Putin y Trump retoman contactos mientras Europa sufre sus errores
El viaje del Director de la CIA, John Ratcliffe, y de los enviados especiales del presidente Donald Trump, su yerno Jared Kushner y el empresario Steve Witcoff a Moscú con diferencia de pocos días, muestra a las claras que Estados Unidos está recalculando su posición y accionar en el mundo. La cuestión continuó con un llamado telefónico de Trump a Vladimir Putin en el día de ayer. Las dos potencias nucleares más importantes del mundo están nuevamente en pleno contacto y pareciera que los ejes de las nuevas conversaciones tienen que ver sobre todo con el colapso general de Ucrania en todos los frentes y por un lado más indirecto la resistencia efectiva de Irán a la agresión norteamericana.
Ambas cuestiones requieren acciones correctas del Presidente de los Estados Unidos ya que, además debe atravesar la elección de medio término en menos de 60 días y reperfilar su gestión interna y externa a esos fines. Las versiones oficiales de las visitas y las charlas fueron mínimas y más bien parcas desde ambos Estados involucrados, aunque, como es costumbre, fueron imaginativas y fantasiosas desde la mirada de los políticos y los medios de la Unión Europea (UE) que, literalmente tiemblan de miedo cada vez que se quedan afuera de las negociaciones. Es en esos instantes donde más crece la rusofobia en la conducción de Bruselas, al tiempo que ya no solo tienen que soportar el ninguneo en las mismas, sino que encima sufren importantes y continuos golpes electorales como el de ADF en las elecciones de Sajonia, Alemania. Siguen sin entender todavía que el problema son ellos mismos que no encuentran salida ni soluciones para sus naciones y no los rusos, que están concentrados en su permanente tarea geopolítica global y también en la cuestión bélica en territorio ucraniano.
Ucrania está siendo desbordada por Rusia en todos los aspectos, afectando como nunca su capacidad económica (y por ende política), logística, militar, energética y del libre uso de sus puertos y del Mar Negro, entre otras dificultades. A ello se le suman los problemas de corrupción internos, el desplazamiento de todos los potenciales opositores a Volodimir Zelenski como el ex ministro de Defensa, Mijailo Fedorov, internas en el poder que se resuelven con muertos y a los tiros entre los servicios de inteligencia nacionales y militares en pleno Kiev, una situación que en Washington (donde se diseñó y nació esta guerra) prendió todas las alarmas.
La trilogía de las dos visitas y el llamado, claramente no son una casualidad, sino que tienen una motivación visible y excluyente con la situación de estrés máximo europeo ante la delicada situación en Ucrania. Carentes de reflejos para haber edificado una alternativa más conveniente para el conjunto, la UE solo comprende el camino de la supervivencia política con la continuidad de la guerra, trasladando al conjunto el camino adoptado por Zelenski.
Con la nula conducción de los impresentables líderes de Alemania, Francia y el Reino Unido, más los guiños cómplices de Italia y España, la UE busca su lugar en el mundo con el peor plan, que es la guerra con Rusia para la que no están preparados ni militar ni económicamente. Un tercer problema es que la población –como casi en cualquier país- no está dispuesta a ser convocada por malas decisiones y cuando no hay nada para ganar y mucho para perder. Como un ejemplo de ello, un testeo de voluntarios en Alemania realizado por las Fuerzas Armadas dio resultados altamente negativos en relación a la movilización militar, mientras su Canciller aviva todos los días el fuego guerrero mientras pierde estrepitosamente las elecciones.
La situación hoy en Ucrania requiere de atención, más que en otras oportunidades. La tendencia parece irreversible. Porque ningún alto el fuego parará la inercia corrosiva que se está comiendo al Estado ucraniano, que nada le alcanza en este momento para frenar la caída. El tema aquí es que el conflicto está en un punto de quiebre, de cambio de etapa. Tanto Kiev como Odessa, como Jarkov, como todo el frente militar y logístico, está siendo arrasado en términos militares a diario por drones y misiles rusos que no tienen contención por falta de voluntad, materiales y de conducción estratégica.
La táctica “europea” de los “40 días de contraofensiva” ucraniana contra objetivos civiles en la Rusia profunda (y en la cercana también), fue el detonante de esta respuesta del Kremlin. Una presión que ya es inocultable para el mundo, que está derribando la historieta de la resistencia heroica y victoriosa, construida por el bozal mediático con que Occidente pretendió manipular por más de cuatro años a sus ciudadanos.
Estados Unidos recalcula costos y beneficios en el corto y mediano plazo, y no está en condiciones hoy de amenazar a nadie tras las derrotas en los dos conflictos que provocó. Más bien quiere saber con quién cuenta para cada paso que tiene que dar y tratar de dar una imagen de neutralidad que no tiene y evitar más malas noticias en el extranjero. Ucrania (y la UE) entran en una etapa decisiva. No pasa por el final del conflicto, que sería lo más acertado si todos en Occidente jugaran de manera inteligente, si no por ver cómo queda el tablero en esta nueva etapa que se abre. La descomposición se puede tragar al régimen actual y ya hay dos o tres opciones en Occidente para ocupar el lugar de Zelenski. Para Rusia en cambio, el que encabezó este régimen debe ser el que asuma la derrota, personal, de sus acciones y de su ideología. Quizás sea la única razón por la que sigue con vida.
La paz posible tiene su razón en la fuerza rusa, y no hay otra explicación. Se tendrá que respetar esa razón o la situación escalará a escenarios previstos pero desconocidos y de alto riesgo. Es ahí donde Estados Unidos busca ubicarse de la mejor manera, a pesar de esta derrota que Trump le pasará la cuenta a su antecesor, Joe Biden. Pero lo que viene –como esta- será su responsabilidad y es por ello que Moscú recibe visitas y llamados. Es allí donde la realidad golpea y no existen los cuentos de hadas. Lo saben bien por sus satélites, sus radares, su inteligencia y sus asesores militares. Hay que definir la nueva etapa, lo que no significa parar la guerra. Nadie sabe bien qué significa.
En Occidente no es lo mismo lo que se piensa en Washington (con muchos lobbies contradictorios) que en Bruselas (donde pasa lo mismo) respecto de este cambio de vientos. Conviven en una OTAN devaluada, donde ya los europeos están avisados que tendrán que comprar el armamento estadounidense si quieren ir a la guerra con Rusia. Y que no contarán con el apoyo irrestricto anterior, sobre todo mientras Irán y China continúen en su camino o sea por un largo tiempo.
Mientras tanto Moscú le muestra al mundo occidental (y de paso al resto), su imponente poderío militar convencional, el que usa todos los días en represalia de los ataques a su territorio. Y sus resultados letales en la logística, almacenes, vías y ferrocarriles, puertos, buques, estaciones energéticas, a las puertas de un invierno con que llega esta mega crisis de la coalición. Quizás algunos ya no estén tan “dispuestos”.
Rusia siempre tuvo un plan de paz, pero hasta ahora nadie lo quiso. Se habló en Anchorage pero eso parecía que se lo llevaba el gélido viento de Alaska o algunos pensaron que podía haber otro camino para solucionar esto. Pero no lo hay. Y ahora todos tendrán que pensar en cómo sigue este conflicto, donde Estados Unidos se acerca de nuevo a ver si puede hacer otra trampa como siempre o lo que sería más lógico, acordar algo con Rusia en ese espíritu boreal ya casi extinguido.
Estados Unidos todavía tiene fuerza para volverse a equivocar, pero Europa no. Rusia acelera y se desmorona Ucrania en su continente. Esa es la cuestión.