“A veces me pregunto cómo terminé siendo actor”
Un dios salvaje es una experiencia interesante, una metáfora con respecto a la violencia social, y Alan, mi personaje, es un abogado que representa la violencia cínica; es con el que menos se identifica la gente. Javier Daulte, el director, tuvo la gran idea de convertirlo en un hombre que vive para su trabajo. Además, es el primero que plantea que las cosas son horribles como si fuera un hecho y sin contradicción. ?Me hago cargo que soy una porquería y mi hijo es un salvaje?, y esto lo sostiene con una impunidad? Así van cayendo las máscaras de todos los personajes. Digo, el Puma Goity lo sostiene hasta cierto momento, mi mujer (Florencia Peña) se descompone y María Onetto, que es la ?Reina de la Civilización?, ve como su discurso queda vacío. Ojo, casi todas las cosas que dice me parecen fundamentales, pero como lo dice tanto y sin parar, termina siendo violento y sin contenido.
Con la obra, se tiene la sensación de no saber si es cómica o trágica. La reacción es muy paradójica, porque desde el escenario te da una sensación de cierta identificación de la gente, como si te estuvieras riendo de vos mismo. La gente reconoce el planteo de la obra en el ?ser civilizados? y se vuelve catártico cuando se dan cuenta que no lo son.
Además, uno pensaría que el público quiere que se resuelva el problema pero prefiere que los personajes se maten a golpes. Hasta se escucha la arenga del público como si fuera un ring. Nunca viví eso con ninguna obra. Si estamos de acuerdo en que debemos ser civilizados y la obra cuestiona eso, ¿por qué la gente quiere que nos caguemos a trompadas? Cuando mi esposa amenaza con tirarme el celular al agua, se escuchan gritos de ¡tiráselo!
Impasse 1: Fernán llega justo. Sin barba y con el pelo más corto, mantiene un aura juvenil y de chico de barrio. Unos turistas hablan a los gritos mientras apuramos un café para cortar el frío.
Puedo manejarme bien con la obra y las grabaciones de Para vestir santos. En otra época hice tira y teatro; tenía que hacer teatro, era como una adicción. Al ser Para vestir santos un unitario, los tiempos son otros y se hace más liviano. La tira te exige resolver ya y no tenés tiempo para pensar. En el unitario, tenemos los libros mucho antes y tenés tiempo entre cada escena. Además, Para vestir santos tiene el libro de Daulte. Ahí, Sergio, mi personaje, gira y tiene una función en torno al de Gabriela Toscano, que es bastante particular. Me interesó eso del hombre que está con una mina problemática. Ellas (NdR: los personajes de Gabriela Toscano, Celeste Cid y Griselda Siciliani, las protagonistas) tienen unos tipos, como Daniel Hendler o Héctor Díaz, que no le encuentran la vuelta a estas minas. Por un lado, deseás que Sergio esté con ella, pero a la vez les faltan un par de jugadores a todos.
Con la popularidad no me llevo mal. En general me llevo muy bien, pero cuando estoy haciendo cosas menos populares descanso más. Viví pocas situaciones incómodas o que alguien se desubique. Me irrita que si estoy en un hospital con alguien enfermo, venga alguien a pedirte un autógrafo. Me ha pasado: había ido a visitar a una amiga que estaba muy enferma y, de repente, había gente que entraba a la habitación. Aparte, la gente piensa que sos una mezcla de tus personajes y las notas que diste, que dependerán de si estaba amargo ese día o tenías ganas de hablar. No es sano estar pendiente de la mirada de los demás. Si pensás que cada persona te está mirando, te quemás la cabeza.
Impasse 2: La nota muta en charla informal y amena. Fernán tiene ganas de conversar. No esquiva temas y habla con humildad, sin perder el humor.
Un fenómeno como el de Tango feroz te cambia la situación. Requiere mucho ajuste, pero lo primero que cambia es el entorno. Lo que empezás a ver es cómo los demás te miran. Una frase típica de esa época que me llamaba la atención era ?¿ahora no me vas a saludar más??. Entiendo a qué apunta, pero ¡nada que ver! No fue negativo lo que pasó. Podría haber estado toda la vida esperando que pase algo así y que al final no pase nada. Me abrió un montón de puertas y me cambió la carrera. Por otro lado, Tango feroz es una película que quiero mucho.
Actuar es una actividad rara porque tengo que asumir que es una profesión narcisista y yo soy una persona tímida. De tanto en tanto fantaseo sobre cómo estaría si fuera pintor, tal como pensaba cuando estuve en Bellas Artes. Por momentos me pregunto cómo terminé siendo actor por cómo era de adolescente. Igualmente, siempre tuve mucha curiosidad por lo artístico y fui mutando. Me gusta mucho lo que hago, y tengo ganas de hacer un montón de cosas. Si me veo a los 17 y a lo que es hoy mi vida, me pasaron cosas extrañas respecto a lo que iba a ser mi futuro y tengo la sensación de que el destino fue para donde quiso. No sabía si iba a terminar como profesor de plástica aunque tenía la fantasía de ser pintor. De ahí a ser actor y todo lo demás fue muy raro. Más lo que pasó a cierta edad, con esa película y después el teatro y la televisión... Si hubiese tenido que adivinar, ¡ni en pedo la acertaba!