Elisa Carrió decidió no presentarse en la Ciudad
Elisa Carrió es desde hoy ex diputada y ex líder del ARI, además de ex candidata a la jefatura de Gobierno porteño, a la que renunció para concentrarse en su primer objetivo: el premio mayor, el sillón de Rivadavia.
En una conferencia de prensa en la sede del ARI, la señora formalizó esta tarde los tres "no": a su banca de diputada nacional, a su matrícula de afiliada y a la carrera por Buenos Aires: todo en uno, un gesto de altruismo ekjemplar.
Pero no tanto: supo prometer, el pasado fin de semana, que si había alguien mejor que ella, renunciaba a la candidatura en ciudad. El supuesto superior sería el periodista Jorge Lanata, que todavía no hizo público ni un "sí" ni un "no".
Sin embargo, se filtraron trascendidos casi de horror: con nada que ganar y todo para perder, ¿por qué el ex director de Página/12 bajaría a la arena electoral? Por megalomanía, dicen algunos que no creen que haya quien pueda sentirse sapo de otro pozo en esa pecera infestada de tiburones que son las elecciones con fecha fija.
Si no había nadie mejor, Carrió entonces se sacrificaba y vendría a salvar a los porteños, esa etrnia siempre a merced de la rapiña y a la intemperie. A la intemperie quedaron los restos de su partido y el instituto Hannah Arendt.
Esta "pasionaria" de cartón piedra se ha empeñado en perder atributos para ganar virtudes, pero esa ecuación se la robó a la new age más berreta, que a supuesta "falta" de ego, nada en billetes, como el señor Enrique Olivera.
El "milagro" se produjo. La construcción de la "coalición cívica" que pretende la señora Carrió es la piedra de Sísifo que la convertirá en parte de la mitología de una época tan triste, como pobre en política e ideología.