Publicado: 20/10/2026 UTC Mundo Por: Redacción NU

Fortaleza sitiada o reinvención: la encrucijada que define el voto israelí

Por Fyodor Danilin, politólogo ruso, experto en comunicaciones políticas, analista electoral, miembro de la RAPC (Asociación Rusa de Consultores Políticos). Especial para Noticias Urbanas.
Fortaleza sitiada o reinvención: la encrucijada que define el voto israelí
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elecciones en israel

Las elecciones al Knéset del 27 de octubre no son un sufragio común, sino un verdadero referéndum sobre el futuro de Israel y sobre el legado político de los hechos del 7 de octubre de 2023. El consenso general es que estas elecciones —las primeras que se celebran en plazo en 38 años— marcarán un punto de no retorno para el Estado de Israel, que se encuentra ante la disyuntiva de mantener un curso de guerra permanente y de confrontación prácticamente con toda la comunidad internacional, o de redefinir su propia esencia. Conflicto permanente o normalidad, agresión exterior o desescalada, mayor militarización o concentración en resolver los problemas internos, recuperar la confianza en las instituciones y abandonar el gobierno a través de la imposición de la conciencia de «fortaleza sitiada»: eso es lo que se les propone elegir a los israelíes.

La situación se agrava porque en los últimos años Israel perdió a muchos aliados en el escenario mundial. Es más fácil enumerar a los que quedan que describir las pérdidas. En primer lugar, por supuesto, están Estados Unidos, donde los neoconservadores, los sionistas cristianos y los lobistas de AIPAC detentan el poder. Pero incluso en Washington empezó la erosión del apoyo al Estado judío. Del resto, India aparece como un socio importante que realiza enormes compras de armamento, Azerbaiyán como una fuerza significativa en el Cáucaso, Grecia y Chipre como un cinturón defensivo mediterráneo, y Alemania y Chequia como los «abogados» europeos. Sin embargo, las pérdidas de aliados son mucho más significativas, y de las adquisiciones de las últimas dos décadas apenas se pueden mencionar los Emiratos —resultado de los Acuerdos de Abraham— y Argentina, donde Milei decidió construir una alianza «de derecha» con los gobiernos «de derecha» de otros países.

Estados Unidos le garantizaba a Israel ayuda financiera y militar, el veto en el Consejo de Seguridad y cobertura política. Para Netanyahu ese esquema era casi ideal: bajo el paraguas de Washington el primer ministro podía armar coaliciones, garantizar a sus conciudadanos «seguridad total» y, en lugar de resolver la crisis palestina, ocuparse de sus propios problemas políticos. El apoyo externo permitía trasladar los costos de la política interna fuera del Estado de Israel. Pero después de la aventura conjunta de Trump y Netanyahu en Irán quedó claro que el Estado judío ya no recibirá de Estados Unidos el nivel de respaldo de antes. Por un lado, como resultado de la guerra fallida se erosionó la imagen de omnipotencia tanto de Estados Unidos en el mundo como de Israel en Medio Oriente. Por el otro, en América se están produciendo cambios tectónicos en lo que respecta a la actitud de la sociedad hacia Israel. Lo que antes se percibía como un plus incondicional —el apoyo de candidatos en las elecciones estadounidenses por parte del lobby judío— ahora o no funciona, o funciona en contra. Todo esto repercute directamente en la política interna de Jerusalén.

Las operaciones de Israel en Gaza, Líbano, Siria e Irán no terminaron ni con la derrota total de los adversarios ni con la consolidación de una paz estable. La magnitud de las víctimas en Gaza, donde murieron decenas de miles de civiles, se convirtió en un factor permanente no solo de la política exterior, sino también de la interna, que no se puede poner entre paréntesis, silenciar, olvidar ni ignorar. Una sociedad que lleva tres años viviendo en régimen de movilización, donde los reservistas pasan cientos de días fuera de casa, pierden el trabajo, las familias y la salud, ya no responde a los relatos propagandísticos triunfalistas. Se acumuló un enorme cansancio social y, probablemente por eso, la campaña actual transcurre en silencio, sin las manifestaciones masivas que hasta hace pocos años llenaban las plazas. Aunque es la calma antes de la tormenta.

Las elecciones ponen al descubierto todas las contradicciones acumuladas dentro del Estado judío. El bloque de Netanyahu (Likud) —junto con los partidos ultraortodoxos y sionistas religiosos— aspira, según las encuestas, a entre 51 y 55 bancas. El campo opositor, donde dominan «Yashar» de Gadi Eisenkot, «Be-Yahad» de Bennett, «Israel Beitenu» de Lieberman y los Demócratas, muestra cifras algo superiores: según los pronósticos, alrededor de 60 bancas. Los partidos árabes —la Lista Unida y Ra’am— obtendrán entre 10 y 14 escaños en el Knéset y, de hecho, serán el fiel de la balanza, aunque una parte significativa de la oposición judía rechaza públicamente una coalición con ellos. El umbral del 3,25 por ciento sigue funcionando como filtro: los pequeños partidos de derecha se balancean al borde, especialmente en el «flanco derecho». Esto amenaza las perspectivas del bloque de Netanyahu, por lo que el primer ministro presiona de todas las formas a los candidatos de los partidos chicos para que se bajen de las elecciones y no «diluyan el campo».

La cuestión del servicio militar de los ultraortodoxos (jaredim) se convirtió en la línea central de la fractura en estas elecciones. Cien mil jóvenes no sirven en un momento en que entre los reservistas hay una evidente falta de efectivos. Netanyahu, para mantener la coalición, durante años postergó la solución del problema, buscando conservar a sus socios. Al mismo tiempo, las cuestiones económicas que preocupan a la mayoría de los habitantes de Israel parecen haber sido desplazadas del centro del debate a la periferia. En particular, problemas evidentes como que el gasto en defensa se acerca al nueve por ciento del PBI, que la movilización limita la oferta de trabajo y que el costo de vida aumenta, no constituyen el eje principal de las discusiones preelectorales. Pero, al parecer, es precisamente el tema de los jaredim el que mide el ánimo de los votantes. Una minoría significativa (1,5 millones de personas) que no participa en los esfuerzos militaristas del Estado, pero que al mismo tiempo es cubierta por el primer ministro que sumió a Israel en conflictos permanentes, de por sí representa un desafío para quienes cargan con el peso de la guerra.

El carácter referendario de las elecciones, sin embargo, no garantiza el éxito de ninguna fuerza.[1] Un Israel dividido elegirá un Knéset no menos dividido. Ningún bloque reunirá una mayoría estable. Netanyahu, con toda probabilidad, seguirá siendo primer ministro en ejercicio. Pero de todos modos, la forma concreta en que se plasme esta fractura ciudadana terminará caracterizando el camino que seguirá el Estado de Israel en uno o dos años.

[1] Para el lector ruso esta formulación no resulta obvia: estamos acostumbrados a llamar «referendarias» a las elecciones en las que la población se pronuncia a favor de Putin, que goza de una enorme popularidad. Pero si se quieren trazar paralelismos, hay que recordar no las elecciones de 2024 en Rusia, sino el referéndum de 1993, donde los «sí-sí-no-sí» deseados por Yeltsin nunca se obtuvieron en la votación.


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