La Matanza: ¿un crimen que agita todas las grietas?

La Matanza: ¿un crimen que agita todas las grietas?

La Doctrina Blumberg siempre reaparece. Basta una bala y vuelven las soluciones mágicas que nunca resultan. ¿Habrá algún intrépido que sea capaz de pensar con racionalidad?


Para el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, la seguridad ciudadana equivale a una “situación de tranquilidad pública y de libre ejercicio de los derechos individuales, cuya protección efectiva se encomienda a las fuerzas del orden público”.

¿Hecho de inseguridad?

El tres de abril a las 4:30 de la mañana, dos delincuentes asaltaron un colectivo de la Línea 620 en el Barrio Vernazza, en Virrey del Pino, Partido de La Matanza. Un pasajero que viajaba en el transporte se identificó como policía y sacó su arma, frente a lo cual los asaltantes dispararon las suyas, matando al chofer del colectivo, Daniel Barrientos, de un disparo en el pecho.

En primer lugar, el botín fue magro. Se llevaron sólo una mochila de una chica discapacitada, que no podía contener más que cosas de poco valor para los ladrones. Seguramente lo recaudado valía menos que las balas que dispararon contra el chofer y el policía.

En segundo término, los ladrones y el policía dispararon 16 veces. Demasiadas para los tiroteos habituales, pero posible. Además, el plomo de la pistola que impactó en el colectivero era calibre 40, que suele ser usado para “fajes” grandes. Es decir, para operaciones mayores, como un asalto a un banco o a un lugar en el que hay custodios armados. Es un calibre que impone respeto, como el antiguo 11,25mm. Una bala que impacta y voltea.

Los ladrones y asesinos utilizaron dos vehículos. Uno de ellos fue prendido fuego casi enseguida. De todos modos, el impacto del asesinato de Barrientos fue tan fuerte en la opinión pública que el incendio fue inútil. Dos días después, dos de los supuestos protagonistas del violento tiroteo ya estaban entre rejas.

El primer detenido fue Alex Gabriel Barone, un joven de 19 años, que en 2019 fue acusado por “robo agravado”. Al menos un testigo lo identificó en rueda de presos.

El día posterior al asesinato de Barrientos, hubo rebelión de colectiveros. Los que ponen los muertos decidieron que era la hora de hacer sentir al poder su indignación.

Observando las imágenes tomadas en la concentración en la Avenida General Paz, se pudo ver a uno de los integrantes de la Guardia de Infantería de la Policía de la Ciudad que golpeaba a una persona que no estaba agrediendo a nadie, utilizando para ello su escudo como un arma. Empezamos mal.

Enseguida, con los ánimos caldeados, apareció el secretario de Seguridad bonaerense, Sergio Berni en el lugar y pasó lo inevitable. Fue salvajemente agredido –tuvo una fractura de cráneo- y luego fue sacado a la fuerza del territorio en disputa por la Policía porteña. Otro gesto incomprensible.

Soluciones disparatadas

Como ocurriera en 2004, cuando Axel Blumberg fue asesinado por un grupo que lo tenía secuestrado, mientras se encontraban negociando el rescate con su padre, Juan Carlos Blumberg, las soluciones propuestas tienen escasa efectividad.

Blumberg convocó a cinco grandes marchas entre 2004 y 2006, para protestar contra las limitaciones de la legislación penal. Éstas fueron multitudinarias y, apoyado en ellas, el empresario consiguió introducir múltiples modificaciones al Código Penal, siempre en pos de lograr penas más severas para los delincuentes.

Hoy, 19 años después, está claro que las supuestas mejoras sugeridas por Blumberg eran tan inútiles como pomposas, más allá de que alguna fuera lógica.

Los reformistas de la seguridad que pasan por estados de emoción violenta sólo coleccionan fracasos. En estos días, la seguridad suele estar sólo en manos de la policía. Georges Clemenceau, que lideró a la nación francesa en la Primera Guerra Mundial, lo dejó claro hace ya muchos años. En 1917 expresó que “la guerra es algo demasiado importante para dejársela a los militares”.

