Maradona y el ser nacional

Maradona y el ser nacional

"El poeta Fabián Casas titula la fiebre de estos días de un modo eficaz: el “gordismo”. Así llama a la fiebre maradoniana. Casas es un poeta que intenta registrar el impacto y la producción de un fenómeno que excede al fútbol y que se cultiva en la figura del ídolo pero lo hace de un modo cortito, al pie: “gordismo”, dice. Maradona engorda el ganado".


En el amor a Maradona… ¿hay lugar para los tibios? Si lo hubiera, así querría ser declarado: “Soy de la quinta que vio el Mundial 86” (parafraseando a Andrés Calamaro), siendo un pibe y aprendiendo en aquel invierno en que se empezaba a apagar la primavera democrática, que los argentinos éramos los dueños de una perfección lujosa en el juego más lindo del planeta. Y ahí es donde echó raíz esa idea, ese sentimiento, ese árbol de emociones que se llama Maradona. Somos los mejores del mundo siendo nosotros mismos. Somos los mejores porque sacamos de lo más adentro que tenemos, de Villa Fiorito, nuestra mejor flor silvestre.

El poeta Fabián Casas titula la fiebre de estos días de un modo eficaz: el “gordismo”. Así llama a la fiebre maradoniana. Casas es un poeta que intenta registrar el impacto y la producción de un fenómeno que excede al fútbol y que se cultiva en la figura del ídolo pero lo hace de un modo cortito, al pie: “gordismo”, dice. Maradona engorda el ganado.

Porque hay que reconocerlo: Diego insufla grandes, enormes literaturas a su favor y en contra, demasiado pesadas y cargadas algunas de ellas, y que parecen la continuidad de la persecución habitual de los “eternos dilemas argentinos”. Como los que viven del lucro sociológico de explicar qué es el peronismo. Qué es el peronismo tomo I, tomo II, tomo III, hasta los veinte tomos de curro nacional sobre algo que lo merece, sí, porque no está mal nada de eso… Sólo que hay momentos en que el exceso de textos, de preguntas, de indagaciones alrededor de fenómenos como Maradona y el fútbol, o una identidad política, chocan contra algunos muros de realidad inevitables: como el juego ejemplar de un equipo alemán dotado de figuras cuyo promedio de edad era el más bajo de toda su historia y que sintetizan el buen juego, la técnica, la destreza y la audacia. Jóvenes atletas que compactan el mejor juego visto en el Mundial de Sudáfrica. Y que nos pusieron el precio: seguimos estando apenas entre los ocho primeros equipos del mundo.

Pero Maradona intentó, en estos días de Mundial y euforia que se acaban, forjar su continuidad. Y lo hizo sobre el envase de otro crack argentino, Lionel Messi, el héroe del Barcelona, un jugador de destellos formidables que reúne las “condiciones objetivas” para ser su heredero natural. Messi es lo más parecido a Maradona que ha salido en una cosecha celosa de más de veinte años. Pero una sola cosa hace, hizo y hará fallar esa matriz: Messi es un auténtico desconocido, un cultivador de su anonimato afuera de la cancha, no hay millones que conozcan de memoria el nombre del barrio pobre donde nació, la novia de siempre (“la Claudia” de Messi), el nombre de “la Tota y el Toto” que lo criaron en penumbras. No. “Lío” es un hombre sobre el que actuaron las altas tecnologías, que consolidaron una musculatura ideal, y eso lo convierte en una figura sombría para el ojo popular. Un hombre sin alma. Entre Maradona y Messi parece construirse el puente de dos ciclos, dos eras tecnológicas que parangonan quizás el modo en que también en la política se ha pretendido constituir el relato de “lo nuevo”. Messi como la gestión eficaz de lo que en Maradona es exceso. Messi como la tecnología de la picardía. Messi como sistema maradoniano. Un Maradona sin merca, sin exceso, sin noche, sin “junta”, sin lealtades y traiciones. Ésa podría ser la síntesis apresurada y la analogía desbocada: Maradona es un mito popular y Messi es política sin mito. Insisto: así se podría condensar la dialéctica sentimental y melancólica que acompaña a Maradona. Pero hay algo que pone en duda este lugar común del populismo maradoniano: Messi es un jugador que necesita de lo colectivo, es un jugador que no pide que pongan todo en sus espaldas. Messi es un jugador que quiere ser más libre y no llevar la mochila de ese “todos” argentino que persigue a Maradona. Hacer lo suyo, ser modestamente feliz. Es imposible otro Maradona, como es imposible construir un mito popular de arriba hacia abajo.

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