Milei cerrará el ciclo que iniciaron hace 50 años Videla y Martínez de Hoz
El 24 de marzo de 1976 comenzó a prefigurarse la Argentina del presente, que está a punto de mudar nuevamente su piel, como la serpiente marechaliana. Milei va a ser el último exponente de aquel proceso que se inició en 1976. La misión de la dictadura, que nunca pudo completar, a pesar de sus criminales intentos por suprimir al campo nacional, culminará con la gestión libertaria. Luego, el futuro dirá, pero la Argentina ya no volverá a ser la misma que comenzaron a destruir los militares en 1976. La reconstrucción comenzará después.
El proyecto de desindustrialización, si bien aún no está completo, está muy avanzado. La Argentina retrocede aceleradamente por estos días hacia el preperonismo. Cada vez que el proyecto político del liberalismo -siempre impulsado por los mismos sectores: el agro, el sector financiero, los servicios y las empresas extractivas- gana una elección ocurre lo mismo. Igual, esta vez se han superado. Antes, el liberalismo era implementado por el Partido Militar, que imponía sus planes económicos a sangre y fuego. Luego llegaron los Menem, los De La Rúa y los Macri, pero fueron blandos. Milei es, en cambio, un verdadero destructor, no tan duro como Cachorro Menéndez y Suárez Mason, pero más letalmente inteligente.
Hoy, después de tanta violencia institucional, queda un solo industrial nacional con real poder en Argentina, que es Paolo Rocca. Quizás Fulvio Pagani se le acerque, pero aquellos poderosos capitanes de la industria que promocionaba Alejandro Romay desde su Guía de la Industria, ahora importan desde la lejana y exótica República Popular China lo que antes manufacturaban en el país. Algunos, en el paroxismo de una cínica decadencia, sin milagro, alardearon con ello.
Pero, para llegar a esta situación, pasaron cosas. El propósito del golpe de 1976 fue el de modificar el modelo de acumulación, desindustrializar el país y establecer un modelo laboral sin industria nacional, sin representación sindical, con trabajadores sometidos a las leyes del mercado y un mercado interno limitado a una economía de subsistencia.
La economía preperonista se manifestaba en un mercado de bienes primarios, diseñado para consumidores con salarios paupérrimos y, paralelamente, existían negocios de venta de bienes sofisticados en la zona delimitada por la Avenida Santa Fe y la calle Florida. La riqueza se manifestaba, antes de 1945, en el Barrio Norte y en Belgrano, especialmente. A su alrededor, estos barrios estaban sitiados por los “cabecitas negras”, que el 17 de octubre de 1945 se allegaron hasta allí cantando: “maricones a otra parte, viva el macho de Eva Duarte”, mientras recorrían la zona -a la que accedían en muy pocas ocasiones-, observando a esos desconocidos y siendo observados por éstos tras los visillos de las ventanas, en medio de una tensa calma y una mutua y temerosa curiosidad.
La primera etapa de la economía de sustitución de importaciones se desarrolló entre 1945 y 1955. La nacionalización de los servicios públicos -la electricidad, el gas, los colectivos, los subterráneos, los teléfonos y la provisión de agua eran privados y hoy han vuelto a serlo- permitió un fuerte ahorro público, que fue invertido en el desarrollo industrial. Las industrias eran patrimonio, entonces, de empresarios argentinos, que gozaban de la protección del Estado.
La segunda etapa de la sustitución de importaciones comenzó en 1958, bajo la presidencia fraudulenta de Arturo Frondizi. Entonces, se produjo la desnacionalización de la economía, con el arribo de capitales europeos y norteamericanos, que se concentraron en la industria automotriz, la química y petroquímica y la siderurgia, en especial.
De esta manera, llegó el año 1976 después de una etapa de dieciocho años de crecimiento del PBI, a un promedio del 4,2% anual acumulativo, entre 1956 y 1974. El proyecto que lideró José Alfredo Martínez de Hoz -y no Jorge Rafael Videla- terminó abruptamente con el crecimiento y la industria de sustitución, que a poco quedó desnutrida, desfinanciada y además, cooptada por empresas extranjeras en los sectores clave.
La revancha clasista que desplegaron los empresarios y su brazo armado, que estaba conformado por las tres fuerzas, Ejército, Marina y Fuerza Aérea, superó ampliamente al Plan Conintes de Frondizi y a la Doctrina de Seguridad Nacional de Juan Carlos Onganía en cuanto a su eficiencia represiva. Los muchachos de José Alfredo Martínez de Hoz, al haber abandonado de manera absoluta toda pretensión de legalidad, torturaron sin límites, encarcelaron sin proceso, robaron sin leyes, secuestraron sin temores, asesinaron sin escrúpulos y obscurecieron el futuro argentino por al menos 20 años.
Esta última cifra, al igual que la de los 30.000 desaparecidos, surge como una aproximación, evaluando cuánto le cuesta a un país formar a una generación de dirigentes que sigan construyendo el futuro y cuánto le cuesta su posterior supresión y la generación de un vacío de legitimidad en la política, la educación, el sindicalismo, la economía (que es sólo la política por otros medios), la agricultura, la salud y muchos otros campos, huérfanos de conocimiento y de conducción a causa del asesinato de sus referentes.
