Publicado: 17/02/2026 UTC Política Por: Horacio Ríos

Pechos fríos en el palacio, corazones ardientes en la calle

El Gobierno logró una victoria pírrica, que podría ser ratificada la semana que viene en la cámara baja. “Pero habrá un día que no será como el de hoy y todo volverá a ser como era” (CGT Brasil-29/04/1979). Recuerdo de Saúl Ubaldini, el último héroe de la clase trabajadora.
Pechos fríos en el palacio, corazones ardientes en la calle
Horacio Ríos
reforma laboral

Las consecuencias de la supresión de los derechos más elementales de los trabajadores que termina de perpetrar el Senado -y que los diputados ratificarían pronto- se inscribe en la claudicación de la dirigencia, de la militancia y aún de las bases del movimiento popular que transformó la Argentina durante ochenta años. Se acabó la fe, aparentemente.

En el ínterin, mucha agua corrió bajo los puentes. En 1955, el enemigo bombardeó una ciudad que lucía indefensa ante el ataque de los aviones de guerra, buscando cerrar el camino de un proceso político que se dirigía a construir un país con un perfil industrial y con justicia social, apartándolo del atraso y de la primarización económica anteriores.

En esos días, el contraalmirante Arturo Rial pronunció una frase que resuena aún en los oídos de algunos miembros de la élite, a pesar de que pasaron ya 70 años. “Sepan ustedes que esta gloriosa revolución se hizo para que en este bendito país, el hijo del barrendero muera barrendero”, dijo el marino ante los eufóricos dirigentes socialistas de la Unión de Obreros y Empleados Municipales de la ciudad de Buenos Aires, liderados por el ínclito Francisco Pérez Leirós.

Casi un años después, como para que la letra penetrara realmente con sangre, un fallido levantamiento de civiles y militares peronistas liderado por el general Juan José Valle, culminaba con el derramamiento de la sangre de 32 argentinos, que fueron asesinados en regimientos habitados por entorchados militares, en turbias comisarías sureñas y en primitivos y poco honorables basurales.

El intento de profundizar el proceso de desindustrialización y de precarización económica continuó luego con los períodos pseudodemocráticos que protagonizaron los radicales Arturo Frondizi y Arturo Illia. Ambos fracasaron de manera lamentable, sumiendo al país en crisis permanentes, que siempre achacaron al gobierno peronista, pero que nunca resolvieron positivamente cuando les tocó gobernar. Todos esos lenguaraces fueron muy inteligentes en el uso de sus lenguas acusadoras, pero torpes para resolver las supuestas dificultades que habían heredado.

Finalmente, en 1966, once años después de la Revolución Fusiladora, en los que abundaron las palabras, las disculpas y los intentos de imponer una “economía de mercado”, los militares decidieron despojarse de sus caretas y volver a la Casa Rosada, de la que nunca se habían ido del todo.

Llegó entonces “El Caño”. El general Juan Carlos Onganía era apodado de esta manera por sus camaradas de armas. Lo describían como “recto y duro por fuera, hueco por dentro”. La represión nunca amainó en esos años, pero con Onganía se intensificó. Para peor, el dictador amenazó con liderar un proceso que lo mantendría en el poder por al menos por 20 años, en los que se sucederían “el tiempo económico, el tiempo social y el tiempo político”. La conclusión era que recién cuando los argentinos aprendieran a vivir sin el peronismo se realizarían unas oportunas elecciones, que darían ocasión al surgimiento de los flamantes líderes y salvadores de la Patria.

El fracaso, el Cordobazo y otros “azos”

El fiasco del Caño fue absoluto. Durante todo el año 1969 se produjeron las rebeliones del Rosariazo, el Mendozazo y el Tucumanazo, movimientos de protesta que se fueron radicalizando a medida que avanzaba la represión. Así se llegó al mes de mayo.

El 29 y 30 de mayo de 1969, el Cordobazo sacudió los cimientos de la dictadura. Durante dos días, la policía fue desbordada por los huelguistas sindicales y por los estudiantes de la Universidad de Córdoba, enmarcando el final del Caño, que se produciría un año después, tras la muerte del general Aramburu. A los reclamos sociales, Onganía respondió con escasa inteligencia, enviando a la Guardia de Infantería primero y al Ejército después. Nunca se supo la cantidad de muertos que provocó la represión. Conteos extraoficiales llevaron la cifra a alrededor de diez asesinados por los militares, que usaron munición de guerra contra la población.

Finalmente, la Revolución Argentina se fue con harta pena y escasa gloria, sin haber mejorado ni un ápice la vida de los argentinos, ni “haber abierto la Argentina al mundo civilizado”. Menos aún la dictadura logró manejar el tiempo económico, el tiempo social y el tiempo político.

La Revolución Fusiladora y la Revolución Argentina -ambos, eufemismos de sendas dictaduras- tuvieron una materia común, que fue la búsqueda del ajuste, la baja de los salarios, el aumento de las tarifas, la optimización de los beneficios empresariales y el endeudamiento del país, que se logró tomando alegremente créditos innecesarios.

En 1973, volvió a ganar el peronismo, tras dieciocho años de proscripción. El acoso de los grandes capitales ahogó en sangre a la Argentina. Desaparecido fugazmente el poder militar, los empresarios reclamaron “orden y mano dura”.

Cuando llegó el mes de marzo de 1976, la caja de Pandora volvió a abrirse. Esta vez, los militares llegaban para completar la tarea de iniciar “una economía de mercado”, sin desviaciones hacia la Justicia Social, ni hacia la Salud Pública, ni hacia la industrialización, que es el sector que paga los gastos. Los métodos fueron brutales.

