Por qué se celebra el “Día Internacional de la higiene menstrual”

Por qué se celebra el “Día Internacional de la higiene menstrual”

El ciclo menstrual es otro factor de desigualdad entre mujeres y varones.

El 28 de Mayo es el Día Mundial de la higiene menstrual.

Sobre las mujeres recaen tantos tabúes y misterios que necesitamos crear días internacionales, ubicarlos en un marco teórico y darles un carácter institucional para poder abordar las temáticas que nos aquejan desde que existimos en el planeta tierra. ¿Es fácil? No. ¿Es cómodo? Tampoco. Somos mujeres, no entendemos esos conceptos.

Este 28 de mayo es el Día Internacional de la higiene menstrual, un día creado para combatir el estigma de la sangre menstrual, así como también para generar redes de información sobre cuidados de la salud, pero también de nuestra economía.

¿Sabías que gastas el 10% de tu salario en productos de higiene menstrual, a pesar que ganamos hasta un 30% menos que un varón por realizar la misma tarea?

Sucede cada 28 días -en el mejor de los casos- pero estamos programadas para esconder y avergonzarnos. “Estoy en esos días”, “Andrés”, “naturalmente prohibida”…hay tantos eufemismos como personas existen en el mundo, y todos ellos se inscriben en el mismo concepto: la sangre de la mujer es “sucia” y da “asco” y por lo tanto debe ser tapada. Nuestra sangre es tabú. 

Y como todo en esta vida, esta actitud de negar lo que sucede en nuestros propios cuerpos, no es aleatoria, ni aislada de algunas culturas: sucede desde que hay mujeres en el planeta tierra. La sangre menstrual fue mistificada, venerada y rechazada -según el caso- por las sociedades más antiguas del planeta.

Según el libro Mi sangre, de la reconocida escritora francesa Élise Thiébaut, la menstruación “sigue siendo un fenómeno misterioso, rodeado de leyendas, de supersticiones, de cosas no dichas y de ideas heredadas, que siguen impregnando mentalidades al punto de afectar la salud y el bienestar de las mujeres de todo el mundo”.

En cada ciclo menstrual, la mujer pierde 50 mililitros por ciclo, es decir, el equivalente a tres cucharadas soperas o un esmalte de uñas. Lo que representa, a escala de una vida de mujer menstruante, alrededor de 150 botellas de vino. Sin embargo, cuando se le pregunta a una mujer cuánta cantidad menstrua, ninguna duda en compararlo con una taza o un chopp de cerveza, evidenciando el desconocimiento sobre nuestro ciclo (¡si fuera así, deberíamos estar desangradas!).

En palabras de Thiébaut: “Aunque ya estemos bien introducidos en el tercer milenio, hayamos ido a la Luna en siete ocasiones entre 1969 y 1972 y hoy encaremos sin bromas colonizar el planeta Marte, seguimos sin saber efectivamente por qué las mujeres menstrúan todos los meses”.

En mi época noventosa, a las chicas se les decía que “se hicieron señoritas”, cuando les venía por primera vez. Es decir, que a partir de ese momento, el género asentará sus bases sobre lo biológico y la niña deberá responder a todos los mandatos que le impone el sistema. El sexo te hace hembra, pero el género te hace “mujer”. Así, por ejemplo, parimos porque somos hembras, pero criamos a los hijos porque somos mujeres. Si ahora me “hice” mujer, ¿que creías que era antes? ¿un mono?

Cómo escribió la feminista norteamericana Gloria Steinem a principios de los ‘80:

Si los hombres menstruaran “la regla se convertiría en un acontecimiento masculino envidiable y digno de orgullo. Los hombres se vanagloriarían de la duración y del caudal”

Además, no existe ningún ritual moderno que celebre las primeras poluciones nocturnas de los hombres, que llevan el dulce nombre de espermaquia. A nadie se le va a ocurrir reunir una cena de familia para decirle a un joven adolescente: “¿Así que eyaculaste? Genial, te hiciste varón, ya llegó el momento de que te laves las sábanas solo, soñaste muy fuerte anoche”.

