Diario de incertidumbre
Un accidente ocurrido en casa y, de repente, la cama de un hospital. Así, sin medias tintas ni sutilezas, se encuentra Diana, postrada, en un estado que va más allá de la cama. Porque la metáfora de la incapacidad en el desplazamiento atraviesa la cuestión física para adentrarse en un reseteo del disco rígido de la vida que ha venido llevando a través de los años. Con un texto rico en sus palabras y climas, al tiempo que plantea interrogantes y dudas, Diana va y viene entre el pasado y el presente, como quien ve una película de su propia vida.
La multimedia utilizada para tal fin es acorde e ilustrativa, siendo cien por ciento útil a la idea de la puesta. El diseño del espacio es exacto para lo requerido, es decir, blanco, frío y etéreo como un mar de inquietudes dispuestas a ser resueltas. En el medio, esa balsa con forma de cama navega en las aguas turbulentas de los hechos y vivencias pasadas, con olas gigantes de ?culpa? dispuestas a tumbar la travesía de Diana. Allí, como quien brinda un ?pido? ?como decíamos cuando éramos chicos?, aparecen la médica y la enfermera.
Cada una de ellas con el papel que le corresponde: frialdad medicinal y curativa, la primera, y una empatía cómplice, la segunda.
La puesta mantiene la tensión a lo largo de los 70 minutos, atrapando con sus inquisiciones personales, comunes a una amplia franja de hombres y mujeres que van desde los veintipico a los cuarentipico. El final queda redondo a lo visto, aunque quizás esto no quite una previsibilidad que ?a título personal? hubiese sido preferible omitir para transitar por otro camino.
Emilse Díaz es una Diana reconocible en todos, sin respetar una cuestión de género que, para algún sexista, podría ser una barrera. Díaz realiza una estupenda composición, sentida y atrapante, de un texto fino y contundente que ataca los cimientos de todo aquello con lo que se ha crecido a través de los años, a pesar del pesar.