El caso del escudo olvidado en la Manzana de las Luces
En 1980, el municipio porteño encaró una serie de trabajos de restauración en el edificio de la Manzana de las Luces. Uno de los trabajos más importantes fue desmontar, para su restauración, un antiguo escudo de la Ciudad, pintado sobre la pared de la antigua Legislatura. Debió ser retirado mediante la técnica del estaco y conducido al Instituto Técnico de Restauración, donde se realizó el trabajo, que duró alrededor de dos años.
El equipo de restauradores estaba encabezado por el arquitecto Jorge Osvaldo Gazzaneo, actualmente el responsable del posgrado en Restauración de Fachadas de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo.
El escudo que fue desamurado era -en realidad- la tercera versión. A partir del original, que fue creado en épocas de Juan de Garay, el 19 de octubre de 1580, se sucedieron los cambios.
El primero era "un águila negra pintada al natural, con su corona en la cabeza, con cuatro hijos debajo, mostrando que los cría, con una cruz colorada sangrienta que sale de la mano derecha y sube más alto que la corona", según consta en el acta del Cabildo de ese día.
En 1615, en otra versión del escudo, el águila fue reemplazada por "un pelícano con sus hijos", según reza otra acta del Cabildo.
El cinco de noviembre de 1649, el gobernador Jacinto de Láriz ordenó dibujar otro escudo, donde aparecían palomas sobre un mar agitado, un ancla y dos naves. Desde el 2 de noviembre de 1852, la Comisión de Educación del municipio adoptó, con modificaciones, la versión del escudo de Láriz, que ya casi no se usaba. Se aprobó el 22 de julio de 1856, pero recién fue legalizado por una ordenanza del 3 de diciembre de 1923.
Finalmente, el 28 de septiembre de 1995, se creó -por medio de la ordenanza Nº 49.669- la bandera de la Ciudad: un paño de color blanco que lleva en el centro el escudo creado por Juan de Garay, el del águila negra coronada con cuatro aguiluchos y la Cruz de Calatrava.
HISTORIA DE UN LARGO OLVIDO
Oscar Lértora y Graciela Masiá fueron los restauradores que se llevaron el escudo, trabajaron sus defectos durante dos años para naufragar a continuación en el olvido de los funcionarios. Éstos, desde 1983, iniciaron un silencio de radio que se rompió en 2001, cuando un inesperado llamado de Gazzaneo descongeló el clima. El antiguo jefe de los restauradores quería saber si el escudo estaba en sus manos. Dijeron que sí y el hombre pidió que fueran a verlo al depósito y confirmaran que ahí seguía.
Ante una nueva respuesta afirmativa, el misterio fue develado. Un conocido galerista de arte estaba ofreciendo al Gobierno porteño venderle ese mismo escudo por la módica suma de 180 mil dólares. Y lo más grave es que un funcionario estaba a punto de aceptar la oferta. Más aún, estaba a punto de firmar el expediente por el que se oficializaba la operación. Como un detalle adicional, el galerista había ofrecido un año antes a los restauradores llevarse el escudo? para restaurarlo. Entonces, el oferente exhibía al incauto funcionario una primorosa foto, que había tomado de contrabando mientras ofrecía a Lértora y Masiá liberarlos del penoso trabajo de renovar el aspecto del escudo.
En esa ocasión, 15 de mayo de 2001, un escribano del Gobierno se apersonó en el estudio de los restauradores para corroborar la autenticidad del escudo y para confirmar que seguía en su poder. Y desde ese momento, un acta recuerda una gestión legal impecable, acompañada de una absoluta desaprensión por el patrimonio histórico municipal.
DESCUIDO CRIMINAL
Lértora describe con claridad la actitud de los gobiernos con respecto a su patrimonio artístico: "Nos entregaron ese escudo sin constancias. Nosotros somos personas responsables y honestas, por lo que sólo queremos cobrar un trabajo que efectivamente hemos realizado, pero hay quienes no lo son y muchas veces se han quedado con importantes piezas del patrimonio, no sólo de los porteños sino también de otras partes del país, pues con la misma improvisación suelen trabajar casi todas las instituciones que manejan objetos históricos".
"Hace veintiocho años que tenemos un objeto de suma importancia. El escudo estaba ubicado en una puerta que fue colocada para tapiar el túnel por el que huyeron, el 27 de junio de 1839, los asesinos de Manuel Vicente Maza, que era en ese entonces el presidente de la Legislatura bonaerense", relata el restaurador.
"Lo que me asombra es que había un funcionario que estaba dispuesto a pagar 180 mil dólares por un escudo que pertenece al propio gobierno, que nunca estuvo perdido y por cuya restauración nosotros pensamos cobrar sólo 34 mil dólares? casi treinta años después", dice el artesano, algo más que asombrado.
(PUBLICADO ORIGINALMENTE EN EL SEMANARIO NOTICIAS URBANAS Nº 163, DEL 20/11/08)