Para Hipócrates, el ancestro de los médicos, la mujer en cada ciclo menstrual “evacuaría el exceso de sangre que la envenena”. Por supuesto que estos tabúes se mantienen a lo largo de la historia, y son difíciles de erradicar, en especial cuando es conveniente mantener a la mitad de la población trabajando de manera gratuita en el hogar (estamos hablando aquí del trabajo doméstico no remunerado, la base sin la cual ningún sistema productivo podría funcionar, destinado a las mujeres que lo hacen por un supuesto “amor”, lo que justifica que no «merecen» remuneración por su trabajo, a diferencia de los varones).

Pero si la menstruación ocupa un cuarto de la vida de las mujeres durante unos cuarenta años, ¿cómo se llegó a torcer la realidad al punto de transformar algo que es el signo de la fecundidad, en maldición?

Menstruación vs. Semen

Hay que ahondar un poco más profundo y cuestionarnos por qué otros fluidos corporales como el esperma, la saliva, las lágrimas o la orina no generan la misma conmoción que la sangre menstrual.

El semen del varón, sobre todo, es algo glorificado y celebrado por la sociedad. Abundantes son los mitos que circulan en Internet sobre sus supuestas bondades, todas orientadas hacia mujeres cisgénero, vale la aclaración, que van desde los más concretos -«suavizar” la piel- hasta alucinaciones tales como usarlo como ingrediente de cocina.

Los laboratorios pusieron a la venta el Viagra para resolver las disfunciones eréctiles, un trastorno masculino vital por el que nadie muere y que, en general, no afecta más que a los hombres de edad. Sin embargo, muchas personas en Argentina dan conocimiento del Misoprostol recién este año, gracias a que por primera vez en la historia legislativa de nuestro país, se le está dando tratamiento a la ley de Interrupción voluntaria del embarazo.

«Imaginate si los hombres estuvieran tan disgustados con la violación como lo están con la menstruación».

El diagnóstico de enfermedades tan comunes en las mujeres menstruantes como es la endometriosis, también están ocultas. Esta enfermedad afecta casi al 20% de las mujeres en el mundo, pero ya vemos cómo los tabúes hasta nos alejan de los consultorios médicos.

La publicidad, viejo y conocido enemigo

La llegada de la menarca, como se llama a la primera menstruación, es un momento aprovechado por la perversidad de los creativos publicitarios, por las tradiciones nefastas culturales y hasta por «artistas» (no olvidamos a Arjona y su misógino cuadro impresionista).

Una difundida costumbre rusa, por ejemplo, dice que la madre u otra mujer de la casa debe darle una cachetada a la hija que tiene su primera menstruación “para que siempre tenga colores en las mejillas” y así “nadie de su entorno adivinaría su estado”.

“Es como acceder a un gran secreto cuya existencia, de hecho, todo el mundo negaba”, cuenta con mucha razón Thiébaut.

Hay una cuestión de deseo igualmente con la sangre menstrual, replicada por ejemplo en la categoría “sexo durante la regla”, en YouPorn o en la cuarta temporada de Orange is the new black, donde las reclusas venden a través de internet bombachas con depósitos menstruales.

Instagram también censura la menstruación, como le pasó a la artista y poetisa Rupi Kaur. O la obra censurada en París de Joana Vasconcelos, que hizo una obra de arte a base de tampones de la marca OB.

 

Obra de arte realizada con tampones de la marca OB.

Sin embargo, no censuran o se indignan con las publicidades de toallitas según la cual menstruamos azul (¿somos pitufos?) o que exponen miradas sexistas sobre mujeres que están de mal humor y varones que “nos tienen que bancar”. La más aberrante fue la campaña de las toallitas Days llamada “28 días con vos” que llega a los límites de lo tolerable cuando pide a sus clientas que cuenten “su primera vez”.

Por suerte, tenemos a Malena Pichot para sacarnos el estigma de nuestros ovarios:

Por último, en octubre de 2015 se difundió en la televisión sueca una canción infantil titulada “Hipp hurra för mens”, donde con una música pegadiza hacían una oda tan nefasta como equivocada de la menstruación.

La melodía recita: Es una cosa que a veces les pasa a las chicas/ ellas quieren hablar de eso/ quizá tienen un poco de vergüenza/ pero es supernormal/ basta con ser un poco más simpático con ellas/ tener un poco de paciencia/ ¡no es más que un poco de sangre!

Cualquier persona con ciclo menstrual puede rápidamente no empatizar con esta letra. “Una cosa que a veces pasa” no es suficiente para algo que sucede cada 28 días durante 40 años de nuestra vida; también preguntarle al autor por qué las chicas no quisieran hablar de eso, o por qué nos tendrían que “soportar”. Esto se llama misoginia.

