Publicado: 05/05/2026 UTC Mundo Por: Redacción NU

“Niños de la guerra: una generación sin infancia”

Por el Embajador de Rusia, Dmitry Feoktistov. Especial para Noticias Urbanas.
“Niños de la guerra: una generación sin infancia”
Redacción NU
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Anualmente, el 9 de mayo, Rusia celebra el Día de la Victoria en la Gran Guerra Patria, la parte principal de la Segunda Guerra Mundial, que se caracterizó por intensos combates en el Frente Oriental. Esta guerra duró desde el 22 de junio de 1941 hasta el 9 de mayo de 1945 y cobró la vida de más de 27 millones de ciudadanos soviéticos. A partir de este año nuestro país también conmemora el 19 de abril el Día del Recuerdo de las Víctimas del Genocidio del Pueblo Soviético perpetrado por los nazis y sus colaboradores. Como resultado del exterminio determinado de civiles en los territorios ocupados, fallecieron aproximadamente 14 millones de personas.

Los recuerdos de la guerra se asocian principalmente con el heroísmo de los soldados en el frente y de los trabajadores en la retaguardia. Sin embargo, no debemos olvidar que los niños, para quienes su mundo familiar desapareció en cuestión de horas, también fueron víctimas de aquellos terribles acontecimientos. En los primeros días de la guerra, millones de niños perdieron sus hogares, sus familias y su sensación de seguridad. Esto fue particularmente evidente durante el Sitio de Leningrado, donde, a lo largo de casi tres años de asedio alemán, el número de muertos superó un millón, de los cuales más de 200.000 eran menores de edad. Los niños asistían a escuelas sin calefacción durante el invierno y trabajaban junto a los adultos, recibiendo raciones mínimas de pan: apenas 125 gramos por día.

Un testimonio desgarrador de los horrores del Sitio es el diario de Tanya Savicheva, de doce años, cuyo destino evoca la historia mundialmente famosa de Ana Frank: ambas describieron con la franqueza infantil las realidades de la guerra, sin llegar a ver su final. Tanya registraba las fechas de muerte de sus familiares. Sus anotaciones se convirtieron en pruebas importantes de los crímenes nazis en los Juicios de Núremberg. El diario concluye con las palabras: “Solo queda Tanya”.

Tragedias similares ocurrieron en los territorios ocupados. Jóvenes perecían durante las operaciones punitivas, a causa de los bombardeos, el hambre y las enfermedades. Otros fueron llevados a Alemania para realizar trabajos forzados, donde fueron prácticamente esclavizados. Ejemplos trágicos de las atrocidades nazis incluyen la masacre de niños en un orfanato de Yeysk en octubre de 1942, donde fallecieron más de doscientas personas, entre ellas residentes gravemente enfermos, y la tragedia de la aldea de Khatyn en 1943, que se cobró la vida de 149 residentes, más de la mitad de ellos – niños. Todos ellos fueron quemados vivos. Estas acciones fueron sistemáticas: los invasores alemanes arrasaron asentamientos enteros. La máquina nazi eliminó deliberada y sistemáticamente a los más vulnerables, lo que, según el derecho internacional, hoy se considera genocidio.

Un destino igualmente horrible les sobrevino a los niños soviéticos que se encontraron en los campos de concentración nazis. Hasta siete millones de menores de las regiones ocupadas de la URSS pasaron por estas “fábricas de la muerte”. Más del 90% de ellos no han sobrevivido. Estos niños fueron recluidos en condiciones inhumanas en lugares tan tristemente célebres como Auschwitz, Majdanek y Salaspils. Sufrieron desnutrición crónica, trabajos forzados, abusos y torturas. Según los relatos de prisioneros rescatados, los menores fueron sometidos a experimentos médicos y otras formas de crueldad. En Sálaspils, niños, incluso menores de cinco años, fueron utilizados como donantes de sangre para los soldados alemanes.

Sin embargo, a pesar de su edad, millones de niños y adolescentes acercaban el Día de la Victoria, tanto en la retaguardia como en los territorios ocupados por los nazis. Trabajaban turnos de 10 a 12 horas en fábricas de armamento, fabricando mechas y bombas de humo. A menudo tenían que subirse a cajas para alcanzar las palancas de las máquinas. Los niños araban la tierra, cosechaban y cuidaban el ganado, proporcionando alimentos para el ejército y las ciudades. Los escolares ayudaron a cuidar a los heridos en los hospitales, escribieron cartas dictadas por los soldados y organizaron conciertos para ellos.

