Trump perdió: ¿Los jóvenes están empezando a imaginar otro futuro?
Hace apenas dos años, buena parte del análisis político internacional coincidía en señalar un fenómeno inquietante: los varones jóvenes estaban girando hacia la derecha radical. Donald Trump había conseguido conectar con una generación atravesada por la frustración económica, la incertidumbre sobre su futuro y una creciente desconfianza hacia las instituciones.
La elección estadounidense de noviembre de 2026 obliga a revisar aquella interpretación.
Los demócratas recuperaron el control de ambas cámaras del Congreso y lograron importantes victorias en territorios tradicionalmente republicanos. Pero quizás el dato más interesante no esté solamente en el mapa electoral, sino en el comportamiento de una generación que había sido presentada como protagonista de una nueva hegemonía conservadora.
Según las estimaciones iniciales del centro de investigación CIRCLE, de la Universidad Tufts, aproximadamente el 65% de los votantes de entre 18 y 29 años apoyó a candidatos demócratas para la Cámara de Representantes. Entre los varones jóvenes, ese respaldo alcanzó el 58%. Dos años antes, el 56% de los varones de esa edad había votado por Trump.
No se trata de afirmar que todos esos jóvenes cambiaron individualmente de opinión. Son elecciones diferentes y todavía estamos frente a estimaciones preliminares. Sin embargo, el desplazamiento es demasiado importante para ignorarlo.
La pregunta es si estamos asistiendo simplemente a un rechazo a Trump o al comienzo de una reconsideración más profunda sobre las respuestas que ofrece la derecha radical.
La generación que perdió la promesa de progreso
Durante buena parte del siglo XX, las sociedades occidentales se organizaron alrededor de una expectativa relativamente sencilla: las nuevas generaciones vivirían mejor que sus padres.
La educación, el trabajo, la vivienda y la posibilidad de formar una familia estaban asociados a una idea de progreso.
Esa promesa comenzó a debilitarse mucho antes de la aparición de Trump.
Hoy, millones de jóvenes descubren que estudiar no garantiza estabilidad económica, trabajar no siempre permite acceder a una vivienda y las transformaciones tecnológicas amenazan con modificar profesiones antes consideradas seguras.
Una encuesta de Harvard publicada en octubre muestra la profundidad de este problema. Por primera vez en sus registros, la proporción de jóvenes estadounidenses que espera vivir económicamente peor que sus padres supera, aunque por un margen pequeño, a quienes creen que estarán mejor.
Apenas el 9% considera que su país avanza en la dirección correcta.
No estamos hablando solamente de malestar político. Estamos hablando de una generación que tiene dificultades para imaginar su propio futuro.
La derecha supo interpretar el enojo, pero ¿pudo resolverlo?
La expansión de la derecha radical no puede comprenderse únicamente como el resultado de una estrategia de comunicación.
Trump y otros dirigentes identificaron frustraciones reales que buena parte de la política tradicional había sido incapaz de interpretar.
Particularmente entre los varones jóvenes, las redes sociales y determinados influencers construyeron un relato que ofrecía explicaciones simples para problemas complejos. La pérdida de oportunidades, las transformaciones culturales y la incertidumbre económica podían atribuirse a enemigos identificables: las élites, los inmigrantes, el progresismo o las instituciones.
Era una propuesta que prometía recuperar el control sobre un mundo percibido como cada vez más hostil. Pero existe una diferencia fundamental entre ofrecer una explicación emocionalmente satisfactoria y resolver las causas de esa frustración.
Los jóvenes siguen necesitando empleos, salarios suficientes, viviendas accesibles y oportunidades de desarrollo. La confrontación cultural puede movilizar políticamente, pero no reemplaza esas condiciones materiales.
Y cuando las promesas de recuperación no se traducen en mejoras concretas, aparece inevitablemente una nueva decepción.
En marzo, Reuters ya registraba entre varones jóvenes que habían votado a Trump críticas por los precios elevados, las dificultades para acceder a la vivienda y la falta de mejoras en sus perspectivas económicas.
Las elecciones de noviembre parecen haber confirmado que aquel desencanto tenía una dimensión política considerable.
El dato que cambia la discusión
Hay otro resultado que merece atención.
Una investigación publicada en septiembre por el Symposium on Young American Men encontró que el 63% de los varones estadounidenses de entre 18 y 30 años quería que el gobierno federal hiciera más para resolver los problemas que enfrentaban los hombres jóvenes.
