La ruidosa salida de Spaccavento
El tono de voz del por entonces funcionario porteño parecía el cóctel perfecto compuesto por las palabras desinterés y soberbia. "Realmente y a pesar del apoyo público que el jefe comunal, Jorge Telerman, le dio al acto que el presidente Néstor Kirchner encabezará el 25 de mayo, no tengo ni idea si concurrirá al mismo. Lo que pasa es que no soy la persona adecuada para esa pregunta.
Mi militancia está en el kirchnerismo y no soy telermanista a pesar de integrar su Gabinete. Mi jefe político es el primer mandatario", le explicó con un dejo de desgano a un político porteño, escasos días antes del multitudinario evento, el ministro de Salud capitalino, Donato Spaccavento.
La breve charla fue relatada con lujo de detalles por el interrogador ministerial a NOTICIAS URBANAS. El ejemplo demostró con claridad queé tipo de relación política existía entre Telerman y Spaccavento y agregó un dato más a los fundamentos del pedido de renuncia que el primero le exigió al segundo.
El ex director del Hospital Argerich fue uno de los funcionarios que el ex embajador en Cuba heredó de la administración de Aníbal Ibarra. El médico había llegado a la por entonces Secretaría de Salud del ibarrismo, cuando las repercusiones de la tragedia de Cromañón, entre otros temas, provocaron la caída del radical Alfredo Stern del Gobierno ibarrista.
Spaccavento llegaba al Gabinete porteño con la chapa de ser peronista y nada menos que el médico que atendía a Kirchner, cada vez que el santacruceño decidía realizarse algún tipo de estudio en la habitación especialmente remodelada para el ilustre visitante, en el nosocomio de La Boca.
Los hechos demostraban que la relación entre el galeno y el ex secretario de Cultura era casi ocasional y que ambos tenían muy pocos puntos de contacto. Telerman lo mantuvo en su cargo, según una versión, por ser un kirchnerista puro, aunque otra versión narrada a este semanario afirma que el Jefe de Gobierno no tenía ningún candidato a mano para reemplazar a Spaccavento.
Varios políticos capitalinos, de distintos sectores consultados para esta nota, están convencidos de que el propio médico provocó su caída del Gabinete telermanista. "Se sintió intocable por creerse respaldado a todo nivel por Kirchner y esa actitud se le volvió en contra. Nunca imaginó que le pedirían la renuncia", precisó un legislador del Frente para la Victoria.
Esa ciega seguridad llegó al extremo cuando chocó con una de las figuras de más peso del elenco ministerial, un mimado de Telerman, nada menos que el ministro de Hacienda, Guillermo Nielsen. La interna entre ambos funcionarios fue detallada en un número anterior de este semanario.
Los pedidos, mejor dicho, exigencias de que Spaccavento le realizaba al economista crecían con el transcurrir de las semanas. El propio Nielsen se quejó ante el jefe comunal del acoso realizado por el médico.
El problema se extendió cuando ante las reiteradas exigencias salariales y los paros que se realizaban en los hospitales de la Capital Federal, el ministro de Salud manifestó públicamente que existía un déficit de enfermeras en los nosocomios capitalinos, tan suelto de cuerpo, como si el ministerio lo manejara otra persona.
Los dichos enfurecieron a Telerman, quien también, ante los medios, señaló que en el sistema de Salud no había crisis, sino reclamos genuinos y agregó que el presupuesto del área manejada por el kirchnerista había aumentado llegando a superar el destinado a otro sector clave, el de Educación. Quienes conocen de cerca al ex secretario de Cultura, se dieron cuenta de inmediato que la suerte del médico estaba echada.
El propio Telerman le exigió la dimisión a su cargo a un todavía incrédulo de su traumático final, Donato Spaccavento. Sin aceptar la triste realidad, el galeno se resistió a la decisión de su jefe político y fue a pedir el respaldo público y la presión privada a los legisladores kirchneristas, que lidera Diego Kravetz.
