En el Día del Periodista, rezar para que no siga triunfando la mentira

En el Día del Periodista, rezar para que no siga triunfando la mentira

Todos felicitan a los periodistas el 7 de junio, pero pocos los valoran.


Escribir supone, para algunos, una presión insana. Para otros, en cambio, es una vía de salida a sus perversiones. Para los más, es apenas una manera de ganarse la vida. De “hacer una carrera”. Hasta hay en nuestro mundo, computadoras, cámaras y micrófonos, que sirven lo mismo para difundir noticias que para inflar el ego de algunos míseros que se sienten llamados a brillar más que la supuesta verdad que deben publicar.

Escribir es, por el contrario, enfrentarse con el mundo. Soportar el miedo (podemos equivocarnos y nos ocurre a menudo), eludir la tentación de ser más importantes que el público, informándolo con noticias que no son ciertas, que no sabemos que no les aportan a nuestros lectores algún mínimo atisbo de una pequeña, pequeñísima verdad. No podemos saber todo, porque a veces nos toca escribir sobre realidades que algún editor, en un punto muy lejano, decidió que “eso” es verdad. Sin embargo, muchos lo mismo publicarán esa lejana mentira, después de decidir que ese remoto periodista que ni siquiera conoce, es confiable. Son los que no están lo suficientemente informados como para detectar las falsedades y los constantes atentados contra la verdad.

Entonces, escribir es también ejercer el arte de la desconfianza y, a la vez, de una conveniente malicia. La verdad absoluta no existe. La duda debe ser una parte importante de nuestro oficio. Diríamos, mejor, que la duda es la virtud fundacional en el violento oficio de escribir, que practicamos con tan equívoca vocación.

Después de todo, la culpa la tiene el viejo Johannes Guttemberg, que se largó a inventar un adminículo infernal lleno de mecanismos, huecos, tintas y planchas de madera que después se volvieron de hierro. Y así, las ciencias, las noticias, la literatura y no sabemos cuántos males más, salieron de las escondidas bibliotecas donde eran atesorados por unos pocos. Guttemberg se debería haber llamado Pandora.

Hoy, ya no existen los tipógrafos, ni los linotipistas, ni los diseñadores, que desde sus mesas elevadas le decían al periodista: “tenés una de dos columnas por 30 líneas, una de una columna de 10 líneas y una de tres columnas de 20 líneas”. El resto de la página del diario era publicidad. Una vez conminaron a un periodista a que le pusiera a una nota relacionada con el pan un título de tres líneas por tres caracteres. Escribió “Hoy hay pan” y se fue, riéndose entre dientes, entre los que bailaba un charuto que mareaba a todos a su alrededor.

Ahora, hasta los fotógrafos, los periodistas con oficio y los correctores van desapareciendo, lamentablemente, porque hasta algún “gran diario argentino” viene con cada error que da lástima. Y la facilidad con la que conseguimos fotos en Internet hace dudar –erróneamente- a los editores de la necesidad de contratar fotógrafos.

Por el contrario, el “periodismo de redes sociales” es la peor pesadilla del periodismo de estos días. Los cronistas sin oficio, sin el deseo intenso de ser veraces, sin la más mínima formación ni conocimientos sobre el mundo que nos rodea, sólo nos aportan oscuridad. Y la oscuridad es el símbolo de estos tiempos. Si nos informan los brutos, seremos y moriremos brutos, sin nunca darnos cuenta de nada.

Umberto Eco, que la sabía lunga, se quejó porque «la televisión ha promovido al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior. El drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad».

Eco no fue piadoso. “Le dan la palabra a una legión de idiotas, es la invasión de los necios”, espetó. Les pidió, casi sin esperanzas y hasta, podría decirse, con cierta ingenuidad, a los medios “crear un filtro para mejorar la calidad de la información”. Pedirle al verdugo que vote contra la pena de muerte es tan ingenuo como antagónico.

En el Día del Periodista, este cronista del absurdo brindó porque se considere como cierta aquella frase que rezaba: “prefiero un hombre malo a uno bruto, porque conozco malos que se han vuelto buenos, pero jamás conocí a un bruto que se hubiera vuelto inteligente”.

¡Salud!

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