El efecto «Ucrania» de las sanciones ya divide a la UE y al mundo

El efecto «Ucrania» de las sanciones ya divide a la UE y al mundo

Opinión.


Los últimos acontecimientos en el mundo a partir de la guerra de Rusia y la OTAN en Ucrania, generaron un grado de alarma importante por distintos factores y a su vez un grado de realismo de cómo puede escalar la situación si se continúa bordeando con irresponsabilidad el precipicio táctico nuclear.

Por estas semanas, más allá del tema bélico en sí mismo donde se puede notar un avance lento pero sostenido de las tropas rusas en Lugansk y Donetsk, las novedades provienen del verdadero frente de batalla que eligió –erróneamente- Washington con Europa (como carro remolcado) y algunos otros aliados que siguen a la superpotencia (Aukus + Japón y Corea del Sur), y tiene que ver con su guerra. Los efectos económicos de todo tipo que están causando en buena parte del planeta las sanciones impuestas a Rusia, el continuo flujo de armas a Ucrania (más allá de las corruptas desviaciones a otros destinos y las inutilizaciones por fuego ruso) que prolonga la muerte y el sufrimiento inútilmente para toda Ucrania, genera para el eje anglosajón una inmensa facturación a cuenta de algo impagable, que se saldará vaya a saber con qué acuerdo a su favor.

Joe Biden ve como el galón de gasolina ya trepó en dólares en su país entre un 50 y un 75 por ciento -depende de los Estados- y la inflación creciente -que ya daña y mucho- le obligó a aumentar las tasas de interés. Biden decidió tratar al ciudadano estadounidense como “estúpido” y denominó “impuesto Putin” a sus propias torpezas y decisiones, solo unos meses antes de las elecciones legislativas que lo encuentran con un alto grado de debilidad e inoperancia. El descontento de los norteamericanos con el encarecimiento del trío fundamental de su modo de vida, vivienda, alimentos y combustible, lo pone en una situación electoral incómoda y solo le queda echarle la culpa a su par ruso, aunque nadie le crea.

Hambruna y energía

La hambruna global que tanto la FAO como distintas organizaciones no gubernamentales y Estados vienen advirtiendo también tienen que ver con esas sanciones y es que Rusia (y Bielorrusia), principales productores de fertilizantes, no pueden aplacar la demanda  del resto del mundo acuciados por las sanciones occidentales. Pero nadie culpa de ello a los irresponsables que tomaron esas medidas,  montado sobre la rusofobia mediática que siempre centra la culpa en Vladimir Putin.

Los problemas logísticos que han generado estas sanciones, que empiezan por el no desminado del único puerto que aún le queda a Ucrania, o sea Odesa (minado por ucranianos), pasando por todas las demás trabas que tienen los distintos países al haberse bloqueado –con las diez mil sanciones a Rusia- muchísimos circuitos comerciales, de los que nadie se hace cargo. Y la inflación crece, las necesidades también  y gobiernos se debilitan tras la pandemia.

Para Estados Unidos mucho más significativo que la hambruna global es seguir vendiéndole armas cada vez más pesadas y caras a Ucrania y obligando a los europeos y otros aliados a comprarle también armas al fuerte lobby armamentístico que apenas logra mantener con este ritmo frenético de entregas las reservas propias del país  y también tambalean a la vez las reservas económicas y militares del resto de los aportantes al genocidio. El volumen es tan importante en dinero y armas concretas, que ya están llegando al límite buena parte de los inventores de este conflicto, se sacaron todas las armas viejas de encima y ya deben comprar más para no quedar desabastecidos.

Además si se habla de hambruna, no se necesitaba de la operación militar de Rusia en Ucrania para ver de qué se trataba. El hambre preexistente al conflicto sería claramente mucho menor si los países determinantes, con un ordenamiento mejor de las prioridades (¿qué sucede con la ONU?), hubiera destinado los casi 100.000 millones de dólares que en todo concepto y desde muchas organizaciones y países le han aportado a Ucrania -para que le sigan masacrando la gente y destruyendo el país- lo hubieran destinado a paliar esa tragedia. Es más, seguramente se hubieran sumado muchos países poderosos que hoy no están alineados – o están directamente enfrente- con Estados Unidos y esta voracidad que demuestra tanto en la faz económica como de poder. De ese modo, quizás con China, Arabia Saudita, India, México, Pakistán, Brasil y la propia Rusia, entre otros, podrían haberse sumado a esa idea de paliar las necesidades, aumentando el volumen de la ayuda,  y hubiera sido más productivo y solidario con el mundo, algo más inteligente que ir a ladrarle a las fronteras a una potencia nuclear en su propio provecho, para usar palabras del Papa Francisco.