La inseguridad se combate con una precisa inteligencia criminal, con Justicia Social, con policías que no sean cómplices de los delincuentes y con jueces probos. La segunda de éstas es la premisa más importante. Las dos últimas son, hoy por hoy, casi utópicas.

La combinación entre la indignación de las víctimas y el oportunismo de políticos, que aceptan lo que saben perfectamente que es inocuo, pero los saca del paso, es explosiva. ¿Cambiar algo para que nada cambie? Ésa fue la respuesta de la política hasta ahora.

Llenar un barrio pobre de gendarmes puede ser efectivo por un mes, pero luego sólo sobreviene el fracaso. Los jefes de la inseguridad no viven en la pobreza, porque es un gran negocio. Muchos están presos, pero otros son funcionarios y manejan resortes del Estado. Incluso, algunos conducen la represión contra la inseguridad. Peor aún, muchos que aparecen en las pantallas de la televisión perorando contra los “chorros”, son los que los reclutan, les pagan y hasta les fijan objetivos. No hay más que ver al exintendente de Paraná y a otros jefes comunales más, que denuncian por arriba y cobran por abajo.

Hay tanto dinero negro en Argentina, que en ese tráfico ilegal se cuelan también los $$$$$ del narco, de los piratas del asfalto, de las aseguradoras supuestamente perjudicadas por la piratería asfáltica, de los bancos lavadores de divisas y de los evasores de pesos fuertes.

En esta ocasión, un colectivero, un honrado trabajador, fue la víctima de un marginal extraviado, pero armado con una poderosa pistola asesina. Los otros 364 días del año, las víctimas son todos los trabajadores argentinos, que sobreviven en una jungla cada vez más espesa y deben trabajar cada vez más horas para ganarse el pan.

En esta situación de extrema pobreza, los reclutadores de las bandas delictivas y del narco tienen el éxito asegurado. Podrán faltar gendarmes o policías, pero soldaditos, jamás.

Así vamos mal.

Concierto para piña e insulto

Cuando los compañeros de Barrientos se concentraron en la Avenida General Paz, las cámaras tomaron algunas escenas dantescas.

La primera fue la agresión contra el único funcionario que puede intentar algún tipo de solución contra la inseguridad en la provincia, más allá de su excesivo apego por las cámaras. Se trata de Sergio Berni, que fue emboscado por algunos manifestantes que militan en otros partidos. Militancia está bien, pero el hecho de pegar de atrás, en mi barrio estaba mal visto.

Son comprensibles los malos modos y los gritos, pero si alguien abandona su despacho para atender un reclamo, debería ser respetado. Lo que pasa es que cualquiera es especialista en seguridad por estos días. Por eso surgen las soluciones demagógicas y superficiales.

¿Alguna vez fue consultado un desocupado para que opine sobre la economía, la deuda externa y las altas tasas de interés? En cambio, hemos escuchado a cientos de periodistas que no tienen ganas de trabajar consultando sobre el tema de la seguridad a algunas víctimas, que han volcado una larga serie de despropósitos, disfrazados de soluciones que no son tales.

En realidad, todos saben que no saben nada, pero lo más fácil es que algún productor tenga un teléfono del opinador y lo invite a que vaya, se siente frente a una cámara y, ejerciendo el arte del prestidigitador, saque de su chistera un conejo portador de mágicas soluciones.

De esta manera, se alimenta la “dimensión subjetiva” del problema. Soluciones aparentes, demagógicas, superficiales, basadas en el temor a los “morochos” que vienen del conurbano, dispuestos a robar, asesinar, violar y golpear a los buenos ciudadanos.

¿Es una guerra, entonces? ¿Existe la grieta entre las pieles claras y las oscuras? ¿Está en guerra el Barrio Norte con Villa Luzuriaga?

Hablar sin saber puede llevar a conclusiones delirantes.

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