La Argentoneta, el modelo pendiente.
Pasó el Mundial de fútbol, y el grado de emocionalidad que alcanzó el evento en nuestro país va desapareciendo entre una campaña anti argentina que sorprendió por su potencia digital, en la que estuvieron involucrados muchas personas famosas en el planeta, integrantes de distintos colectivos del arte, el deporte y la política. Raro, seguiremos este tema en otra oportunidad.
Hay muchas cosas positivas que nos dejó el comportamiento del plantel durante la competencia, tanto en el plano grupal-social como en el deportivo, salvo contadísimas excepciones que justifican la regla, como algunos pocos altercados tras el pitazo final del partido clave. Entre las cosas más importantes a destacar, es el compromiso de autoridades, cuerpo técnico, jugadores y asistentes del plantel, en demostrar que el conjunto estaba por encima de las partes, que las diferencias –que las hay como en todos los ámbitos- quedaban en un lejano plano casi sin poder distinguirse, mientras el esfuerzo del equipo intentaba pegar el zarpazo del cuarto grito mundialista, sabedor de que un pueblo ampliamente generoso en este rubro (como en otros) los blindaba como lo hizo hasta el final ante cualquier contratiempo. Los hinchas argentinos no cambiaron nada de lo que pensaban acerca de la Selección cuando finalizó la final contra España. Más allá de la desazón por el resultado, tanto los cantos que bajaban de la tribuna mientras un plantel demolido miraba con perplejidad ese sostén anímico conmovedor sentado en el pasto o parados en grupo con la mirada extraviada en la gente como en el recibimiento que tuvieron tras su regreso al país, con un apoyo fervoroso de un pueblo que entendió que las cosas habían sido bien hechas, y que la nafta quizás no daba para más.
La Scaloneta dejó una marca en la construcción de su relato que, de las tres estrellas que hoy tenemos, quizás fue la experiencia más reconfortante en calidad y compromiso. Más allá de la reconocida competitividad de los planteles de la selección argentina en la historia moderna al menos, este modelo fue abrazado con fuerza por el conjunto de la gente tanto por su desempeño en Qatar como en esta experiencia tripartita con eje claro en los Estados Unidos.
Si bien en este mundo fútbol todo se torna Messi dependiente y esto que analizamos no queda afuera de ese corralito, la estrategia por potenciar al líder positivo sin exponerlo más de la cuenta, más bien protegiéndolo en cada paso que daba con la celeste y blanca, el proceso prolijo que transitó la totalidad del plantel en ese mes y medio de preparación y competencia, involucró a todos por igual y –salvo errores puntuales, casi todos deportivos- no hubo preferencias, camarillas ni caprichos que tolerar de quiénes estaban al comando de la misión.
Ese quizás sea uno de los ejemplos más importantes de las muchas lecciones que está brindando este grupo (hasta diciembre permanecerá así por lo que se dijo) durante estos años. No había preferencias dividiendo la tropa entre jugadores clase A o clase B, no había quejas ni vestuarios calientes al finalizar los duros partidos que les tocó disputar a lo largo del torneo, no había tendencias ni malos modos en la conducción del grupo por el CT (la Scaloneta no es solo Lionel) sino la firmeza de conceptos con los que se relacionaron durante tanto tiempo un grupo de estrellas futbolísticas de todo el planeta con una sola cosa en común, el país que los trajo al mundo. Apelando a la comprensión, siempre que se tomaba una decisión, priorizaron siempre el interés grupal, dogma respetado por el conjunto hasta el día de hoy. Como las victorias, las derrotas también son colectivas. Además, le incorporaron humanidad a una actividad ultracapitalista que mueve varios miles de millones en cada uno de estos eventos y sin estar condicionados por ello, le incorporaron lágrimas fáciles o sentidas, sin la vergüenza del qué dirán. Sabían lo que querían y lloraban ganando o perdiendo. No se define su actitud general por el llanto, sino se comprende mejor adónde querían llegar este valiente plantel.
Más allá del tremendo esfuerzo realizado en condiciones bastante debilitadas y nunca óptimas por esas cuestiones del calendario anual y sus circunstancias, nadie se quejó y todos dieron más de lo que podían. Está claro para los que seguimos el devenir mundialista, que nadie especuló, nadie no se guardó nada. Argentina al palo.
Un verdadero ejemplo de cómo se construyen los equipos exitosos, y no sólo en lo deportivo, porque copas del mundo se ganaron con otras formas en nuestro país, sin más detalles podemos recordar la del 78, en una época que no se premiaba la solidaridad, cuando se sobrevivía a la tragedia de aquella época.
Hablando de glorias pasadas para terminar, entendemos que es indispensable en la comprensión plena del fenómeno (y el pensamiento de quiénes lo realizaron), lo que se repitió en el césped del Mercedes Benz Stadium de Dallas, cuarenta años después de México. Una epopeya que tuvo a los jugadores argentinos como protagonistas y a un equipo extranjero, hoy ocupante de una parte de nuestro territorio y nuestro mar, el Reino Unido o simplemente Inglaterra. De nuevo los echamos, por ahora de la cancha y de la competencia.
Pero en Estados Unidos los muchachos subieron la apuesta. Le dieron vida al trapo prohibido, una sábana grafiteada con aerosol negro, quedará en la historia como una de las páginas inolvidables (y masivas a nivel global) del justo reclamo de nuestra soberanía sobre la Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur.
El que no salta es un inglés, Mr. Milei.
Argentoneta, por favor.