Por otra parte la falta de energía empieza a desequilibrar presupuestos y acuerdos entre socios, habida cuenta de la dependencia europea del petróleo y el gas ruso y de la importancia de éste país en el concierto mundial de la misma. Con la caída del relato de las «buenas intenciones» , la realidad hace que los europeos la paguen en rublos como pretende Putin, y las alarmas se enciendan más allá del amarillo. Para colmo de la situación los precios están por las nubes, y el planeta se divide entre los que apoyan a Estados Unidos, sancionan y sufren por ello y los que no lo hacen, la producen y facturan cada vez más, como Medio Oriente o África por citar solo dos ejemplos.

El mundo

En la actualidad, más de dos tercios de los países del planeta no se sumaron a las sanciones contra Rusia ni gastaron un solo dólar en armas para prolongar la guerra en Ucrania. Es un dato duro de cómo miran el mundo los occidentales y esa miopía de creerse el único mundo (y el único modelo) tomando cada vez peores decisiones para su futuro. Y cuántos son los otros, ¿no? Muchos, quizás demasiados si se los mide en población. También más de dos tercios de las cadenas informativas responden a esos países que están involucrados en la maniobra estadounidense y viven tergiversando una realidad que cada vez se les viene más encima y les complica su relato. En la opción que se avecina entre más muertes, más armas o negociación para la paz, la decisión de los países anglosajones ya está tomada: más dinero, más daños y más muertes, caiga quien caiga. Y eso hacen, una decisión peligrosa, dicho con todo respeto Rusia no es Irak ni Afganistán.

Los demás países occidentales empiezan a tener ya las primeras fisuras y a repensar en secreto algún modo de parar la sangría económica y productiva que este desastre les acarrea, sin alterar demasiado el escenario ya creado ya quedarían como estados débiles, o en ridículo. Pero el “no hay que humillar a Rusia” de Emanuel Macron fue la voz síntesis de los países que miran un poco más delante de la futura reunión de la OTAN en Madrid. No será un estadista brillante, pero entiende el mandatario francés que el futuro de Europa no se está escriturando ahora y tampoco nada está asegurado para nadie. Turquía juega aquí –junto al Vaticano- un rol que difícilmente pueda asumir cualquier otro país de la OTAN. Más allá de las fuertes negativas serbias y húngaras a determinados suicidios propuestos desde USA, y se suman todas las dudas de Alemania y Francia que sufren, pero acompañan por ahora. Justamente los dos mandatarios de estos países junto al de Italia y de Rumania, visitaron este jueves a Vladimir Zelenski, el nuevo «Zar de Europa», que parado sobre el poder de Washington pretende darle órdenes y estrategias -desde una Ucrania arrasada- a un continente que supo generar imperios. Eso marca la estatura política actual de un espacio del mundo que se ve realmente agotado y sin ideas, ante la pujanza de China (la otra súper potencia) y todo el espectro euroasiático (con Rusia activo y al frente), los continentes africano y latinoamericano, espacios enormes y muy poblados que se avecinan a involucrarse en nuevos esquemas de reglas y convivencia. Estos últimos que vienen de propinarle un nuevo golpe en la Cumbre de las Américas a un débil Biden que juntó en Los Ángeles a los países que lo cuestionaron públicamente, los amigos que callaron y el resto que no fueron. Un raquítico “paper” sobre migración (la nada misma) fue todo el contenido de una cumbre de un continente con mucho futuro si se ordena políticamente, si potencia sus riquezas con crecimiento, algo en lo que está pensando y avanzando .

El mundo no tiene claro la conectividad aérea a futuro ya que por ejemplo tanto los Boeing como los Airbus tienen muchos componentes rusos irreemplazables y también los chips de Taiwán y Corea, escasearán para todos igual. La energía fósil respeta el antiguo formato de OPEP+ y es absolutamente indispensable para el corto y mediano plazo. Los precios vuelan y seguirán así hasta que las sanciones vuelen también. Indefectiblemente, el mundo será distinto, los sistemas representativos ya no son ni serán homogéneos, los organismos multilaterales tampoco. Algunas cosas cambiarán por un tiempo y otras para siempre.

Lo dijimos desde esta columna, el día que se inició el conflicto, el 24 de febrero. La principal víctima de esta guerra es Ucrania, era obvio por decisión de todos los gobiernos que juegan en este tablero. El resto de los países se reacomodarán, están todavía enteros, la plata en el mundo va y viene y hay que tomar buenas decisiones en tiempos difíciles, ser prudentes, eso es todo. Las grandes potencias seguirán siendo grandes y los otros se reagruparán de la manera que puedan, del modo más inteligente a la nueva realidad. Putin pateó el tablero, y habrá nuevas reglas de aquí en más. Ahora todos pueden correr para mejorar su posición en la grilla. Los equipos que adelantan no están claros, en cambio los que retroceden, un poco más.

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