Delenda est Buenos Aires

Delenda est Buenos Aires


Hacia el año 150 a.c. Marco Porcio Catón, conocido como Catón el Censor, terminaba todos sus discursos en el Senado o en el Foro, cualquiera que fuera el tema al que se hubiera referido, con tres palabras, que eran su grito de guerra: Delenda est Carthago! (Cartago debe ser destruida).
No se trataba de vencerla. Se trataba de destruirla, de arrasarla, de borrarla del mapa para siempre, sus piedras, sus ciudadanos, e incluso su recuerdo debía perecer.
Tal era su obsesivo odio por esa próspera ciudad, la única que rivalizaba con Roma por aquellos tiempos. Catón no vivió para verlo, pero finalmente Roma logró no sólo derrotar a Cartago, sino también hacerla desaparecer de la faz de la tierra, como deseaba el viejo senador.

Cristina Kirchner no es Catón. La honestidad, la vida frugal y la severa austeridad republicana del romano poca vinculación tienen con el estilo de la Presidente, más cercano al de los jeques árabes, ni, afortunadamente, tampoco hay riesgo de enfrentamientos militares entre los argentinos, pero una obsesión parecida la guía en su relación con los porteños y con el Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri.

Le molesta, sobre todo, que la capital argentina sea casi el único distrito que no se arrodilla ante ella. Los porteños son, en su gran mayoría, poco afectos al kirchnerismo.
Macri no ha desarrollado nunca una política de confrontación con el gobierno nacional. Todo lo contrario, ha insistido siempre en la necesidad de la colaboración recíproca entre Nación y Ciudad, pero tampoco se ha subordinado, como pretende la primera magistrada, a las directivas de ésta. Puede hacerlo no sólo por sus convicciones, sino porque Buenos Aires se financia casi exclusivamente con sus propios recursos, a diferencia de la mayoría de las provincias, que dependen de la caja central hasta para pagar los sueldos de los empleados públicos.

Eso explica que, en esta etapa del “vamos por todo”, la presidente impulse diversas acciones para erosionar los ingresos de la Ciudad de Buenos Aires.
Así, le quiso tirar los subtes y colectivos por la cabeza, sin la transferencia de recursos que impone la Constitución Nacional, le poda todos los subsidios de luz a los establecimientos sanitarios y de tarifas al transporte, le saca la policía de las escuelas, hospitales, dependencias públicas y subtes, pretendiendo que de eso se ocupe la Policía Metropolitana, que es una fuerza incipiente, creada para complementar a la Federal.

En ese marco de actos de hostigamiento al gobierno local, la Presidente Cristina Fernández promueve el rechazo de la provincia de Buenos Aires a recibir, como hasta ahora, los residuos generados en la capital, lo que recrearía las aduanas interiores que la Constitución suprimió en 1853 y la pretensión que el Banco Ciudad no cuente más con los depósitos judiciales de los tribunales nacionales, como sucede desde hace décadas.
Sobre este punto, no hay razón que justifique la modificación que se propicia para que aquellos pasen a realizarse en el Banco Nación en lugar de la entidad bancaria porteña, más que intentar por una nueva vía asfixiar económicamente a un gobierno de un signo político distinto y que no se subordina a los dictados del poder central.

Intenta esmerilar a un potencial adversario político, pero en el camino no trepida en sacrificar los derechos de los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires, cualquiera sea su color político. Pero los porteños no tenemos un espíritu sumiso. Se nos quiere castigar porque votamos con libertad, como nos lo dicta nuestra conciencia y no nos sentimos un rebaño del gobierno nacional.

Anhelamos vivir en una fraterna unión con todas las provincias y con todos nuestros compatriotas. Y de algo estamos seguros: no seremos Cartago.

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