En cuanto a la cifra de los desaparecidos, la única responsabilidad de que exista el número 30.000 en la memoria es de los que decidieron matar en la ilegalidad y el secreto. Si hubieran fusilado con fallos judiciales, actas firmadas y tumbas con nombre, ninguna especulación hubiera sido necesaria. La búsqueda de verdad es la necesaria consecuencia de los hechos aberrantes que cometieron las bandas de forajidos que ocuparon las calles a partir del 24 de marzo de 1976. Por otra parte, es mentira la afirmación de Luis Labraña, que se autoadjudicó haber “inventado” la cifra 30.000 en algún cenáculo escondido, en circunstancias aún no esclarecidas. La cifra surgió de algunos documentos militares que afirmaban en 1978 que hasta ese entonces habían asesinado a 22.000 “subversivos” y era una especulación, ya que no se contaba con información oficial. Si hay quienes están disconformes con el número, que publiquen los documentos que ocultaron y que se hagan cargo frente a la historia de lo que hicieron de manera clandestina.
La matemática de una decadencia provocada
¬ La dictadura duró 2.818 días
¬ En ese período cerraron 20.000 fábricas
¬ Los militares habilitaron 340 “chupaderos”, desde los cuales los secuestrados fueron enviados a la muerte
¬ La deuda externa, que al 23 de marzo ascendía a u$s6.300 millones, se incrementó siete veces. En 1983 la Argentina debía a sus acreedores externos la friolera de u$s43.000 millones
¬ La inflación acumulada entre 1976 y 1983 fue del 517.000%
¬ La pobreza, en 1975 alcanzaba al 4,4% de los argentinos, pero la dictadura llevó esa cifra al 37,4%. Esto significó un incremento de más del ¡¡¡800%!!!
¬ El dipsómano dictador Leopoldo Fortunato Galtieri, el “general majestuoso” de Richard Allen, asesor en seguridad nacional de Ronald Reagan, envió a una guerra que debió haber sido peleada con patriotismo -una premisa que cumplieron sólo algunos- a 14.000 soldados, de los cuales murieron en combate 649. Las secuelas fueron peores. Unos 500 excombatientes argentinos se suicidaron en los años posteriores. Los ingleses tampoco se libraron de la tragedia: cerca de 260 exsoldados partieron de este mundo de la misma manera.
¬ Hubo alrededor de 12.000 presos políticos, legalmente detenidos en las cárceles argentinas. Paralelamente, debieron exiliarse, voluntaria o forzosamente, otros 80.000 argentinos.
¬ Fueron prohibidas 200 películas extranjeras y 130 argentinas, mientras que se censuraban púdicamente muchas más. Simultáneamente, 200 canciones dejaron de sonar por orden de los militares. También fueron censurados 600 libros, entre ellos muchos infantiles. Para que no envenenaran las mentes de los niños. Muchos de ellos fueron quemados
¬ Hablando de niños, los militares secuestraron a 490 bebés, hijos de parejas asesinadas, desaparecidas o exiliadas. Hasta julio de 2025, sólo fueron recuperados 140 de ellos.
¬ En su raid propagandístico, en 1978 se organizó la XI Copa Mundial de Fútbol. Como no podía ser de otra manera, el dólar fácil ganó la voluntad de sus organizadores. El Ente Autárquico Mundial 78 gastó entre 500 y 700 millones de dólares. Cuatro años más tarde, para organizar la Copa de Mundo que se jugó en España, se gastó una cuarta parte de lo que gastó el contralmirante Carlos Alberto Lacoste. El propio exsecretario de Hacienda de la dictadura, Juan Alemann, denunció en 1982 que Lacoste “había dilapidado dinero” y que nunca presentó la rendición de cuentas de los gastos del Ente Autárquico Mundial ‘78
¬ Los dictadores fueron agradecidos, de todos modos. En 1982, el Banco Central culminó la obra maestra del pillaje, ideada por el ínclito Domingo Felipe Cavallo. Mediante el ardid de los “seguros de cambio”, estatizaron la deuda de alrededor de 70 de las empresas más importantes del país, que los apoyaron en su sangrienta aventura. Entre ellas se contaron los bancos Río, Deutsche, Hannover Manufacturers, Roberts, City, Chase Manhattan, Bank of America, Londres, Ganadero, Supervielle, Español, Italia y Galicia; las empresas constructoras Sideco-Americana, Autopistas Urbanas, Panedile y SADE; las automotrices Fiat, Mercedes Benz y Ford; las petroleras Esso (actual Exxon), Astra, Selva Oil Incorporated, Compañía de Perforaciones Río Colorado y Bridas; las papeleras Massuh, Celulosa Argentina, Papel de Tucumán y Celulosa Puerto Piray. A éstos habría que agregarles al Grupo Macri, a Pirelli, al Grupo Menotti Pescarmona, a Astilleros Alianza, IBM, Acindar, Dalmine Siderca, Aluar, Loma Negra y Alpargatas.
El “curro” de los seguros de cambio es uno verdadero. Consiste, según el gran Alejandro Olmos Gaona, en que las autoridades económicas “permitían que una empresa se endeudara con el exterior a un dólar uno a uno. Cuando el dólar subía y la empresa debía pagar su deuda, el Estado se hacía cargo de la diferencia”. Así, el Banco Central les garantizó a sus “protegidos” que se sostendría el tipo de cambio vigente en el momento de tomar un crédito, con el objetivo de protegerlos de una hipotética (o no tan hipotética) devaluación que incrementara el valor de esos pasivos, que fue, justamente, lo que sucedió. Entonces, los argentinos pagamos con nuestro esfuerzo alguna casa en Punta del Este, un viaje a Aruba, un nuevo automóvil o alguna minucia de alhajería de los “deslomados”.
Con esta operatoria, se fugaron de las arcas del Tesoro Nacional 23 mil millones de dólares, la mitad de la deuda externa que nos legó la dictadura a los argentinos de bien.
Tantos millones de moscas no pueden estar equivocadas, indudablemente.