Me sigo pavimentando
Fue hace muchos años, acaso un cuarto de siglo, que la Intendencia de la Ciudad anunció que ya no había calles de tierra, que ya todas habían sido asfaltadas o tenían adoquines u otra clase de pavimento. Bullshit. La semana pasada, la noticia llegó a través de la Asamblea Popular de Pompeya: vecinos de la populosa Villa 21, más precisamente del barrio San Blas, están asfaltando calles por las suyas, sin la menor ayuda ni participación del Gobierno porteño. Junto a un recodo, una curva especialmente cerrada del Riachuelo, erigido sobre unas antiguas playas de maniobras del ferrocarril, donde estaba la estación Solá, el barrio pasó en dos décadas de ser campo a un conjunto abigarrado, creciendo alrededor de la pequeña capilla, primero de manera sostenida y luego de la crisis de finales de 2001, francamente explosiva. San Blas es un barrio donde el idioma principal es el guaraní: la mayoría de sus habitantes son paraguayos e hijos de paraguayos pero también hay familias correntinas, chaqueñas y formoseñas. Está reputado como uno de los puntos rojos en materia de seguridad, pero en la mañana del último martes, cuando Noticias Urbanas estuvo allí, sólo se veía gente trabajando.
Quien concertó una cita con los vecinos pavimentadores y con su pastor, el célebre padre Pepe (José María Di Paola), fue uno de los puntales de la Asamblea Popular de Pompeya, Julio Tamae. Dio la casualidad de que el martes, apenas nos encontramos, ?el Chino? Tamae nos informó rebosante de orgullo que su hija, la cineasta (María de la Cruz) Tamae Garateguy, acababa de ganar el Primer Premio en el Festival de Mar del Plata con su ópera prima, Pompeya, cuyo principal escenario es la Villa 21 y con más precisión el barrio de San Blas (ver recuadro).
Al llegar, fuimos recibidos por el albañil Inocencio Antonio Vega y Angelina Duarte, líderes naturales de los vecinos del lugar, quienes están organizando una asociación de vecinos que planean llamar ?Carlos Antonio López?, por el presidente paraguayo (1844-1862) bajo cuyo mandato Paraguay se dotó de siderurgia, ferrocarril y flota nacional, antes de ser arrasado por la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870).
Antonio, como llaman todos a Vega, dirige las obras. Tiene un pequeño corralón de materiales y es un constructor tan empeñoso como prolífico, característica que, a fuerza de hacer habitaciones, le permite ser el líder de una familia extensa que promedia las 40 personas. Los aproximadamente 60 metros de la calle que va desde el Riachuelo a la capilla y que será inaugurada el próximo sábado 4 de diciembre ?informa? costaron unos 25 mil pesos en materiales, incluyendo mallas y hormigón armado, pero sin contar la mano de obra, que fue voluntaria.
Dicen Antonio y Angelina que inaugurarán la calle, continuación de Zabaleta, con una fiesta de despedida al padre Pepe, que luego de la tradicional procesión de la Virgen, el 8 de diciembre, se irá a vivir a Añatuya, en el norte santiagueño. El padre Pepe fue durante doce años el párroco de Nuestra Señora de Caaguazú, lapso en el que abrió otras dos nuevas parroquias y recibió varias amenazas de quienes mercan paco entre los jóvenes del lugar, cegando y segando su existencia.
Los vecinos consultados no supieron explicar por qué el barrio se llama San Blas. Según el santoral, San Blas fue un médico armenio del siglo III que se retiró del mundanal ruido, volviéndose anacoreta y conviviendo con las fieras, hasta que los romanos lo encontraron y como no consiguieron ni bajo tormentos que abjurase de su cristianismo, lo decapitaron. Claro que si se tiene en cuenta que en sucesivas épocas algunos funcionarios municipales llamaban al nuevo barrio ?La Toma? o ?La Quema?, se entiende que sus vecinos pronuncien esas dos sílabas, san-blas, con cariño. El que no es muy popular es San Lorenzo: en San Blas, como en toda la Villa 21, son mayoría los quemeros.
Como el padre Pepe, que entre vírgenes, estampitas de santos y fotos del padre Daniel Sierra ?el compañero del padre Carlos Mugica que fue párroco hasta su muerte, en 1992? tiene una bandera de Huracán. Porque, conversando, ya llegamos a la iglesia de Caaguazú (literalmente, yerba grande), y el sacerdote, de aspecto juvenil, nos recibe en vaqueros y con el cuello de clérigo desabrochado.
Muchas cosas cambiaron durante los doce años en los que el
padre Pepe fue párroco. La parroquia, por ejemplo, se dividió en tres, cada una a cargo de un cura, y en los últimos tiempos Pepe se dedicaba sólo a coordinarlos. Tan pronto nos sentamos surge el tema de su próximo alejamiento. Es evidente que todos le tienen mucho afecto.
