Publicado: 25/11/2005 UTC General Por: Redacción NU

Nuevo acto de la resistencia ibarrista

Otro acto del ibarrismo ortodoxo en defensa de su jefe y de una gestión progresista en la Ciudad tuvo lugar en la noche del viernes. El jefe de Gabinete, Raúl Fernández y su ladero, el subsecretario de Descentralización, Luis Véspoli, fueron los oradores de semifondo. Ibarra, vivado por unos mil quinientos asistentes, no hizo una sola mención a la Sala Juzgadora de la Legislatura y enumeró logros de su gestión como si estuviera por presentarse a elecciones. Una estrategia en permanente mutación.
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Redacción NU
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Salir de un pantano es tan difícil que si uno escribe “¿cómo salir de un pantano?” en el Google search no sale nada. O sea, no hay ni una triste monografía de universidad centroamericana que haya incluido esa pregunta, como metáfora o como un hecho y que esté disponible en la web, donde todo, todo, incluso las respuestas a enigmas imposibles está respondido. En el Ibarra search, un buscador de Villa Urquiza, un poco más lento, pero al fin (y después de un largo y tardío aprendizaje) con toda la picaresca de la comedia política porteña tampoco salen respuestas que sirvan demasiado pero, como algo hay que hacer, como hay una Sala que lo está juzgando, como no sabe si tiene los votos para recuperar el sillón de Pancho Rabanal, la noche del viernes, el jefe de Gobierno suspendido, Aníbal Ibarra, dejó de moverse en el barro del juicio político y ensayó un retorno a la campaña electoral del 2003. Fue como si estuviera yendo por la re reelección y no por la restitución de sus funciones.

Entonces ocurrió que en un patio gigantesco, como para fútbol de siete, ante unas mil quinientas personas y con una enorme bandera verde del Frente Grande, como telón de fondo, que decía “como siempre con la verdad y la justicia”, Ibarra volvió a pasar la película de las nuevas estaciones de subtes y de los hospitales públicos de la Ciudad que son gratuitos y buenos y de las escuelas bilingües, como cuando, en la segunda vuelta del 2003, derrotó al ingeniero empresario Mauricio Macri y Buenos Aires se partió en dos, entre el centro izquierda que quiere un mundo mejor y el centro derecha que quiere este mismo mundo, forever.

Ibarra jugó enteramente la ficha de la reivindicación de su gestión, tratando de pasar por alto el episodio Cromañón, aunque parando en una de las estaciones del vía crucis para enojarse con “aquellos que especularon política o electoralmente con la tragedia y que sacaron el 0,24 por ciento de los votos”. Nunca lo llama por el nombre pero se refiere a Milcíades Peña quien es el padrino de bautismo de Lautaro Blanco, uno de los chicos muertos el 30 de diciembre en el boliche con la habilitación vencida, y que fue quien asumió con más firmeza la voz de los familiares en la Legislatura.

La temperatura en el patio abierto del club llegaba a los treinta grados, como para una navidad en el jardín, e Ibarra cumpliendo con el nuevo guión, el de su enumeración de logros continuó recordándoles a los asistentes al acto que "¿se acuerdan de las inundaciones en Belgrano?" y la hinchada hizo sí con la cabeza e Ibarra dijo "je, ahora no van más las cámaras porque se terminaron". Y lo aplaudieron mecánicamente en el Club Primera Junta, con el brillo en los ojos que surge de la mera emoción de aplaudir, del ruido, del eco de las palmas. Ibarra, luego, se metió en un terreno complicado, una nueva ciénaga. Dijo: “¿Qué vale más: la opinión de treinta legisladores o la de un millón de ciudadanos?” Una pregunta que si se formula en un discurso, es como el suspense necesario para el remate, que en este caso no hizo falta porque el populismo masificado y vulgarizado por la televisión responde inconscientemente: “¡el millón de ciudadanos!” Pero no era ésta la idea de la democracia representativa.

Les dijo Ibarra, como para terminar su discurso en crescendo climático: “vamos a seguir dando la pelea, porque no se trata de un proyecto personal”. ¡Aplausos! ¡Vítores!

La calle Zuviría donde se hizo el acto es una de esas que va pegada a la Autopista de Cacciatore y que de noche evitaríamos por esa sensación de encierro que genera un pista de autos por sobre nuestras cabezas, más las columnas, puro cemento muerto diciéndonos “duro” “duro”. Por suerte para los vecinos, al doscientos de Zuviría hay un club, el Primera Junta donde el viernes se hizo esta otra posta del "Tour solidaridad y afecto”, con el que Aníbal Ibarra intenta involucrar a los votantes porteños en la batalla política, judicial y mediática que definirá si es destituido o restituido en el cargo de Jefe de Gobierno de la Ciudad.

A partir de las siete y media de la tarde, con el último filo de luz del sol se fueron acercando pelotones de ibarristas reclutados en los comedores infantiles y en un centro cultural llamado Casa Abierta del Sur donde se brindan todo tipo de talleres y que es presidido por los fernandistas Jorgelina Moreira y Jorge Araujo.