Dos generaciones de dirigentes fueron asesinadas o encarceladas, mientras las ganancias de las empresas crecían y los salarios caían hasta límites insoportables.

José Alfredo Martínez de Hoz fue designado para ocupar el Ministerio de Economía por segunda vez en la historia. Antes, había sido secretario de Agricultura y Ganadería y ministro de Economía en el breve interinato de José María Guido, entre 1962 y 1963. Previamente, había debutado como ministro de Economía en la provincia de Salta, en los tiempos de la Revolución Fusiladora.

Las políticas de ajuste implementadas por Martínez de Hoz fueron tan duras que provocaron una crisis que se extendió como un reguero de pólvora -nunca tan exacto el término- por todo el país.

Entretanto, el magnate norteamericano David Rockefeller declaraba a una revista argentina en 1978 que “siento gran respeto y admiración por Martínez de Hoz. Esto proviene no sólo de una larga amistad entre nosotros, a pesar de las distancias geográficas que nos separan, sino de la creatividad y rigor de su desempeño en el plano económico. Pocos como él tuvieron la valentía de informar en Estados Unidos que el problema de Argentina anterior a su gestión radicaba en la promoción de una excesiva intervención estatal en la economía y en el sobredimensionamiento de las funciones del Estado, que indebidamente ponían sobre las espaldas del país el costo social de la acción”.

Toda semejanza con el discurso que utiliza la administración libertaria en estos días es deliberada, indudablemente. Los resultados de las políticas que se implementaron durante las tres últimas dictaduras fueron catastróficos. Nada hace pensar que en la actualidad serán diferentes. Tal como en el presente, además de ajustar, Martínez de Hoz triplicó la deuda externa, que pasó de u$s8.500 millones de dólares (14% del PBI) en diciembre de 1979 a u$s25.300 millones en diciembre de 1981 (42% del PBI). Además, entre otras turbias componendas, endeudó a YPF y a otras empresas del Estado y utilizó el dinero para fines ajenos al funcionamiento de las empresas, algo que está expresamente prohibido por la ley. ¿Más similitudes con el presente?

En estos días, para no ser menos, el Ministerio de Economía timbea licitando sus Lecap, Boncap, Cer, Tamar y Dólar linked casi todas las semanas. Esta semana obtuvo un rollover de 123,30% sobre los vencimientos del día de la licitación. Alguien va a pagar algún día esta fiesta y sólo hay un candidato (o 50 millones de candidatos) para abrir la faltriquera.

Leyes laborales

Desde 1955 en adelante existieron al menos ocho reformas laborales de distinto tenor. La única favorable a los trabajadores fue la Ley de Contrato de Trabajo de 1974, que le costó la vida a los abogados Jorge Candeloro, Tomás Fresneda y su esposa, Mercedes Argañaraz, Norberto Centeno, Salvador Arestín, Raúl Alais, Néstor García Mantica y su esposa María Esther Vázquez, que la redactaron. Todos ellos fueron secuestrados y desaparecidos posteriormente. Sólo tres, Camilo Ricci, José Verde y Carlos Bozzi fueron liberados. De los demás, nunca se supo más nada. Sólo el cadáver de Centeno fue encontrado a la vera de una ruta, cerca de Mar del Plata. La esposa de Candeloro, Martha García, fue secuestrada con él y después, liberada.

Siempre las elites intentaron desactivar los derechos de los trabajadores y lo lograron con bastante eficiencia. La precarización del trabajo, que es el residuo de la era del neoliberalismo de Carlos Saúl Menem es hoy una realidad que alcanza a casi la mitad de los asalariados. Los trabajadores alcanzados por los convenios son cada vez menos, o sea que la nueva propuesta que termina de recibir media sanción casi no cambia el panorama laboral de estos días. El problema llegará pronto, cuando los que hoy gozan de derechos protegidos tengan que renovar el vínculo laboral o cambien de trabajo. Allí recibirán de lleno el golpe que significa el fin del confort laboral.

El miércoles, de todos modos, la reforma avanzó con palos, gases y alegría de los futuros administradores del Fondo de Asistencia Laboral, que son, por ahora los líderes en esta precaria tabla de posiciones. Las patronales, por su parte, seguirán pagando una alícuota de hasta el 30% en Ganancias, por pedido expreso de los gobernadores, que debieron resolver el dilema entre la caja o la filosofía. Ganó la caja, por supuesto, en estos tiempos de recaudación a cara de perro.

La CGT, que no le hace justicia a Raimundo Ongaro, ni a Agustín Tosco, ni siquiera a Saúl Ubaldini y tantos otros héroes de la clase trabajadora, consiguió algunos magros resultados, como que las patronales sigan pagando el seis por ciento a las obras sociales (otra vez ganó la caja) y que continúe el aporte solidario sindical, ahora con un tope del dos por ciento y por un plazo de sólo dos años. De todos modos, las indemnizaciones se calcularán de ahora en más sobre la remuneración mensual habitual, sin sumar ni el aguinaldo ni las vacaciones, un ítem que perjudica a sus representados.

Anochecer de un día agitado

Peor que estos días fueron los que se vivían en 1979. El 29 de abril de ese año, la combativa CGT-Brasil, que lideraba Saúl Ubaldini, le plantó cara a la dictadura más sangrienta de la historia, convocando a un paro general en el Día de los Trabajadores.

Ese día fueron presos todos los dirigentes y algunos fueron encarcelados por varios meses. De todos modos, quedó en el recuerdo una frase del comunicado emitido por la central obrera aquel día: “hoy la dictadura tiene todo el poder, pero habrá un día que no será como el de hoy y todo volverá a ser como era”.

Los gobiernos son fugaces, el Pueblo no.

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