Comentando la iniciativa de los vecinos de ir pavimentando por sí mismos las calles de la villa, valiéndose del trabajo solidario, el padre Pepe razona que si el Estado no hubiera estado completamente ausente durante el proceso de urbanización, muchos problemas podrían haberse evitado. ?Si cuando se loteó hubiera estado un arquitecto del Estado, podría haberse previsto dónde se pondrían caños y cloacas, podría haberse garantizado un buen trazado?, señaló el cura. ?El gran secreto de Mugica y sus compañeros curas es haber venido a vivir a la villa, algo que el Estado nunca hizo. La clave es estar acá, no venir de afuera. Cualquier cosa que se quiera hacer, si no se hace desde adentro, difícil que sirva. Porque si no se está adentro no se conocen las necesidades. Si en las villas hubiera delegaciones municipales, seguridad, lo que hay en los demás barrios, otro gallo cantaría?, razonó. ?Amerita poner una delegación del CGPC. Falta decisión política de que el Estado tenga una fuerte presencia en las villas?, insistió.
Para el sacerdote, ?lo primero es caminar la villa y hablar con los vecinos. La ausencia del Estado a veces la palia la Iglesia. Por ejemplo, las constancias de domicilio se hacen acá, en la parroquia. Te la piden del hospital, para los planes. Aunque más no fuera para hacer esta tarea, debería haber una delegación municipal. Porque haciendo ese trabajo, rápidamente se conoce todo el barrio. Te la piden, tomás nota, manzana tal, calle tal. ?Vaya que en un ratito se la llevo?. Y vas charlando con la gente del barrio. Y en poco tiempo conocés a casi todo el mundo?.
El cura es interrumpido en ese momento por Angelina y otros dos vecinas más jóvenes que se han sumado a la conversación, Ramona y Rebeca, quienes se quejan de que no hay ningún colectivo que una la villa con el hospital cabecera, el Penna. ?Tendría que haber aunque más no fuera un ramal de las líneas 46 o 70, que pudiéramos tomar?, dicen.
El padre Pepe, como los demás curas villeros de la Ciudad, prefiere hablar más de ?integración urbana? que de ?urbanización?, término que suele confundirse con colonización. ?Nuestro objetivo es que quienes viven en las villas tengan las mismas posibilidades que quienes viven en los barrios ricos: garantizar el acceso escolar para todos los niños y jóvenes, que se hagan cloacas antes de inaugurar salitas de salud y que algún día no muy lejano los médicos, los abogados, los profesores, los capataces y también los curas surjan de la propia villa?, concluyó.
Una Babel de las mafias
Una guerra entre mafiosos rusos y coreanos narrada por una cineasta de sangre nipona y vasca en un ?barrio de tango, luna y misterio? donde se habla guaraní. Eso es, en apretada síntesis, la película Pompeya. Que es pura ficción, como los films de Tarantino, vale recordar en defensa de vecinos tan pacíficos como laboriosos que suelen ser estigmatizados por periodistas tan perezosos como reaccionarios.
Gracias a ese humor zumbón y algo perverso, tan argentino que hace que llamemos ?gallegos? a todos los españoles, tanos a todos los italianos y turcos a los descendientes de árabes, no puede sorprender que ?el Chino? Tamae sea descendiente de japoneses. Su hija adoptó el apellido nipón como nombre y le sumó el apellido vasco francés de su madre. Tamae Garateguy ya había sido premiada por un película, Upa, hecha junto a otros dos directores nóveles, pero Pompeya es su primer film como realizadora individual.
Su debut no pudo ser más exitoso, ya que fue premiada en el Festival Internacional de Mar del Plata como ?la Mejor Película Argentina? por un jurado integrado por Dominique Sanda, Roman Gubern, Mario Canale, Ruy Guerra y Graciela Maglie.
El premio mayor, internacional, recayó en Essential Killing, del polaco Jerzy Skolimowski, seguida por Aballay, del argentino Fernando Spiner, sobre un cuento del gran escritor mendocino Antonio Di Benedetto.
Pompeya es una película de superacción. Así la describió su directora: ?Cuando empezamos a pensar historias con el guionista Diego Fleischer coincidimos en nuestro gusto por las películas de mafia y nos entusiasmamos con la idea de traspolar ciertos clichés de este género a un escenario argentino, más precisamente al barrio de Pompeya. La historia empieza con un guionista principiante, Juan Garófalo, que es contratado por el director Samuel Goldszer para escribir una película de gangsters ambientada en Buenos Aires. Así surgen Dylan, el brutal pero atractivo héroe del bajo mundo; Timmy, su trastornado hermano sordomudo; Shadow, su amigo ladino y mujeriego, y Lana, la femme fatale de Pompeya que inicia un triángulo amoroso. Pero Pompeya oculta un secreto y es disputada por la mafia rusa y coreana, y Dylan queda atrapado en una secuencia de crímenes sanguinarios. Nada es lo que parece: Dylan lucha por su supervivencia mientras que Juan, el guionista que lo inventó, queda atrapado en una red de ambiciones y miserias. Ficción y realidad se confunden? hasta que ocurre algo inesperado?.