Publicado: 09/03/2026 UTC Nación Por: Horacio Ríos

En la era del algoritmo, a la muerte de la verdad le sigue la esclavitud

No está habiendo acción colectiva porque el prójimo desapareció. Los intentos individuales perpetúan la soledad y la pobreza. Ni Videla se atrevió a tanto.
En la era del algoritmo, a la muerte de la verdad le sigue la esclavitud
Horacio Ríos
javier milei

La Argentina cambió drásticamente en 2001, después de soportar 25 años de políticas neoliberales de ajuste y entrega de los recursos naturales del país. La rebelión popular fue desesperada y, por lo tanto, fue ferozmente reprimida. En dos días -19 y 20 de diciembre- 35 muertos tiñeron las calles con su sangre, en la jornada en la que cayó Fernando de la Rúa y el radicalismo se extinguió para siempre.

Desde entonces, los liberales se llamaron durante 14 años a un respetuoso silencio, ante la necesidad de lavar su imagen, seriamente dañada por sus políticas de hambre, entrega y endeudamiento. Pero el silencio no fue obstáculo para comenzar a darle forma a Propuesta Republicana (Pro), el partido que representó a la derecha en 2015, cuando la fase kirchnerista del peronismo se agotó.

El Pro gobernó el país sólo por cuatro años, pero bajo su influencia surgió el proyecto Milei, que gobierna la Argentina desde hace algo más de dos años y ejecutó la más grande transferencia de ingresos desde la clase asalariada al empresariado. No contento con esquilmar a los trabajadores, Milei también lesionó seriamente el mercado interno, el mercado del crédito, los contratos de alquiler, los salarios (lógicamente), la capacidad exportadora, los contratos de trabajo y, como broche de oro, sancionó una reforma laboral tan retrógrada que hasta algún empresario aseguró que no le habían pedido tanto.

Esta colección de despropósitos afectó incluso a muchos grandes emprendedores que lo apoyaron en su momento y por estos días, refiriéndose a la situación de sus empresas, sueltan por lo bajo retahílas de insultos similares a las que el propio Milei derramó contra sus opositores el 1° de marzo en el Congreso.

Las ausencias de hoy

Más allá de las ausencias de estos días, más allá de la crisis en la que transcurre la oposición peronista, llama la atención la ausencia del levantisco Pueblo argentino en las calles.

El ajuste que ejecutó Milei en estos algo más de dos años es, sin dudas, el más brutal que se haya realizado en el último siglo. Ni la Revolución Libertadora, con su Plan Prebisch; ni el general José Félix Uriburu, con su plan de retorno a la Argentina pastoril; ni el general “Caño” Juan Carlos Onganía, con su Plan Krieger Vasena; ni el entorchado general Jorge Rafael Videla, con el plan Martínez de Hoz llegaron tan lejos.

Frente a tanta adversidad, la movilización popular brilla por su ausencia. La protesta se encuentra en estado larval, quizás esperando un mejor momento para aflorar. El piquete dejó de ser aquella eficaz herramienta que desafiaba los gases, la represión y aun a los francotiradores de Gendarmería, que dispararon contra los pobladores de General Mosconi que cortaban la ruta 34, en Salta, matando a dos de ellos.

En 2001, cundían el desempleo, los salarios miserables en negro y una precariedad laboral que permitía las arbitrariedades patronales más absolutas. Pero esta situación, que prefiguraba una crisis que no era tal, era el resultado de una profundización de la rapacidad de ciertos sectores de la economía, en especial, del sector financiero.

La prueba fue que ni bien llegó Eduardo Duhalde al poder, la recuperación -que continuó Néstor Kirchner- fue rápida y casi indolora. En cuanto se acabó o disminuyó el saqueo, la Argentina volvió a crecer “a tasas chinas” y por un tiempo los banqueros debieron esconder sus garras.

Esa crisis aparente, escondía el rapaz saqueo de los bolsillos de los trabajadores y de las industrias PYME. En septiembre de 2001, el uso de la capacidad instalada llegó al 58%, una de las cifras más bajas de la década. En septiembre de 2010, el 80% de las máquinas industriales estaba produciendo.

En mayo de 2022, el uso de la capacidad instalada, saliendo de la pandemia, llegó al 68,4%. Los sectores que lideraron el incremento fueron la industria metálica básica, el 85,8%; los productos minerales no metálicos, 81,4%; la refinación del petróleo, 81,3%; papel y cartón, 78% y sustancias y productos químicos, 74,3%. En 2025, la actividad de la capacidad instalada fue patética, alcanzando apenas el 53,8%. Menos aún que en 2001, cuando la crisis que estalló en diciembre se venía anunciando ante la caída en la recaudación en la ciudad, que todos los meses era anunciada a este cronista por el secretario de Ingresos Públicos de entonces, José Luis D’Ippólito.

