atropellos (de trabajo, el aliento vecino de la parca, el aliento del vecino, el estrabismo mal disimulado del portero de edificio) suelen resultar saludables. Suelen recolocar a quien los padece, resituar, poner en alerta: no estamos solos, ni somos desertores de la tradición, pero debemos cuidar el automatismo paranoico. Si uno se confía puede perder la cabeza, y eso desde siempre, pero más todavía en un país como la Argentina, donde hoy la delación tiene estatuto institucional -uno puede denunciar, en cualquier sede de la AFIP, al boliviano que vende verduras por evasión impositiva, porque si no denuncia al boliviano que vende verduras, la seccional de turno corre el riesgo de no recibir más la pasta base para producir y vender paco en los barrios carenciados. Se debe mucho a quienes nos precedieron. Sin dudas, sin esa herencia se viviría sin piedad -a la intemperie- o como dice Clint Eastwood, Unforgiven.

La piedad empuja a tomarse en serio el legado de los antecesores. Si no, uno hasta es capaz de creerse que nació por generación espontánea. El cronista, Grayson Perry, cita a Ludwig von Mises: "Innovation is the whim (el capricho) of an elite before it becomes the need of the public".

El articulista también dice: "terms such as innovative, original, ground-breaking and cutting-edge", es una inducción a la sospecha, sobre todo si viene del lado de los artistas, porque son palabras tomadas del vocabulario de los agentes de relaciones públicas (o de los periodistas).

Pero la verdad es que todos, más o menos, quisimos ser originales, sobre todo en tiempos de iniciación. Ese tiempo en que la moneda de curso legal era el miedo a que alguien nos copie. Si se estudia historia del arte, enseguida se concluye (erróneamente) que ya está hecho todo.

Hay que diferenciar la disección de un cadáver en vivo de una snuff movie. Como Dios está muerto (se supone), todo está permitido. Fedor Dostoievsky, sin embargo, pensaba distinto: si Dios está muerto, decía, nada está permitido. Si se sospecha que Dios está muerto (o sordo), hay lugar para el retorno de lo reprimido, que en el campo del arte, retorna bajo la forma de la transgresión (inofensiva: el arte fecal, por ejemplo, o los casos ya nombrados), pero también retorna bajo la forma de lo real, de lo real sin más: la muerte en directo, la pedofilia, el negocio del sida, el negocio de la pobreza, la violencia intrafamiliar, el asesinato de testigos claves en juicios insepultos. En Notre music, Jean-Luc Godard repite una de las fórmulas más conocidas de Emmanuel Lèvinas: la muerte es lo posible de lo imposible, la muerte es lo imposible de lo posible, pero lo dice de manera tal que parece original.

Godard está en Sarajevo, se cruza con Juan Goytisolo, con un poeta palestino, con un escritor francés, que reconoce que los escritores no tienen idea de lo que escriben pero que a diferencia de los demás, tampoco tienen que dar razones de lo que hacen, y mucho menos teniendo en cuenta las razones que se dan para justificar lo que se hace: razones precarias, ideológicas o pretendidamente ideológicas, imprecisas.

Godard está en Sarajevo pero no pretende estetizar Sarajevo para resultar original, saldar deudas, reunir testimonios o para hablar la verdad de los buenos contra la verdad de los malos sino para problematizar ese maniqueísmo ambiente. El maniqueísmo es, precisamente, una de las formas de la originalidad contemporánea. Godard no es Michael Moore, no es Noami Klein, no es Evangelina Ezcurra. Es más parecido a Pablo Escobar Gaviria. Así como Peter Handke, se permite reconocer que la tradición existe, pero jamás que su representación es la suma, el museo. Handke padece las represalias comerciales de agentes y editoriales por haber asistido a los funerales de Slobodan Milosevic. ¿Alguien se preguntó por qué Handke estuvo en los funerales de Milosevic? ¿Por qué tanta gente, menos conocida, estuvo en los funerales de Milosevic? ¿Es un acto de provocador de esnob? ¿Y si fuera tantear donde late la originalidad serbia, prescindiendo de los "valores morales" de los que Gunther Grass hizo su carrera, sin haber escrito jamás un renglón de que alguien recuerde?
Godard, o Handke, no suman, restan. Su testimonio jamás podrá incluirse en una antología de la justicia artística, que no es -justamente- democrática.

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