¿Qué hay de comer, pa?

¿Qué hay de comer, pa?

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Según las estrictas leyes invisibles de los que corrigen los modales grasas, no se dice “cena”, se dice “comida”. Porque cena, como su rumor bíblico lo indica, es siempre la “última cena”. Y nada indica que haya sido la última, la cena reciente que transcurrió en la oscura opulencia de una mansión, y que se hizo pública vaya a saberse por qué.

La mesa estaba servida. Una vajilla lujosa haría reflejo con la luz de la que podemos imaginar como vedette de la noche: una antigua araña colgada del techo. ¿Qué habrán comido? ¿Se come mucho en esas cenas? Comer, se come. Y quizás después hay cafecito. O whisky. Y el anfitrión se levanta para buscar su caja, supongamos, de madera de caoba en la que ofrece habanos. ¿Quién se niega a un habano servido así?
Hace pocos días se reveló la reunión convocada en la casa del CEO del grupo Clarín, el señor Héctor Magnetto, a un grupo de peronistas disidentes (si es que decir “peronista disidente” no es un oxímoron, como dijo el escritor Alejandro Rubio) que incluía entre los invitados al Jefe de Gobierno, Mauricio Macri.

Un dato curioso y que no escapa es que en estos hechos duros se admite la verdadera condición de Mauricio Macri. Cuando uno oye que concurrió a esa cena, no imagina que su presencia desentone, ni que se trate de la única figura de color en una escena de puro blanco y negro. No, el señor Héctor Magnetto en un solo gesto que de milagro se hace público dice exactamente a qué espacio pertenece Macri: al combo de políticos ambiciosos que no se ponen de acuerdo y que forman la estela de un peronismo díscolo al kirchnerismo, y que son incapaces de articular algo que no esté por encima de sus individualidades. Macri es un peronista más. Un peronista con antifaz.

Eduardo Duhalde, Lole Reutemann, Mauricio Macri, Francisco de Narváez y Felipe Solá fueron bendecidos allí como los cinco jinetes portadores de alguna chance para que este país, después del lejano 2011, sea gobernado por alguien que no pertenezca a la familia Kirchner, que sea peronista y que de ese modo garantice una nueva gobernabilidad. Hubo alguna cena más esta semana, como la que convocó el desvalido Juan Carlos Romero (el menemista ex gobernador de Salta) pero las ausencias notables del Lole y de De Narváez enterraron sus efectos públicos. A esa última cena en lo de Romero sí fue invitado el gobernador de Chubut, Mario Das Neves, quien, en declaraciones recientes, volvió a marcar la cancha: su límite es Macri. Y quiso marcar la cancha como peronista.

Magnetto mostró sus cinco cartas. Es probable que se pueda inferir que hay alguien fuera de esa mesa que sea algo así como un as en la manga. Pero esa especulación choca con la realidad de los nombres que hay en danza. La política de la oposición tiene estos jugadores y los que quedaron afuera fueron los del sector republicano, naturalmente radical (o ex radical), a quienes el hombre duro del diario no les fía nunca más nada.

Gobernar es gobernar. Clarín ya no tiene el arma de sus cuatro o cinco tapas que voltean presidentes, sino el derecho dudoso de erosionar día a día un poder que supo doblegarlo como nadie. Se sabe su historia de políticos que aúpa y luego arroja al abismo, tanto como su dudosa comodidad por estar en el centro de la tormenta política. Clarín versus Gobierno es la dialéctica política dominante, incluso por encima del conflicto con las patronales agrarias. De allí, de esa debilidad traducida en su indeseada exposición, es que uno puede imaginar la necesidad de que esa mesa haya sido servida para mostrar una fuerza, alguna fuerza, un resto de fuerza.
Mientras esto ocurre, se ultiman detalles de la presentación del Informe “Papel Prensa. La verdad”, que promete revelar de una vez y para siempre la trama que envolvió la apropiación de la empresa por parte del grupo durante la última dictadura militar, y que quizás simboliza como pocas cosas el carácter cívico-militar de aquel proceso nefasto.

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