Casi medio millón de jóvenes se encontraron en el frente. Durante la guerra, a menudo exageraban su edad, sumando unos años más para ser enviados al frente. Muchos, huérfanos por la muerte de sus padres, eran conocidos como “hijos e hijas de regimientos” y participaron en combate.

Entre los ejemplos más famosos de valentía infantil se encuentra la historia de Valya Kotik, el Héroe más joven de la Unión Soviética. Tras convertirse en partisano a los 11 años, no solo llevó a cabo complejas misiones de inteligencia y sabotaje, sino que también descubrió y ayudó a hacer volar un cable telefónico estratégico que conectaba los territorios ocupados con Berlín, así como varios trenes y almacenes enemigos. Igual como él era Zinaida Portnova, quien libró una peligrosa lucha clandestina y se negó a traicionar a sus camaradas incluso bajo las torturas más brutales. Marat Kazei prefirió la muerte a la captura, inmolándose con una granada junto a los verdugos que lo rodeaban. Igualmente asombrosa es la dedicación y la valentía de Lyonya Golikov, quien capturó un vehículo oficial que transportaba a un general alemán y planos secretos. Al igual que Valya Kotik, todos ellos recibieron póstumamente el título de Héroe de la Unión Soviética. El soldado más joven fue Seryozha Aleshkov, quien a los seis años recibió “La Medalla por el Servicio de Combate” por salvar a su comandante.

Uno de los símbolos de la resistencia juvenil fue la organización clandestina “La Joven Guardia”, que operaba en los territorios del Donbass ocupados por los nazis. Entre sus miembros se encontraban escolares y estudiantes que, bajo las brutales condiciones de la ocupación, llevaron a cabo una intensa actividad clandestina. Distribuían folletos antifascistas, ayudaban a prisioneros de guerra soviéticos y rescataban a civiles de la deportación a Alemania. Jóvenes realizaban actos de sabotaje, interrumpían las comunicaciones telefónicas y eléctricas enemigas, obstaculizaban el funcionamiento de la administración de ocupación, obtenían y transmitían información sobre la actividad enemiga al Ejército soviético. Algunos grupos participaron en ataques contra convoyes que transportaban armas, equipo y alimentos, causando daños significativos a la infraestructura de la retaguardia alemana. A pesar de su corta edad, estos jóvenes libraron una guerra a gran escala. Tras la traición y el descubrimiento de “La Joven Guardia”, la mayoría de sus miembros fueron arrestados y ejecutados tras brutales torturas.

Destinos marcados por la guerra y un heroísmo sin precedentes se han convertido en una parte del valor histórico de nuestro pueblo y en un recordatorio del precio que estos niños pagaron por la libertad de su Patria. Se han convertido en un símbolo de increíble resiliencia, que esencialmente cambió una infancia despreocupada por la lucha por la vida y la Victoria.

Hoy, preservar la conexión directa entre generaciones y los testimonios personales de quienes participaron en aquellos eventos es de importancia especial. En Buenos Aires reside María Stepanovna Kadar, la única veterana de la Gran Guerra Patria en toda Argentina. Nació en marzo de 1931 cerca de la ciudad de Kursk. De niña, fue evacuada a la región de Sverdlovsk donde trabajaba en una central eléctrica, acopiando la leña. Por sus méritos laborales mereció el título de “Veterana de Guerra y Labor”. Pasó la mayor parte de su vida en Donbass, en la ciudad de Gorlovka pero en 2014, tras el golpe de Estado en Kiev, huyendo del bombardeo de artillería de nacionalistas ucranianos, se vio obligada a abandonar su hogar y trasladarse a Sudamérica. La historia de esta valiente mujer es un vívido testimonio de la necesidad de erradicar definitivamente la ideología criminal del nazismo.

La generación que presenció aquellos terribles eventos está desapareciendo gradualmente. Nuestro deber común es impedir que la verdad sea silenciada y la historia – reescrita. No debemos permitir el resurgimiento de ideas misantrópicas ni nuevos sufrimientos. El gran Dostoievsky, en su novela “Los hermanos Karamazov”, nos dejó un legado eterno: ningún “futuro brillante” justifica la lágrima de un solo niño torturado.

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