Carta al vecino que escribe su carta al país

Carta al vecino que escribe su carta al país

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El 28 de diciembre pasado, el diario Clarín publicó en su espacio habitual llamado “Cartas al país”, el mensaje de un vecino. Ese día, el “día de los inocentes”, este “buen vecino” hizo gala de su propia inocencia, de una inocencia legítima, cuya evidencia se muestra sólo con la reproducción del comienzo de la carta: “¿Alguien podrá hacer algo, para volver a tener la Plaza de Mayo como en la década del 80, con sus canteros de flores multicolores y césped verde prolijamente cuidado?”. Varias preguntas se pueden hacer alrededor de este encabezado ejemplar: ¿existió esa plaza alguna vez?, ¿alguna vez la Plaza de Mayo estuvo intacta, fue prolija, con canteros multicolores y verde césped cortado al ras? Quizás sí. Y no sería de buena leche caerle encima a los argumentos
de esta pieza, pero sí a todo lo que razona y se mueve en el fondo de la pequeña carta. No hace falta estudiar mucho para percibir que muchas veces “otros” hablan en nosotros. Y el debate mutante de seguridad y orden es un continuo flotante en la conciencia de millones. Sí, toda discusión política podría ser reducida a eso: ¿cómo queremos que esté decorada la Plaza de Mayo? Ese vecino dio en el clavo porque esa podría ser una gran encuesta nacional… en la Ciudad. Este vecino dijo lo que todo ciudadano tiene derecho a decir: ¡cómo debe ser esa plaza principal! Y habló de una época (los 80), cuando –en su visión, en su memoria– esa plaza era un ejemplo de orden y de belleza urbana. ¿Cuándo esa plaza fue así, amable vecino? ¿Qué año exactamente de esos 80, esa plaza estuvo vacía, prolija y protegida de oscuras invasiones?
¿Los primeros años? ¿El 80, el 81? Porque los recuerdos se multiplican como un río de flores silvestres… La plaza de la marcha de la resistencia de 1981, la plaza del 30 de marzo de 1982, la plaza de Galtieri de aquel 2 de abril, la plaza del 10 de diciembre de 1983 de cara al Cabildo, las “felices
pascuas” de 1987, todos los jueves de las Madres en ronda, o la plaza de Menem en 1989, cuando un presidente constitucional radical entregó la banda a otro presidente constitucional peronista. Quizás el vecino recuerda una especie de hazaña o de rutina municipal: toda vez que esa plaza fue invadida o usada como espacio de manifestación social, una cuadrilla la dejó “como si nada hubiera pasado”. Porque, si miles la ocuparon, es previsible el destino roñoso que les esperaba a esas flores, a esos canteros, a ese césped. Los años pasaron y no sólo dejaron atrás esos “prolijos 80”, sino que tuvieron sus 90, y tuvieron su década 00, que es la que está tocando fondo hoy. Pasaron 26 años de democracia, casi tres décadas de ocupación civil del espacio público y, simultáneamente, cada año la sociedad
fue más injusta. Así que, amigo vecino, la democracia puede cuidar todas las bellas plazas de Flores, de Palermo, de Colegiales, de Barracas, del barrio Ramón Carrillo, de Lugano 1 y 2, para que los pibes aprecien la belleza de una hermosa cala o las niñas corten las hortensias y se las prendan del pelo, pero no puede cumplir la promesa que usted pide: porque necesitamos a esa Plaza de Mayo sucia. Y usted también, vecino, usted también precisa del orden que da el bullicio, del horizonte de justicia que se construye cuando cierta gente acampa allí, aunque sean unos “supuestos veteranos de Malvinas”. ¡Limpiemos todas las plazas de la Ciudad menos ésa! Necesitamos más gente que no respete esos canteros, esos, no otros, pero sí ESOS canteros de ÉSA plaza. Lo lamento, pero sus hijos se lo agradecerán.

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