La soledad de los perros porteños
Es habitual observar que muchos perros están condenados por sus dueños a vivir confinados en una terraza, en un patio, en el fondo de la casa o permanentemente atados a una cadena. Si bien esta conducta es cuestionable, antes de juzgarla es importante conocer las causas que la generan.
En las áreas urbanas, la actitud de aislamiento a la que muchos dueños someten a sus perros se debe a un fenómeno cultural basado en la interacción que la gente de campo tiene con estos animales. Por regla general, los perros que viven en las zonas rurales no tienen permitido ingresar en la casa de sus dueños.
Esto posiblemente responda a que para estos propietarios, los animales no son considerados parte de la familia, sino sólo compañeros de trabajo; y también a la necesidad del hombre de campo de compartir con su familia sus horas de descanso. El perro no participa de esta situación sino que debe buscar su propio reparo, en compañía de sus congéneres.
Sin embargo, es evidente que las condiciones del perro citadino son distintas a las del perro de campo. En el campo, el perro realiza actividades junto a mujeres y hombres o simplemente tiene la libertad de acompañarlo en sus tareas.
Esto lo distrae y facilita el ejercicio físico, posibilidad de la cual carece el perro de ciudad. El perro aislado tiene restringidas sus libertades: para salir del encierro depende de la decisión del amo. El perro citadino, además, padece soledad.
El aislamiento del perro suele obedecer también al mito de que los animales contagian enfermedades, pero a menos que esté rabioso, o padezca zoonosis, no se conocen casos de esa naturaleza. Pero los avances logrados por la medicina veterinaria en lo que respecta a prevención y tratamiento, han eliminado casi por completo estos riesgos.
La solución no es complicada: una vez que las personas toman conciencia de que la calidad de vida de un perro aislado no es buena y que el contacto con la bestia no entraña riesgo, suele cambiar el tipo de interacción. Hay quienes continúan con la misma actitud, sosteniendo que al fin y al cabo "un perro es sólo un perro".
Si bien uno podría pensar que pocas personas creen que el perro es un objeto, esto no es así. Basta recordar que en la Argentina, desde el punto de vista jurídico, el perro es considerado una cosa sin derechos, aunque en los últimos años algunos jueces emitieron fallos que contemplaron la humanidad elemental hacia el ser vivo.
Después de la Segunda Guerra Mundial, las familias comenzaron a ser menos numerosas. En los países desarrollados, los perros empezaron a recibir mayor atención ya que muchas veces llenaban vacíos. Este proceso se acentuó a medida que la sociedad se tornó cada vez más individualista. A su vez, los cambios demográficos, la mayor urbanización, produjeron que los humanos se alejaran cada vez más de la naturaleza, y que buscaran reemplazos domésticos, por ejemplo a través de un animal.
Finalmente, en una encuesta realizada en Capital Federal y el Gran Buenos Aires, el 94 por ciento de los propietarios de perros, afirmó que los animales eran considerados un miembro de la familia. Este estudio arrojó otros resultados. El 95 por ciento de los encuestados reconoce que habla con su perro; el 47 por ciento, comparte su comida con el animal; el 39 por ciento duerme con el bicho; y el 29 por ciento, le festeja el onomástico.¡ Casi como a una persona!