La hora de la luz

La hora de la luz

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En la Villa 31 hay un dato que lo dice todo acerca de su historia popular: la murga más importante se llama Los Guardianes de Mugica.

Hay una historia de la Iglesia argentina que no está demasiado escrita, pero que persiste en una cantidad de curas villeros que se mantienen bajo el ala de su Pastoral, que son bastante protegidos y estimulados por el propio cardenal Bergoglio, y que beben de la rica herencia de la “Teología de la Liberación” y de la “Teología del Pueblo”, dos vertientes más o menos comunes que aglutinaron a los curas más consecuentes con la lucha del pueblo durante los 60 y 70. Se trata de los curas de las villas porteñas, como el cura Pepe, de la 21-24, o Gustavo Carrara, de la 1-11-14.
En la figura medular de Carlos Mugica aparece resuelta en forma de mito la compleja dialéctica histórica entre Iglesia y peronismo, que es un capítulo más de la compleja dialéctica entre Iglesia y Estado. Y aparece resuelta en los hechos. En el territorio.

Horacio Verbitsky lleva editados varios tomos dedicados a contar una historia de la Iglesia católica en la Argentina, y lleva unos cuantos años dedicados a evidenciar las complicidades de esa Iglesia con la última dictadura militar. Sucede que Verbitsky es heredero político de un cuadro brillante de los derechos humanos, Emilio Mignone, fundador del CELS y autor de un libro de lectura imprescindible: Iglesia y dictadura. Allí toma cuerpo una investigación que los años y la entrega de muchos fue engordando, y que echa más luz sobre esas tinieblas de complicidad. Estas historias críticas de la Iglesia no hacen más que reafirmar al interior de la propia institución la existencia de “excepciones” que pretendieron simbolizar una nueva Iglesia y una interpretación del Evangelio a la luz de una nueva visión del mundo. Era una Iglesia que dialogaba con el peronismo, con la revolución, con el marxismo, etcétera. Era Cristo visto desde el Che o Evita.

En estos días se acaban de cumplir los 36 años del crimen del padre Mugica. Y alrededor de su figura fundamental para la Pastoral de Villas de la Ciudad de Buenos Aires, me animo a plantear alguna razón que vuelve tan actual su presencia en este tiempo. El debate moral donde se hace tan presente la Iglesia (amén de barrer su basura bajo la alfombra, como estos casos tremendos de abuso en todo el mundo), o sea: hablar del matrimonio homosexual o de la adopción, verdaderamente a Mugica le hubiera interesado muy poco. O directamente… tres carajos. Hay que pensar a Mugica en un contexto en el que la Iglesia y el Estado argentino dirimen una batalla simbólica alrededor del Bicentenario, mas allá de Bergoglio y de Cristina, porque la Iglesia está presente en estas tierras desde hace 500 años y el Estado argentino hace “sólo” 200. Y Mugica significa una línea interesante dentro de ese magma histórico: la de una Iglesia que pide más Estado. No “menos Estado” o “ser el Estado”, sino una Iglesia que se asume desde las bases.

Esa línea aún separa simbólicamente a las dos Iglesias. La presidenta Cristina apuntó en el reciente homenaje en la misma villa que lo vio pelear a Mugica, que no basta con leer el Evangelio, “hace falta trabajar muy duro y enfrentar factores de poder muy duros para enfrentar las causas”.
Como cierre de estas palabras, la voz de Carlos, su oración de puño y letra, la que cumplió al pie de la letra con su sangre:

Señor: perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos parezcan tener ocho años y tengan trece.
Señor: perdóname por haberme acostumbrado a chapotear en el barro. Yo me puedo ir, ellos no.
Señor: perdóname por haber aprendido a soportar el olor de aguas servidas, que puedo no sufrir, ellos no.
Señor: perdóname por encender la luz y olvidarme que ellos no pueden hacerlo.
Señor: yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no, porque nadie puede hacer huelga con su propia hambre.
Señor: perdóname por decirles “no sólo de pan vive el hombre” y no luchar con todo para que rescaten su pan.
Señor: quiero quererlos por ellos y no por mí.
Señor: quiero morir por ellos, ayúdame a vivir para ellos.
Señor: quiero estar con ellos a la hora de la luz.

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