Publicado: 25/10/2026 UTC Mundo Por: Redacción NU

¿Por qué estas elecciones son el resultado de dos décadas de fractura social?

Por Fyodor Danilin, politólogo ruso, experto en comunicaciones políticas, analista electoral, miembro de la RAPC (Asociación Rusa de Consultores Políticos). Especial para Noticias Urbanas.
¿Por qué estas elecciones son el resultado de dos décadas de fractura social?
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El 25 de octubre Brasil elige presidente en segunda vuelta y, a las puertas de la votación, ningún sociólogo ni politólogo serio se atreve a nombrar un ganador. El senador Flávio Bolsonaro y el presidente en ejercicio Luiz Inácio Lula da Silva van prácticamente empatados. El país vuelve a partirse casi por la mitad. Pero el asunto no es la aritmética de los votos. Estas elecciones mostraron que la fractura que se fue consolidando desde los años 2000 hasta hoy se ha convertido en una estructura social estable.

El mapa electoral deja ver esa fractura en el territorio. Flávio se impuso en todo el Sur, el Sudeste, el Centro-Oeste y en parte del Norte. Lula dominó sobre todo en el Nordeste, donde su apoyo rondó el 64 por ciento. El Nordeste sigue siendo zona de un electorado obrero más pobre, con una larga tradición política de izquierda. El Sur y el Sudeste son regiones de colonización europea más temprana, de mayor urbanización y de un capital agrario fuerte. Pero no se trata solo del nivel de pobreza ni de un sesgo a izquierda o a derecha. La fractura tiene, ante todo, raíces históricas: distintas oleadas de colonización, distinta composición racial, distinto grado de urbanización. La hegemonía de Lula en el Nordeste, con todo, se erosiona. Perdió votos en los nueve estados de la región respecto de 2022. El apoyo a nivel presidencial ya no se traduce con la misma fiabilidad en una identidad partidaria estable en el plano local.

El corte de clase muestra dónde se produjo el desplazamiento principal. El único estrato social en el que Lula obtuvo una victoria clara es el de los sectores más pobres. Para la clase media — que concentra casi la mitad de la población — Flávio aparece como el candidato preferido. Llama la atención que el problema de la izquierda en 2026 no estuviera tanto en la «élite». Lula se mantuvo competitivo incluso entre los sectores más acomodados. El problema estuvo en la nueva clase media: gente de los suburbios, del sector informal, de la microempresa, a menudo con una ética protestante (más de un cuarto de la población brasileña es protestante), que aspira a la movilidad social y ya no ve en el lulismo el principal motor de esa movilidad.

Al mismo tiempo, una sociedad fracturada está claramente cansada de su propia fractura. En la primera vuelta no votaron casi 33,5 millones de personas, una cifra récord. Según el Tribunal Superior Electoral (TSE), eso representó el 21,08 por ciento del padrón nacional: el mayor abstencionismo en una primera vuelta presidencial desde 1998. Además, unos seis millones de brasileños depositaron boletas en blanco o nulas —y todo ello con voto obligatorio. Ese comportamiento difícilmente puede leerse como respaldo a una tercera fuerza; más bien es un rechazo a participar en la disputa entre dos bandos. «Polarización fatigada» es quizá la definición más precisa del estado actual de la política brasileña. En ese clima, el voto de rechazo suele pesar más que el de adhesión. Muchos votan no tanto por Flávio como contra Lula, y a la inversa. Pero incluso con ese ánimo social, las terceras fuerzas sumaron menos del ocho por ciento.

El giro a la derecha de 2026 muestra el precio de esa fractura. Uno tras otro, partidos y candidatos del espectro de derecha y de centro anuncian su respaldo a Flávio en el balotaje. Así lo hicieron el exgobernador de Goiás Ronaldo Caiado —quinto lugar, con poco más del 2,18 por ciento— y el exgobernador de Minas Gerais Romeu Zema, sexto, sin alcanzar ni medio punto. Con ese mapa es perfectamente posible un escenario a la chilena: en la segunda vuelta las fuerzas de derecha se concentran en torno a un solo candidato frente a la izquierda. Así, en diciembre de 2025, José Antonio Kast derrotó a Jeannette Jara en Chile, precisamente gracias al apoyo de candidatos salientes del centro y de la derecha.

Las fuerzas de centro no lograron ofrecer una alternativa: el tercer camino en Brasil no cuajó. Los partidos que aspiraban a ocupar el centro se ven obligados a elegir bando. El balotaje no es tanto una disputa por los indecisos como una movilización de grupos sociales ya polarizados. La experiencia de la «ola azul» en América Latina muestra que, cuando la derecha se une, el candidato de izquierda suele perder. Brasil avanza por esa misma trayectoria, y es consecuencia de una fractura social profunda.

Ahora el pueblo brasileño vuelve a votar por su futuro, regresando a conflictos no resueltos de su pasado. Las elecciones de 2026 fijaron una fractura que se fue gestando durante años. Como ya se ve, esa fractura atraviesa clases, raza, territorios y valores. En ese escenario, el ganador tendrá que gobernar dos Brasiles que se entienden mal entre sí. Por eso la pregunta central de la política brasileña después del balotaje no es solo quién gana, sino si el vencedor sabrá hablarle a ese Brasil que votó en su contra. Parece poco probable que alguno de los candidatos actuales esté a la altura de esa tarea.




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