Cuando sentí vergüenza de ser católico

Cuando sentí vergüenza de ser católico

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Los chicos fueron rehenes. Escudos que la Iglesia católica -al igual que numerosas iglesias evangélicas- usó en su guerra sin cuartel contra el matrimonio gay. El argumento vital para presionar sobre un tema que no le competía. Porque el Estado no estaba entrometiéndose con el sacramento del matrimonio ni obligando a los curas a casar a personas del mismo sexo. Se trataba de una ley para equiparar los derechos de las personas hetero y homosexuales en torno al casamiento civil, no religioso. Entonces, la única manera que la Iglesia católica encontró para abordar la cuestión más allá del dogma, que sólo incumbe a los católicos, fue concentrándose en atacar el derecho de las parejas homosexuales a adoptar chicos. Ahí estuvo puesto el acento, para darle un barniz racional a una postura que no se basa en cimientos racionales, sino dogmáticos. Ahí pusieron el acento también aquellos senadores que, de otra manera, no podrían haber sostenido ni cinco minutos una discusión racional. Son los mismos que, a las apuradas, garabatearon un proyecto de unión civil que recortaba derechos y que sólo consentían en aprobarlo como un mal menor. ¿Habrían estado de acuerdo esos mismos legisladores con la iniciativa de unión civil que, en la Ciudad de Buenos Aires, se sancionó en 2002, cuando el matrimonio gay era un unicornio alado?

Pero tampoco se puede concluir racionalmente que un chico sufra más o menos según la orientación sexual de sus padres. Sí, en cambio, importa el amor que reciba. Hay padres y madres excelentes y otros que son un desastre, más allá de la orientación sexual de cada uno. Ahora, en el caso de la adopción, ¿alguien en su sano juicio puede creer que un chico va a estar mejor en un orfanato que cuidado por una pareja que lo quiera? Si se acepta la adopción de parte de personas solteras, no hay razón alguna para que no se permita a personas del mismo sexo adoptar. Incluso, esto ya viene ocurriendo en matrimonios gay “de hecho” que adoptan chicos a partir de uno de sus miembros. Hasta hoy, la ausencia de la figura del matrimonio gay hizo que estos chicos no pudieran alcanzar los mismos derechos que los de las parejas heterosexuales: que heredaran la mitad, no tuvieran la obra social de la otra parte, en caso de separación perdieran la cuota alimentaria y en caso de muerte de quien los adoptó, el cónyuge no pudiera criarlos y pasaran a ser huérfanos. Estos derechos no reconocidos son los mismos que debían tener los chicos de parejas gay que nacieron por inseminación artificial o con vientres alquilados. Situaciones que se disfrazan bajo el título de madre o padre soltero, y que, aunque generen más reparos desde lo ético, existen.

Pero los chicos fueron rehenes. Pibes en edad escolar fueron utilizados al final de misas para leer una carta del cardenal Bergoglio que llamaba a marchar en nombre de “una guerra de Dios” contra la ley de matrimonio igualitario, considerada “una movida del padre de la mentira” (léase el Diablo). ¿Por qué, de nuevo, los chicos? Soy católico apostólico romano, bautizado, creyente, casado y con un hijo. Y como todo esto no es condición de lo siguiente, aclaro también: heterosexual. La semana pasada, mi hijo de cuatro años quiso entrar a una iglesia en la que estaban dando misa. Con mi mujer, nos quedamos durante toda la ceremonia. Y aunque me siento parte de la familia cristiana, ese llamado final a la marcha antiboda gay me dio vergüenza. Al menos, esta vez no fue un chico, sino el cura quien leyó la carta medieval. Después aclaró que la homosexualidad no era en sí un pecado, pero sí lo era ejercerla. Y que conocía muchos católicos homosexuales que “heroicamente” vivían en la abstinencia sexual, así como también lo hacían los heterosexuales que no estaban casados o que eran separados. Es decir, la Iglesia no condena la homosexualidad porque la reconoce como una condición personal posible, pero por otro lado, en nombre de la “ley natural”, no deja a los gays tener relaciones sexuales, ni menos, casarse.

Por último, una reflexión hacia el interior de mi comunidad católica: la Iglesia considera “desordenadas” todas las conductas sexuales por fuera del matrimonio. Pide que si sos gay, no ejerzas, que si sos soltero/a, tampoco, que si sos separado/a, menos, que seas fiel durante toda la vida y que, además, no te masturbes. Pensemos un poco antes de marchar a una plaza a arrojar la primera piedra. Objetivos tan difíciles de cumplir equivalen a un ejército de pecadores para manejar a gusto.

(*) Jefe de Redacción de Noticias Urbanas

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