Reciclar o saturar (segunda parte)
Muchos de los puntos flojos que arrastran históricamente los contratos de concesión de la recolección de residuos sólidos urbanos aún siguen estando presentes en la actual licitación que, de todos modos, ha mejorado en otros rubros.
La producción de áridos
En el centro de reciclado de la calle Varela se efectúa la separación, desde hace cuatro meses, de los residuos áridos, que son los que resultan del descarte de materiales de las obras de construcción, es decir, los escombros y la carga de los volquetes.
En junio se trataron allí 8.600 toneladas de residuos. Para tomar conciencia de la importancia de este rubro en la generación de basura, basta saber que, de las 1.814.000 de toneladas generadas en 2009, unas 600 mil ?un tercio del total? fueron residuos áridos. Si en la calle Varela se pudiera mantener el promedio alcanzado en junio, unas 100 mil toneladas de áridos serían tratadas anualmente. El resto, como ocurre hasta ahora, irán a parar a Norte 1, el predio de la Ceamse que recibe los residuos porteños sin tratar, lo que sería un despropósito. Es necesario incrementar el volumen de producción de este predio, porque además el producto resultante tiene salida al mercado.
Campaña de concientización
Para que el nuevo contrato de la basura tenga éxito, deberá proponer a los porteños un fuerte cambio cultural. Son muy positivos los puntos en los que se propone que todo el mundo lleve las bolsitas al contenedor, sea éste del color que sea, pero en las grandes ciudades del mundo se considera un gran éxito si se separa en origen ?es decir, en domicilios particulares? el 25 por ciento de los residuos que se generan.
Esto quiere decir que hay que ir hacia lo que en algún momento planteó Santilli, quien dijo que ?es imposible seguir generando cinco mil toneladas diarias de basura y llevarlas a enterrar?. Buenos Aires debe reciclar y recuperar mucho más que el 25 por ciento de los residuos que genera, entre otras razones, porque carece de territorio propio para efectuar la disposición final, es decir, su enterramiento. Esto debe ocurrir, más allá de otras loables razones en las que existe una mayor coincidencia, como que se debe evitar la contaminación de las napas de agua y la generación de los gases nocivos que producen el almacenamiento de residuos sin clasificación previa.
El problema que tiene actualmente el sistema es que, en los contenedores para secos se arrojan residuos húmedos, que impiden la separación en ambos rubros. Residuo seco que se humedece, sea papel, cartón o cualquier otro, es residuo que va a enterramiento. Y ése es el residuo reciclable. Además, con sólo mirar las calles de la Ciudad, es posible darse cuenta de que al menos el 30 por ciento de la basura está fuera de su lugar.
La mezcla de secos y húmedos es la consecuencia de una clara falta de campañas de información y de educación. Sencillamente, la gente no sabe que un tipo de residuo va en un contenedor de tapa gris y el otro en el contenedor de tapa naranja. Además, desconoce cuáles son los objetivos del reciclado y la separación. Es criminal que exista un método para mejorar el sistema y, por falta de información a la gente, sea esterilizado, ya que el sistema no es barato y porque no se puede implementar sin informar a la gente sobre la manera de aprovecharlo.
Para que estos cambios sean posibles, es imprescindible la concientización. Se viene hablando desde hace años de este tema, pero no ha habido sino algunos intentos aislados, como el de la bolsita verde de los supermercados, que implementó el entonces ministro de Medio Ambiente Eduardo Epszteyn, que duró poco y fue una campaña incompleta. Lo mismo ocurrió con la iniciativa del gobierno de Jorge Telerman de poner en la calle contenedores de diferentes colores para que los vecinos arrojaran allí distintos tipos de residuos: azul para el papel y cartón, amarillo para el plástico, y verde para el vidrio. No se hizo ninguna campaña al respecto.
También hubo intentos fallidos por la intervención de algunos ineptos en el diseño de los productos. En los tiempos en que Juan Pablo Piccardo era ministro de Ambiente y Espacio Público, alguien tuvo la idea genial de elaborar un videojuego en que la heroína SuperAPrA (por la Agencia de Protección Ambiental) intentaba enseñarles a los chicos de 8 a 11 años los principios ambientales que son necesarios conocer y respetar para vivir en una ciudad más limpia. El intento fue tan fallido como la política ambiental de Piccardo.
En el videojuego, una voz de maestra sarmientina ?remera marrón, traje verde, pelo rojo fuego, cintura estrecha y senos generosos? felicita o reprueba a los chicos con un ?correcto?, ?incorrecto? o ?vuelva a intentarlo?. El propio subsecretario de Higiene Urbana, Fernando Elías, calificó, en la conferencia de prensa para presentar los avatares de la nueva licitación, a esta pieza educativa con un lapidario ?es de cuarta?. Inmediatamente prometió: ?Vamos a hacer otro, mucho mejor?.
Un tiempo demasiado corto
Las empresas que se hagan responsables a partir de octubre o noviembre de 2011, si se cumplen los plazos previstos, de la ejecución del contrato deberán efectuar una fuerte inversión en logística y equipamiento, ya que, al decir del propio Santilli, ?hay mucha obsolescencia en el parque automotor?. Además, el Estado porteño les reclamará la compra de camiones menos ruidosos y la instalación y mantenimiento de miles de contenedores, entre otros rubros técnicos.
Esto quiere decir que ya el concepto de contratos por cuatro o cinco años se volvió obsoleto. Algunos camiones deberán ser de carga lateral para operar los contenedores de tres mil litros, que hoy no existen en la Ciudad. Eso significa que deberán ser comprados en su totalidad. Esas inversiones y otras nuevas exigen una duración de los contratos mucho mayor, porque todo ese equipo lo pagan los porteños y todos saben que no es lo mismo amortizar un producto en cuatro años que en diez.
Existe en la Legislatura una discusión para el dictado de una ley marco, que regule el contrato más importante de la Ciudad, que es el de recolección de residuos. Los legisladores de la oposición, liderados por Eduardo Epszteyn, se proponen pautar contratos de siete años, con opción a una prórroga por uno más, que de todos modos quedará corto también en poco tiempo. Lo ideal sería, probablemente, que duraran nueve o diez años y se exigiera a las empresas una renovación de equipamiento que incluyera camiones con motor a GNC y una reposición más acelerada de los equipos que se deterioran o son vandalizados. Además, no debería existir temor por alargar los plazos de los contratos hasta 15 o 20 años, ni por convertir a la Ciudad en una zona única para que una sola empresa o una UTE se haga cargo de todo el servicio. De todos modos, estos temas deberán ser consensuados y pautados en una ley marco, que sea la que establezca las pautas para que los contratos sean más largos y las empresas sepan de antemano en qué deben invertir. Incluso, debería ser llevada al Congreso, para que regule la actividad en todo el país.
Ésas deberían ser las discusiones por venir, para que los porteños tengan la calidad de vida que se merecen.