“¿De qué hablamos cuando hablamos de inseguridad?”

“¿De qué hablamos cuando hablamos de inseguridad?”

Hace años que Vilker investiga el tema que hace punta
en la agenda pública. Sus conclusiones, en esta entrevista.


Shila Vilker es docente e investigadora de la UBA, y desde hace años apunta sus cañones sobre un tema que obsesiona a muchos: la inseguridad. ¿Cuál es la raíz de esta problemática compleja llena de “recetas fáciles”? ¿Cómo se vincula la inseguridad con la exclusión y la miseria? ¿Cómo pensar sin el dilema facho/progre que extorsiona la moral? Y en sus propias palabras, “¿de qué hablamos cuando hablamos de inseguridad?”. De estas cuestiones conversamos con ella, que desde hace años sigue el hilo al modo en que la inseguridad hace punta en la agenda pública.

–Usted viene investigando el origen de la problemática de la inseguridad. ¿Qué conclusiones fue sacando?
–Yo he tratado de responder una pregunta simple: ¿de qué hablamos cuando hablamos de inseguridad? Para responderla, traté de comprender la génesis y el derrotero del problema; concentré la atención en lo que se iba significando y en aquello a lo que aludía el concepto en los usos mediáticos. Sobre todo, traté de ver cómo se iba gestando una sensibilidad y una valoración sobre el delito; el modo en que iba emergiendo una nueva leyenda urbana del crimen. En este sentido, un trabajo de carácter genealógico permitía advertir, de manera directa, la significación originaria de nuestros conceptos. En este sentido, 2004 resultó un año singular. En ese año, con tasas de delito decrecientes, se puso de manifiesto que la inseguridad no era un problema equiparable al delito; pues este momento señala un punto en que el miedo crece mientras la ocurrencia de hechos delictivos disminuye. Por eso, al tratar de comprender el alcance de la inseguridad, me he inclinado por atender el aspecto subjetivo e intersubjetivo de la problemática, esto es, el modo en que se procesa socialmente el delito.

–¿Qué quiere decir exactamente eso?
–Aquí es importante tener en cuenta que subjetivo no quiere decir irreal, mentiroso o irrelevante. Antes, conviene determinar los alcances de esta dimensión. Aquí entran a jugar los medios. No sería posible esta inseguridad sin estos medios. En una lectura de largo plazo como la realizada, puede advertirse que la inquietud generalizada por la inseguridad surge del mismo proceso con que las reformas del Estado, la economía y el mundo del trabajo fueron produciendo una sociedad escindida entre incluidos y excluidos.

Siempre aparecen como dos posiciones irreconciliables: la de quienes piden más mano dura, mayor presencia policial o bajar la edad de imputabilidad, y la de quienes recuestan la problemática en la raíz social que produce delincuencia, pero parecen carentes de una respuesta más inmediata.

–¿En qué términos propone que sea abordada la problemática?
–Si llevamos a rajatabla el argumento de que la inseguridad es el modo en que hemos procesado la exclusión, la miseria, no hay modo de escapar del problema que ella misma plantea, pues los reclamos de seguridad estarían encubriendo, en realidad, un reclamo de otro orden. El miedo al delito, en este sentido, es el modo en que se procesa la general incertidumbre en nuestra sociedad y la imposibilidad de plantear trayectorias de vida relativamente previsibles, pacíficas e inclusivas. Por eso, esta dualidad que marcás no es una falsa dicotomía sino una de las dimensiones centrales del mismo problema que se pretende atacar desde la dimensión social y desde la seguridad. Deberíamos ser cuidadosos en la respuesta que demos al reclamo que exige “hay que hacer algo”; muchas veces, nos lleva a acciones innecesarias e inoperantes. Hacer lo que sea por la simple razón de que no se puede dejar de hacerlo no es un principio de acción ni de libertad ni de ejercicio democrático. Por supuesto que, además, la solución de “seguridad”, en sentido estricto, debe ser brindada. Entre otras cosas, y sólo para comenzar, se necesita más y mejor policía; es preciso que nuestro sistema de justicia, sin abandonar su carácter formal y procesal, acorte sus plazos de funcionamiento. Pero ya hemos visto que control del delito no se traduce, de modo automático, en una reducción del sentimiento de indefensión generalizado. Por ello, la ostensibilidad del dispositivo formal de seguridad y la garantía de funcionamiento articulado y eficiente de las agencias de seguridad y justicia son pasos necesarios, valiosos, pero cuyo aporte sólo puede evaluarse en el mediano plazo.

–¿Qué pasa entre los medios y los miedos?
–Está claro que vivimos dentro del paradigma de la victimización. La primacía de la víctima estructura nuestra sensibilidad de época. Por ello, toda nuestra sociedad se embarca en la vía de la “conmiseración”. Es prácticamente imposible, en la tele, ver un espectáculo que no sea el del sufrimiento. Por ello, el paradigma de la victimización nos ha convertido en una sociedad victimaria pero que se imagina víctima; y que exige hacer algo en función del dolor que podría, virtualmente, sentir. Los medios, en este modelo, no son responsables directos pero tampoco un actor más. En una sociedad-de-medios, el principio de la comunicación no es referencial; se vincula a la capacidad y a la fuerza de circulación: la fuerza de la imagen que pasa de pantalla en pantalla tiene un efecto viral. Por ello, las políticas públicas –no importa si acordamos o no con ellas– tienen que vérselas con este patrón, con este orden viral en el que la circulación de imágenes y mensajes funciona como un rumor perpetuo. Hoy en día no es “la realidad” sino la virtualidad la que ostenta el poder. Y las políticas públicas, de seguridad o de promoción social, hablan un lenguaje distinto, viejo, desfasado. No se trata de una batalla, sino de comprender que nuestra realidad pasa por el hilo de los medios; eso caracteriza a nuestra época. Las noticias y las coberturas de la inseguridad proceden, en su repetición, de modo mítico. Esto implica, en cierto sentido, una desmaterialización histórica. Los efectos mediáticos alteran de modo radical las nociones fundamentales como la de responsabilidad, derechos humanos, justicia. Por eso, el poder mítico de los medios subsiste en el espectáculo necrológico más que en las dimensiones que pueden atacar las políticas públicas de seguridad. Aquí, una vez más, no se trata tanto de “producción de realidad”, como le gusta decir a mis colegas, sino de su consumo. Más aún, podríamos preguntarnos si la diferencia entre verdad y mentira no radica en el rating. El rating, en cierto sentido, puede ser pensado como un acuerdo de paz; en tal sentido, el rating fija, consolida la verdad de época.

–¿Qué sería lo que se llama “sensación térmica de inseguridad”?
–Hacia fines de los noventa, la revista Pistas, de Enrique Sdrech y Ricardo Ragendorfer, definieron la sensación de inseguridad como algo diferente a la ocurrencia delictiva. La idea de sensación puede llevar a equívocos, en el sentido de que orienta hacia la idea de falsedad, irrealidad por su carácter objetivo. Como hemos visto, la dimensión intersubjetiva no debe ser desestimada tan rápidamente.

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