Incluso entre quienes se inclinaban por candidatos republicanos, esa posición alcanzaba el 67%. Este dato desafía una interpretación demasiado simple del giro conservador juvenil.
Muchos jóvenes que acompañaron a Trump no necesariamente estaban reclamando la desaparición del Estado ni una sociedad organizada exclusivamente alrededor del individualismo. Estaban reclamando respuestas. Y cuando esas respuestas no llegan, pueden volver a revisar sus preferencias.
Esto tampoco significa que estemos asistiendo a una conversión automática hacia posiciones progresistas. Las encuestas muestran un fuerte rechazo a Trump, pero también una profunda desconfianza hacia los partidos y las instituciones tradicionales.
El fracaso de una respuesta política no garantiza el éxito de otra.
No quieren volver al mundo anterior
Aquí aparece, a mi entender, la cuestión más importante.
Sería un error interpretar estos resultados como una simple restauración del orden político anterior al ascenso de Trump.
Los problemas que alimentaron el descontento continúan existiendo. La desigualdad, la concentración de riqueza, las dificultades de acceso a la vivienda, la incertidumbre laboral y el debilitamiento de las expectativas de movilidad social no desaparecen con un resultado electoral.
Quizás lo que empieza a modificarse es la confianza en determinadas respuestas.
Durante años, la derecha radical consiguió presentarse como la fuerza capaz de romper con un sistema que había dejado de ofrecer oportunidades.
Pero el verdadero interrogante sigue abierto: ¿qué significa transformar ese sistema?
Una sociedad diferente no puede limitarse a recuperar instituciones y consensos del pasado. Necesita revisar cómo se distribuyen las oportunidades, cómo se organiza el trabajo, cómo se democratizan los beneficios del desarrollo tecnológico y cómo se garantiza que el progreso vuelva a traducirse en bienestar colectivo.
La inteligencia artificial, por ejemplo, podría contribuir a una nueva etapa de prosperidad. Pero también puede profundizar la concentración económica y la desigualdad si sus beneficios quedan restringidos a unos pocos actores.
El problema no es solamente tecnológico. Es profundamente político: quién decide, quién participa y cómo se distribuyen los resultados de esa transformación.
Una enseñanza para la Argentina
Sería apresurado trasladar mecánicamente el comportamiento del electorado estadounidense a nuestro país. Las condiciones económicas, culturales e institucionales son diferentes.
Sin embargo, existe una pregunta que atraviesa a muchas democracias contemporáneas: ¿qué ocurre cuando una generación deja de creer que el futuro será mejor que el presente?
El malestar juvenil no pertenece naturalmente a ninguna corriente ideológica. Puede expresarse como rechazo, abstención, adhesión a liderazgos disruptivos o búsqueda de nuevas formas de participación.
Por eso, la discusión más importante no debería limitarse a identificar qué espacio político consigue capitalizar ese descontento.
Debería concentrarse en cómo construir proyectos capaces de ofrecer respuestas a las causas que lo producen.
No alcanza con cuestionar la confrontación permanente o denunciar las contradicciones de la derecha radical.
También es necesario imaginar alternativas frente a los problemas que le dieron origen. Y esa tarea requiere mucho más que una nueva estrategia electoral. Exige reconstruir una idea de futuro.
El regreso del futuro
La derrota política de Trump no demuestra que los jóvenes hayan abandonado definitivamente las propuestas de la derecha radical. Las identidades políticas cambian, las preferencias electorales son inestables y una elección no permite anticipar el comportamiento de toda una generación.
Pero sí ofrece una señal que merece atención.
Aquellos jóvenes que parecían haber encontrado en la confrontación y el rechazo una respuesta a sus frustraciones muestran ahora una disposición a revisar esa elección.
Quizás no estén buscando regresar al mundo anterior. Quizás estén buscando algo que todavía no conseguimos construir.
Durante demasiado tiempo, buena parte de la política se concentró en explicar las razones del enojo, identificar culpables y organizar el rechazo.
El desafío pendiente es volver a imaginar un futuro deseable, donde el progreso tecnológico, la prosperidad económica y el bienestar social puedan formar parte de un proyecto compartido.
Porque el verdadero problema de esta generación no es que haya dejado de creer en la política. Es que la política todavía no ha conseguido ofrecerle suficientes razones para creer en el futuro.