Los diputados, quienes estaban al tanto de la interna, le contestaron con evasivas diplomáticas, argumentando que debían analizar el caso en profundidad. Una vez chequeada la decisión del hombre fuerte de la Capital Federal, varios legisladores, como en el caso del sciolista Alberto Pérez, salieron a respaldar la gestión del ex director del Argerich.
La moraleja de la ruidosa salida del kirchnerista del Gobierno de la Ciudad podría definirse en dos oraciones: lo que mal comienza, mal acaba o rememorando un excelente libro de Gabriel García Márquez, como la crónica de una muerte anunciada. Sin embargo, la más apropiada sólo es conocida por Jorge Telerman.
El enojo de Compromiso K
La noticia les cayó como un balde de agua fría, aunque en este caso también podría ser hirviente. Esto depende del grado de mal humor de la persona entrevistada. El malestar se fundamentó en la manera en que conocieron los hechos: a través de los medios de comunicación.
Para un hombre habituado a los vaivenes de la política nacional eso significaba que ya todo estaba cocinado. No sólo la salida del funcionario desplazado de su puesto sino también, y esto era lo peor del caso, el nombre del elegido para el oportuno reemplazo.
Este dato no hizo más que calentar los ánimos de hombres más acostumbrados al frío que al calor. Las oraciones escritas con anterioridad podrían servir para describir cómo vivieron los principales pingüinos de Compromiso K, en especial el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido y el secretario de Legal y Técnica, Carlos Zannini, la salida del Gobierno porteño de su único alfil capitalino, el ex ministro de Obras Públicas, Ernesto Selzer.
El premio consuelo de que el nombre de Selzer figure en la lista que la administración de la Capital Federal, que comanda Jorge Telerman, quien envió a la Legislatura, para su aprobación, su postulación para integrar el directorio del Banco Ciudad, ocupando la vicepresidencia, no sirvió como antídoto para el veneno que recorrió las heladas entrañas de los hombres venidos de la gélida Santa Cruz.
“La mezcla de rabia y bronca que sentimos ante el anuncio de los cambios en el Gabinete porteño no fue exagerada en absoluto. Desde Compromiso K nosotros fuimos los primeros, con peso político propio y llegada directa al presidente Néstor Kirchner, en reunirnos con el ex embajador en Cuba, antes de que se produjera la caída del ex jefe de Gobierno de la Ciudad, Aníbal Ibarra, y en respaldar la continuidad de Telerman al frente del Ejecutivo capitalino.
Y eso se lo dijimos en la cara y con todas las letras, sin escudarnos en grises emisarios. A pesar de ese envión sólo pedimos un lugar en el Gabinete y el mismo decidió que un hombre de su confianza, en este caso Selzer, ocupara el Ministerio de Obras Públicas. Y después de la ayuda para llegar a su actual puesto (por Telerman) ni siquiera nos hace llamar por uno de sus laderos, para avisarnos que se desprendía de Selzer.
Obviamente, tampoco nos consultó sobre su reemplazante”, se ofuscó ante NOTICIAS URBANAS un pingüino de Compromiso K, mientras su rabia le recorría el cuerpo y lo hacía mover, de manera casi eléctrica, en el sillón que ocupaba en una oficina gubernamental, al recordar la movida del George porteño.
La versión del mismo suceso cambia de interpretación y entrevistado, a medida que las preguntas se acercan al Palacio de Gobierno, ubicado en Bolívar 1. “Hubo un encuentro inicial y el pedido para que Selzer fuera funcionario existió.
La petición fue cumplida porque los considerábamos aliados políticos e interlocutores válidos ante K. Pero el contacto con el primer mandatario quedó en palabras y encima, cuando el jefe comunal empezó a ser criticado desde varios sectores políticos y hasta desde el kirchnerismo capitalino, que encabeza el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, jamás escuchamos una declaración pública de los pingüinos para defender a Telerman”, explicó con tono ofendido un telermanista al justificar la salida de Selzer del círculo del poder capitalino y dar por cerrada la disputa.