Nada es lo que parece

En este panorama, la precarización laboral y la caída salarial provocaron la dispersión de la protesta social, pero no la cancelaron. El salto tecnológico casi eliminó la concentración de muchos trabajadores en un solo lugar. Éstos no se comunican, no hacen asambleas, no intercambian ideas ni pareceres. Se limitan a rumiar su pobreza en la soledad de sus precarios trabajos. Manejan remises, bicicletean furiosamente con sus mochilas anaranjadas y azules, venden en las redes sus productos, deambulan de una changa a otra. Están hiper ocupados y sub asalariados. Hacen mucho por poca paga y sólo piensan en una subsistencia cada vez más dificultosa. Los argentinos no están dormidos, fueron adormecidos por la droga del algoritmo.

En el imperio del algoritmo no se comunica, sino que se aisla a las personas. La comunicación entre los seres humanos exige la presencia de los otros. Si no hay otros, no hay comunicación y sin comunicación, no hay acción política. El Pueblo se convierte así en un ser sin alma, ni carne, ni substancia. Las plataformas reordenan el trabajo obligando a las personas a competir entre sí. Pelean por los clientes, por los productos y por los vehículos que deben utilizar para entregar más rápido y ganar un dinero que permita el consumo. No es lo mismo una moto que una bicicleta a la hora del reparto. Si se transportan pasajeros, tampoco es igual un auto moderno que uno más antiguo. Hay competencia y rivalidad, no colaboración, ni solidaridad, ni intereses comunes.

La política, entretanto, se transmite a través de las redes, lo que impide la comunicación, paradójicamente. Las redes son instrumentos de incomunicación. Un troll puede detener o desviar una versión que corre por el algoritmo (ésa es su función, al fin y al cabo), con el simple recurso de negarla o echar culpas contra alguien, adjudicando delitos a los demás, pidiendo prisiones sin ser jueces o calumniando sin temor a ser judicializado. La verdad no tiene cuerpo, posee una transparencia similar a la de la mentira. Es líquida. Por eso, es la verdad lo que está en crisis.

En 20025, alguien acuñó en el New York Times el término “truthiness”, un neologismo que se refiere a la verdad como una impresión subjetiva, que carece de objetividad. Según el filósofo coreano Byung-Chul Han, “la arbitrariedad subjetiva que la constituye suprime la verdad. En ella se expresa la actitud nihilista hacia la realidad. Es un fenómeno patológico de la digitalización. No pertenece a la cultura de los libros”.

Paralelamente, los trolls son los amos de las redes. Ellos no sólo imponen su versión de la realidad. Ésa es apenas la consecuencia más superficial. Ellos, además diseñan la agenda de los temas en discusión y la “versión oficial” que los define. Si la plata no alcanza para llegar a fin de mes, el troll le recomienda que consiga otro trabajo, que se esfuerce más, que estudie más, que gaste menos. No existe para el mundo troll un proyecto económico regresivo, que transfiere ingresos desde los más pobres a los más ricos.

En esta fragmentación, desaparece el bien común. Éste se diluye en aspiraciones individuales, en proyectos personales o en aventuras particulares. No hay problemas sociales, sino apenas individuos que sufren. La protesta, entonces se diluye en tragedias que ocurren en la soledad de una habitación.

Por estas razones, en estos días las calles están semivacías, contradiciendo la tradición de los argentinos de unirse para resolver los problemas colectivos. Las personas ahora miran sus pantallas en busca de soluciones. No miran a sus prójimos para buscar ayuda, porque “el otro” desapareció de la escena virtual. “El otro” existe en la calle, cuando el canto es colectivo, cuando la unión hace la fuerza y cuando el miedo se enfrenta codo a codo con los demás. En una caja cerrada no hay “otro”.

El sujeto político de estos días agoniza lentamente de algoritmo. El coro se disolvió en decenas de solistas, mientras que en las redes un bot publica, tuitea, comparte y le dice a usted que el culpable es el otro, pero que si el otro no tiene la culpa, la culpa la tiene usted. Y que la vida es bella así como está y no es necesario que llegue uno de esos disconformes que siempre existen para arruinar todo. Y que a éstos habría que cancelarlos para que aprendan. Si usted no está de acuerdo, también se va a quedar afuera.

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