Moreira y Araujo son graduados de la carrera de Trabajo Social de la UBA y son Directora y Asesor, respectivamente, de la Dirección General de Política Alimentaria del Gobierno porteño. Ambos registran su ingreso en la política ya como adultos maduros: Moreira, de 38 años, en el año 97, y Araujo de 35, recién en el 2000. Y, desde el principio, se encuentran alineados con Raúl Fernández, líder de Encuentro Progresista, una de las corrientes del Frente Grande de Capital, la corriente transformada en el núcleo duro del ibarrismo. Sobre las espaldas de Moreira y Araujo recayó la organización de este acto y, antes de que se iniciara, conversaron con NOTICIAS URBANAS.

- Jorgelina, vos como Directora General, sos un cuadro medio del gobierno y tenés la posibilidad de mirar para arriba y para abajo en los escalafones y que todos te queden cerca. Si tuvieras qué señalar quién o qué área debe pagar el costo político por la tragedia de Cromañón, ¿qué dirías?

- Que los que deben asumir la responsabilidad son los encargados del área de controles. Pasarle la factura al Jefe de Gobierno es una barbaridad.

Araujo coincide.

Y los dos se quedaron recibiendo a la gente, dando besos, abrazos, anotando teléfonos y direcciones, dando uno de los testimonios más conmovedores que tiene la militancia política que es el registro del otro y la protección de los desamparados. Su jefe político avanzaría tal vez un poco sobre eso.

En el discurso de semifondo se escuchó lo más interesante de la noche, cuando Fernández, el Jefe de Gabinete de Ibarra, dijo que “el desafío es la construcción de una nueva fuerza política que no sea una mera herramienta electoral sino una articuladora del espacio progresista en la Ciudad”. Porque si algo se reprochan las mentes más despiertas del ibarrismo es que luego de cinco años en el poder, contando con un presupuesto fantástico y donde hasta un Director de Medio Ambiente se puede lucir (o no), no hayan logrado tener un bloque legislativo en serio, cuadros políticos que respondan. Esta carencia es imputada íntregramente a la forma de construcción de Ibarra, para quien las relaciones de parentesco o la confianza de tardes de fútbol, voley y rayuela en el Colegio Nacional de Buenos Aires y el Hindú Club, le estructuraron el organigrama de una gestión que terminó averiada como el crucero General Belgrano por Cromañón.

Si Ibarra sale ileso de esto, si flota y no lo capturan los ingleses, esa construcción política que fue el caballito del discurso de Fernández, será el objetivo número 1 y ahí es donde los Araujos y las Moreiras ocuparán los lugares de los superprimos, de los superamigos que no resultaron ningunos superhéroes.

Para esta causa se cuenta, natural, con Marta Albamonte, la secretaria de Hacienda del Gobierno porteño, quien recibió a Ibarra con un gran abrazo en la puerta del club y con Luis Véspoli, subsecretario de descentralización porteña, quien fue el primer orador de la noche. Lookeado como un vendedor de artesanías de Copacabana, Véspoli vestía una camisa de lino blanca, apenas arremangada al estilo Mateyco. Vespoli dijo: “lo que quieren es abortar un proyecto, abortar políticas inclusivas”. Cuando hablaba, sostenía el micrófono de pie como para darse un eje, una vertical desde la cual impartir doctrina y ahí es cuando a Véspoli se le veía el pecho en v, y un collar de cordón negro del que cuelga una moneda de veinticinco pesetas, esas que tienen un agujerito en el medio.

Entre los funcionarios aplaudientes se encontraban el secretario de Cultura y su fiel lobbista Claudio Pustelnik (recordado productor de Tango Feroz), la neo ibarrista Kelly Olmos, la paleo ibarrista Sandra Dosch, bronceada como para un comercial de Hawaian Tropic y la, simplemente ibarrista, directora de minoridad, María Elena Naddeo. Estaban también los estrechísimos colaboradores de Ibarra, Daniel Rosso y Sandra Castillo, y aliados ex radicales como Patricio Barbato del Frente Social y Popular.

Al final de todo, con las luces encendidas a giorno como en un hipermercado, una viejita cumplió el papel de vox populi y dijo, hablando de corrido en el micrófono y entusiasmada por ser filmada y escuchada masivamente, con eco, mientras subrayaba que se trataba del final de su vida (“en lo que me queda, lo que me queda”, repetía) que “Ibarra era el único político limpio que nos queda” y Aníbal sonreía agradecido a su lado, y Fernández y Véspoli, como dueños de casa, como los referentes políticos de los organizadores, la Casa Cultural del Sur, querían que la viejita cerrara el discurso allí, que así estaba perfecto, que para qué más, que no se vaya por las nubes de Ubeda y la viejita les dio el gusto y dijo concluyendo que ella era muy creyente y para todos deseó, para Fernández de blanco y rojo, para Véspoli de lino y pesetas, para Ibarra de traje azul, y para el público, una multitud con un centenar de desdentados, “que Dios, nuestro señor, nos acompañe”. Y ahí sí, la gente se fue, despacio, como con varices que duelen. Aníbal a Villa Urquiza en su Renault 21, una piba llamada Dolores a Floresta, en taxi y otros para Belgrano y Palermo en remise. Las luces se apagaron más tarde. A tiempo de descolgar de la autopista el telón verde del Frente Grande sin que nadie se mate.

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