Menstruacción o el activismo de la sangre menstrual

Thiébaut habla de la “desigualdad menstrual” y resalta que las mujeres “padecen una forma de opresión que ningún hombre conocerá jamás”: la de sus propias entrañas.

El colectivo feminista “economía feminita” realizó un estudio que brinda luz a las desigualdades de clase a la hora de menstruar, así como cuánto cuesta tener el período según cada país del mundo. Se llama “Índice tampón” -concepto traído del ‘índice Big-Mac’- y da luz a datos increíbles como que menstruar en Argentina es más caro que en Estados Unidos.

Los países más caros respecto del ciclo menstrual son Eslovaquia, China y Brasil, y lo más baratos Reino Unido, Irlanda y Canadá.

Pero lo más importante, es que en nuestro país, una mujer gasta en promedio entre 700 y 1000 pesos para contener su ciclo menstrual, dificultando su acceso a mujeres de bajos recursos.

Las mujeres utilizan aproximadamente 195 tampones por año (más de 7000 a lo largo de sus vidas), según este Índice.

No se debe dejar de incluir factores como la brecha salarial (se calcula que por cada peso que gana un hombre en la Argentina, una mujer gana 0.66 centavos), ni las marcas que venden productos “rosas” que siempre son más caros que los ordinarios (esto se llama impuesto rosa o pink tax, en inglés).

Economía feminista también calculó que en la Ciudad de Buenos Aires hay 1.560.470 mujeres. Considerando que la edad promedio de la primera menstruación es a los 12 años y la última a los 52; en el distrito hay aproximadamente 834.983 mujeres menstruando una vez cada 28 días. Por ello, las mujeres gastan más de 632 millones de pesos al año (sin considerar la inflación) y, lo que es peor, se desechan al menos 167 millones de unidades de productos de protección femenina.

Otra cosa importante es que los desechos femeninos no se separan de la basura común, incluso aunque contengan lo que en cualquier hospital, clínica o sanatorio se consideraría residuos patogénicos. Y, como si fuera poco, la degradación de un tampón o una toallita es de entre 500 y 800 años. Sí, más años que los que pasaron desde que Colón llegó a América le lleva al producto que usaste unas horas dejar de ser residuo.

Otra cuestión además de la monetaria es la salud. Utilizar recursos precarios demostró que genera infecciones y alteraciones graves en las mujeres, convirtiendo el problema en una cuestión de salud pública. Incluso la menstruación trae aparejada la deserción escolar de muchas chicas que no quieren arriesgarse a tener “accidentes” por los métodos precarios que usan.

La Copa menstrual

Los productos de higiene menstrual más utilizados están para retener, contener y tapar nuestra sangre menstrual. Casi como para pasar ese “mal momento” con la mayor negación posible. Propuestas como la copa menstrual, se plantean bajo otro paradigma: permiten observar la cantidad y composición de la sangre, ver las variaciones mes a mes. Puede sonar disruptivo, pero en todos los años que llevas menstruando, ¿podrías dar esta clase de información?

«Ginecología autogestiva» o self help como la llama Leonor Taboada en su manual introductorio tiene su origen en los años ’70 y en la publicación del Boston women´s health book collective (mejor conocido como Nuestros cuerpos, nuestras vidas). Implica hablar de un movimiento político y pedagógico que, entre otras cosas, hace hincapié en la importancia del autoconocimiento a través de estrategias variadas, como podrían ser la observación del ciclo menstrual, de la fertilidad, del funcionamiento y uso de los anticonceptivos, entre otras prácticas. Toda esta información se encuentra online en el sitio web del colectivo de investigadoras feministas Vulva Sapiens.

La revolución empieza en nuestro propio cuerpo

La lucha por liberar a nuestros cuerpos y mentes de un sistema tan opresivo como el patriarcado, también implica un aspecto individual donde cada día nos aceptemos tal y como somos. Cuando el feminismo replica que “lo personal es político”, está hablando de eso: el amor propio también es una lucha en un mundo donde no estar dentro del patrón hegemónico de belleza es lo común; donde las publicidades nos hablan de “combatir” celulitis (o sea, ¿el enemigo es el cuerpo?); y dónde no pertenecer es la regla central del sistema capitalista. Transformemos la queja de “esos días” en un canto de liberación.

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