Cuando fracasa la política, es el turno de la Guardia de Infantería
Cuando no existe la política, aparecen los gases, los palazos. El que no negocia es porque quiere imponer por la violencia sus intereses. La pregunta es: ¿cuáles intereses? ¿Los de los que anoche fueron gaseados, apaleados, capturados y encarcelados? ¿O los de otros, que no salen del anonimato, pero cobran y pagan?
La concentración se estaba disolviendo de a poco, después de una pacífica jornada de protesta. “La Patria no se vende”, cantaban los manifestantes, una consigna que debería ser indiscutible. Alrededor de las 18:00 empezó la represión. Primero, los gases, después los camiones hidrantes y, por último, la Guardia de Infantería. Los gases y los cañones de agua dispersan a los protestones y, si no comprenden la urgencia del Gobierno por pasar rápido la página, los alegres muchachones de la Infantería convencen con sus pesados garrotes a los inoportunos de que hay mejores lugares a los que se puede ir a joder.
El dispositivo fue enorme. Había un despliegue imponente de uniformes, equipos y carros de asalto para apalear y gasear, lo que abre no uno, sino varios signos de interrogación.
¿La razón de tanta violencia, cuál fue, entonces? La primera fue la revancha, porque la multitud fue el disuasivo más contundente para que los capítulos de posesión de la tierra y de manejo del fuego fueran apartados de la discusión de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada.
La segunda razón tiene que ver con los perjudicados por el fracaso legislativo. Hay mucho dinero en juego. Sin ir más lejos, un senador libertario es el presidente de la empresa Glocal Terra SRL, que asesora en inversiones agropecuarias a empresas extranjeras que operan en Argentina, Uruguay, Chile, Paraguay y Perú. De esta manera, la expansión del límite de posesión de tierras para extranjeros del 15% actual al 25% que proponía la administración libertaria no era un proyecto inocuo, sino que ponía en juego la ética, una materia inexistente en el vocabulario político libertario en estos días. Quizás la confluencia de un Sturzenegger con un Benegas Lynch explique la necesidad de aprobar un proyecto sin cambios, ni tachaduras, ni aportes, ni mejoras. Aceptar las objeciones de los argentinos hubiera significado que existía la búsqueda de un bien común. No hacerlo, implica una confesión de partes de que existen negocios que no se pueden explicar, en los que unos pocos se quedan con lo de muchos.
La cultura de los asistentes al acto reconoce influencias muy diversas. Estuvieron los sindicatos -se destacó el Sindicato de Prensa de Buenos Aires-, las agrupaciones políticas -La Cámpora se hizo presente con una multitudinaria delegación- y miles de personas sueltas que temen que el país se les vuelva aún más ajeno de lo que ya es en este tiempo.
La concentración fue tan contundente, pacífica y clara en sus objetivos, que la represión se desató para que se hablara de ésta y no de las razones de los manifestantes. La actitud radicalizada del ministro de la pomposa cartera de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, se negó a aceptar cambios en los textos y eligió morir con la propia. Esta postura inflexible no podía tener otro colofón que los gases de la Guardia de Infantería. Sin política, sin brújula, sin aptitudes de gobierno, sin ética, sin razones de bien común, sin votos suficientes, tuvieron que aceptar la humillación de que se le cayeran muchas manos que habitualmente se alzan a su solicitud.
En medio de la represión, un zócalo de Todo Noticias: Los manifestantes quemaron una bandera norteamericana, asimilando el incendio con el imperio que quemó a cientos de personas en todo el mundo. Irreprochable, para los argentinos de bien.
Los gobernadores de Tucumán, Santa Cruz, Salta y Catamarca, que alguna vez lubricaron el camino de la aprobación de algunas polémicas leyes, esta vez se opusieron, escaldados por la reacción popular, que tomó esta causa con un fervor malvinero. Inclusive, se vieron cientos de banderas con el lema de Las Malvinas son Argentinas, escritas con la misma tipografía de la que enarbolaron algunos jugadores en el Atlanta Stadium, tras eliminar a la selección inglesa de fútbol.
La calle fue nuevamente -y esto marca la crisis del peronismo- el escenario. El bloque Justicialista votó unido, sin deserciones esta vez, incluso atrayendo nuevamente al redil a algunos prófugos, como la cordobesa Alejandra Vigo, la salteña Flavia Royón y a los tres tucumanos. Todos éstos suelen escuchar al Flautista de Hamelin con excesiva complacencia, aún sabiendo que pueden terminar en el río. De todos modos, el peronismo sigue sumido en su vértigo disolvente y las respuestas institucionales -como los votos parlamentarios- suelen ser, por eso mismo, vacilantes, más allá de la convicción que pongan sus miembros en defender las banderas tradicionales.
La calle, en una palabra, sostuvo las banderas que el peronismo no supo sostener en el palacio, porque la ley, mutilada pero igual de cruel, fue finalmente aprobada.
Hay muchas materias pendientes, pero la situación es siempre la misma en tiempos de crisis. El peronismo siempre puede fallar en el palacio, pero entonces queda la calle. Ésa es la última línea de resistencia y esto se comprobó una vez más este jueves seis de agosto en la Batalla por la Tierra, que este viernes siete de agosto continúa en la cercana y querida iglesia de San Cayetano.
Paz, Pan, Tierra y Trabajo para todos fue la consigna que legó a todos, a absolutamente todos, incluso hasta a los que se olvidan, el Papa Francisco, que bendijo con su presencia nuestra tierra durante 88 años, los últimos doce en el Vaticano. Los Pueblos no se detienen jamás en su búsqueda de justicia y soberanía.