Publicado: 28/08/2010 UTC General Por: Redacción NU

Al amparo del monólogo

Por Martín Rodríguez
Al amparo del monólogo
Redacción NU
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Pequeña digresión para comenzar a capitular algo de los días aciagos de nuestra política porteña: en algunos círculos, llamémoslos intelectuales, hay una creciente valorización de algo sobre lo que siempre se tuvo expectativa y que parece convertirse en realidad. Hablo de la posibilidad de que exista en nuestro país, y en nuestro continente sudamericano, una derecha moderna que defienda los derechos humanos, que respete y fortalezca la figura del Estado y de la política, que acepte reglas de juego y agendas puestas ?por izquierda?. En el sitio del Observatorio de Políticas Latinoamericanas, Noticias del Sur, el politólogo Tomás Aguerre reconoce esto bajo la metáfora de un ?fantasma?. Un fantasma que recorre el continente. E ilustra un ensayo con la estimulante foto del presidente chileno, Sebastián Piñera, mientras recoge el mensaje de los mineros atrapados en estos días, cuando ?para alivio de todos? dieron su señal de vida. El repaso de los primeros meses de gobierno chileno indica respeto a la continuidad de políticas sociales, negarse al indulto a los genocidas chilenos, fortalecimiento de la integración regional, etcétera.

El contraste es inevitable. Porque así como la derecha argentina tiene su deleite en reconocer virtudes en gobiernos populares, de izquierda, ajenos como los casos brasileños y uruguayos, bien se podría invertir este orden apreciativo: reconocer a la derecha chilena como una derecha inteligente, astuta y democrática, un modelo que se opone al de nuestras derechas argentinas, con anclajes conservadores más fuertes, con compromisos corporativos más rudimentarios para la heterodoxia de sus políticas. Esa posibilidad discursiva abre un campo que va en la misma línea de lo que planteaba el sociólogo Lucas Rubinich, en una entrevista en nuestra anterior edición: ¿qué hace que no exista una ?buena derecha??

Pero la única y verdadera oportunidad de una política de ?nueva derecha? es (y sigue siendo) el PRO. A pesar de todo.

Mucha gente comentó después del superlunes de Macri en la Legislatura: ninguno de los dos fue a la cita. ¿Qué dos? Oficialismo y oposición. Los bloques opositores optaron por un método que, más allá de lo reglamentario, les sirvió políticamente, y que se basó en usar los minutos que les correspondían (a bloque más grande, más minutos) para elaborar un discurso para las cámaras donde prácticamente le punteaban todas las preguntas juntas al Jefe de Gobierno. En tal caso, lo único verdaderamente reprochable es que esa estrategia no pudo conducir la intervención en un sentido directo, bajo alguna hipótesis ordenadora, y fue más bien solidaria a la percepción de que todo se dispersaba un poco. Hay que destacar algo: la capacidad política desplegada por el incombustible Aníbal Ibarra. Quizás por ser un viejo lobo avezado del municipio, su intervención sí estuvo a la altura de las circunstancias. Aunque el clima de su intervención fue cortado de cuajo por un Macri al que algo le pareció ?gracioso? y ese clima de tensión se disipó para mal de la ciudadanía.

Pero la idea generalizada y desafortunada fue la de formularle al Jefe de Gobierno porteño todas las preguntas juntas usando todos los minutos, sin poder después ?repreguntar?. Eso permitió que Macri saliera tranquilo y airoso sin decir absolutamente nada, persistiendo en su afán de aglutinar los argumentos alrededor de ?la conspiración política de Kirchner? en su contra. Porque eso es todo lo que tiene para decir. Macri insiste en captar el desdén ciudadano a entrar en los ?microclimas? políticos, y desde allí es incapaz de argüir algún elemento mínimamente de complejidad. Ni siquiera se sintió rozado por la inquisición de Juan Cabandié cuando reveló la conversación de Michetti y la Presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, en torno a la figura de Palacios. Extraño en quienes usan la palabra ?diálogo? como símbolo. Lo de la Legislatura, finalmente, fue otra oportunidad perdida, donde cada uno se sintió cómodo y seguro en el amparo del monólogo.

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